– Muy amable por su parte -dijo, inclinando la cabeza.
Me sorprendió en gran manera descubrir lo sensible que era a los halagos, pero supe que era un recurso del que no debía abusar.
– En absoluto, en absoluto Y ahora, si no le importa, me gustaría formularle un par de preguntas. Prometo que intentaré que sean lo menos dolorosas posibles y usted siempre puede decir que no quiere responder. Algo sencillo entre caballeros; entre caballeros cristianos, debería precisar.
Que los dos juntos pudiéramos trazar un círculo en el suelo del que Lavien quedara excluido bastó para satisfacer al especulador.
– Haré cuanto pueda por ayudarle -proclamó.
– Estupendo, aunque no esperaba menos de usted. Bien, hablemos de Pearson. ¿Puede contarme cuál es su relación con él?
– Oh, no es ningún secreto -respondió Duer-. Él y yo hicimos juntos unos pequeños negocios y, aunque Pearson quería que hiciésemos más, a mí él nunca me gustó. Nuestros caminos se cruzaron sobre todo en cuestión de propiedades. Pearson había invertido en un proyecto de compra, venta y arriendo de tierras en la frontera occidental de este estado.
– Han negociado con la deuda de guerra, ¿verdad? -Fingí una actitud relajada, ocultando la aversión que sentía por un hombre que había engañado a tantos veteranos de guerra con la promesa de un pago, cuando estos hombres se habían aferrado a aquellos títulos promisorios durante una década o más.
– Entre otras cosas -respondió-. El beneficio en la deuda de guerra ha disminuido, por supuesto, desde la aprobación de la Ley de Absorción de Deudas, pero años atrás era una manera de hacer un poco de dinero. Ahora, el dinero hay que tenerlo en bonos del Estado, cupones bancarios y otras inversiones de riesgo.
– ¿Como el Banco del Millón de Nueva York? -apunté.
– He oído hablar de ese banco -me estudió con atención-, y supongo que debe de ser tan bueno como cualquier otro, pero no tengo información concreta sobre él. ¿Cómo es que lo conoce?
– Tengo un primo en Nueva York que es inversor y me ha instado a poner dinero en él. Dijo que era una oportunidad importante.
– Cualquier banco, si prospera, es una buena inversión. Y ahora que Hamilton ha lanzado el Banco de Estados Unidos y planea abrir más sucursales, supongo que veremos muchas más instituciones de ese tipo en el país. No obstante, aunque pueden ser inversiones excelentes, también pueden resultar traicioneras, como todo lo demás. Fíjese en su amigo Jack Pearson. No hay nada más sensato que los bonos del Estado al seis por ciento, pero se ha arruinado con ellos.
Pensé en lo que había dicho aquella mujer, la señora Birch: que la casa que Pearson le alquilaba había sido vendida precipitadamente. Sin embargo, no podía fingir sorpresa para no alertarlo de mi ignorancia. En vez de eso, actué con una tranquila familiaridad.
– Arruinado, ¿no es un poco excesivo? Sé que ha habido algunos reveses, pero seguro que eso no ha sido la ruina para él.
– Oh, está arruinado, y mucho… -Duer sonrió mostrando sus dientes caninos como un depredador victorioso-. Todavía no es de público conocimiento y, si usted se cuