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Tomé una copa de vino de la bandeja que pasaba un criado y actué como si no hubiese otro lugar en todo el universo en el que me sintiera más en mi salsa. Deseaba por encima de todo que nadie se fijara en mí porque había varios hombres en aquella estancia a los que no conocía bien, pero que tal vez pudiesen identificarme, recordar mi nombre, mi rostro y el delito del que se me había acusado. Quería hacer lo que debía antes de que la gente me viera.

Sin embargo, no iba a tener tanta fortuna. No bien había empezado a estudiar las caras que poblaban la sala, cuando noté una mano en el hombro. Al volverme, vi que se trataba del coronel Hamilton. Eliza seguía a su lado. Desviando la mirada un momento, me sonrió.

– Capitán Saunders, cuántos años…

– Demasiados -respondí, dedicándole una reverencia-. Sin embargo, si bien yo he envejecido, usted está exactamente igual que la última vez que la vi. ¿Se encuentra bien?

Este fue nuestro intercambio de naderías. Ella, con toda cortesía, no mencionó el hecho de que, desde nuestro último encuentro, yo había caído en desgracia. Muy amable por su parte. Al cabo de un momento, Hamilton se disculpó ante su esposa y me llevó aparte, a unos pasos de distancia.

– ¿Qué está haciendo aquí?

– ¿No le había dicho que me han invitado? Qué extraño… A veces, pienso que no somos tan amigos como antes, ¿sabe?

– Saunders, no quiero que enturbie las cosas. Aquí no tiene nada que hacer. No quiero que se cree enemigos.

– ¿Por qué le importa si me los creo o no?

– No quiero que se cree enemigos por mí -aclaró.

– Oh -dije, notando que dirigía los ojos al otro extremo de la sala, donde había un hombre de su misma estatura. Era pelirrojo y tenía una cara atractiva que resplandecía de satisfacción, la cual, pensé, se debía no poco al hecho de que lo rodeaba un grupito de hombres que estaban atentos a todas y cada una de sus palabras.

– Vaya, pero si es Jefferson -comenté, en voz más alta de lo que a Hamilton le habría gustado.

– Márchese, por favor -dijo el coronel.

– Si no quería usted que Jefferson y sus secuaces nos relacionaran -dije-, lo único que tenía que haber hecho era no abordarme, ¿sabe? Ahora, aquí estamos, en íntima conversación. Lo cual lo deja a usted en muy mal lugar.

– Esa es la menor de mis preocupaciones -replicó-. Quiero que se marche.

Desde el otro lado de la sala, Jefferson pareció percatarse de la atención que le prestaba Hamilton y el secretario de Estado le dedicó al secretario del Tesoro una rígida inclinación de cabeza. Cuando Hamilton le devolvió el gesto, el odio entre ambos me pareció una fuerza casi física, sólida como el acero y ardiente como el sol. Si un hombre hubiera cruzado entre sus miradas encendidas, habría quedado reducido a cenizas.

Jefferson apartó la vista y yo me volví para decirle algo a Hamilton, pero este se había alejado, habiendo desperdiciado ya, quizá, demasiada energía en mí. No pude por menos de pensar que en sus palabras había un punto de deferencia, como si me hubiera pedido que me marchara por mi propio bien y no por el suyo, y me pregunté si tenía que tomármelo en serio. Continué preguntándomelo mientras cruzaba la estancia y quizá habría seguido haciéndolo hasta alcanzar la puerta, si no hubiese visto en aquel momento al hombre al que había ido a importunar.

El señor Duer estaba rodeado de un pequeño círculo de hombres, pero no vi a su arisco socio. Torné al vuelo un vaso de vino de la bandeja que pasaba un camarero, me lo bebí de un trago, cogí otro y empecé a acercarme al especulador.

No había dado más de un par de pasos cuando me abordó el señor Lavien, que se puso a mi lado como si hubiésemos estado juntos toda la velada.

– ¿Vamos? -preguntó.

– No sabía que lo hubieran invitado.

– Pues yo sabía a ciencia cierta que a usted no -replicó.

Caminamos hacia Duer, que estaba enfrascado en una conversación con tres hombres, dos de los cuales no me sonaban de nada, aunque reconocí al tercero. Era Bob Morris, tal vez el hombre más rico de América y en cuya mansión de Filadelfia vivía y trabajaba George Washington. Especulador impenitente, Morris se había enriquecido con la Revolución y con los acontecimientos que se produjeron a continuación. Incluso aquel potentado estaba pendiente de cada palabra de Duer.

Ahora que tenía la oportunidad de observarlo, este se me antojó aún más frágil y menudo. Era delicado como una estatua de cristal y su cuerpecito sugería pequeñez del mismo modo que la noche sugiere oscuridad. Aunque solo era un poco más bajo que Lavien, tuve la clara impresión de que yo, a su lado, descollaba. Con su aire de dandi y ataviado con un elegante traje de terciopelo azul marino con brillantes botones dorados, lucía uno de esos cortes de pelo, tan poco naturales, que estaban de moda. Era como si alguien hubiera dejado caer desde gran altura una pirámide de pelo que se le hubiese posado en la cabeza.

Al vernos, Duer se volvió hacia sus acompañantes.

– Si me disculpan, caballeros. Incluso en una reunión tan agradable como esta, hay asuntos desagradables que atender.

Los aduladores se esfumaron y tuvimos al especulador para nosotros solos. Se dispuso a decir algo desdeñoso, algo que iniciara y concluyera la conversación de un plumazo, pero advertí la expresión decidida de su rostro e intervine en el preciso instante en que él fruncía las comisuras de los labios. No iba a permitirle que adoptara una postura desde la cual le fuera fácil abreviar.

– Señor, lamento mucho -dije antes de que pudiera pronunciar palabra- si el otro día lo abordé de una forma demasiado repentina. Permítame que le diga que soy admirador suyo desde hace mucho tiempo, aunque sea de lejos. También le pido excusas si el señor Lavien, aquí presente, le ha dado problemas. Es un individuo problemático.

– En lo que hace a su trabajo al servicio de su amo, sí que lo es, aunque creo que ese amo suyo es un viejo amigo mío. Aun así…

– Aun así -lo interrumpí, lo cual era siempre un movimiento arriesgado, pero pretendía demostrarle a Duer que yo llevaba la voz cantante en aquel asunto, más que Lavien-, hay un momento y un lugar para cada cosa y este no es momento de que un hebreo pesado e insistente cause problemas en una reunión tan espléndida como esta. ¿Sabe, señor Duer, que él ni siquiera tiene invitación? Es un escándalo, lo sé. Oh, señor Lavien, no ponga esa cara: si fuéramos a infiltrarnos en una reunión secreta de fariseos importantes, estoy seguro de que nos harían sentir tan mal recibidos como debemos hacérselo sentir a usted en las presentes circunstancias. Así pues, tenga la amabilidad de marcharse. Búsquese un poco de pan ácimo y quizá algo para acompañarlo que no sea cerdo.

Lavien, que no traicionaba nunca un sentimiento sin calcular primero los beneficios de hacerlo, lucía ahora una máscara de ira y humillación. No habíamos preparado nada de antemano, pero me permitió seguir mi curso de acción sin vacilaciones y yo no pude por menos de pensar lo estupendo que sería que pudiéramos formalizar nuestra sociedad. ¡Qué gran labor podríamos desarrollar para nuestra nación! Lo vi alejarse, manifestando su fingido resentimiento con gestos y muecas. Yo, por mi parte, dejé el vaso de vino en una mesa.

– ¿Cuál es su relación con este hombre? -quiso saber Duer.

– Oh, en realidad es algo absurdo -respondió-. Por una serie de razones que no explicaré para no molestarlo, y por hacer un favor a un amigo de un amigo del caballero, decidí investigar la desaparición del señor Pearson, y ese hombre, Lavien, se ha declarado mi rival. Creo que intenta ganarse el favor del coronel Hamilton, y eso resulta de lo más irritante. Bien, yo admiro a Hamilton como cualquier hijo de vecino, pero su decisión de a quién emplear y, disculpe mi atrevimiento, a quién no, ha sido cuando menos curiosa. Los primeros meses, cuando usted estuvo al cargo de los asuntos del Tesoro, fueron los más productivos, en mi opinión.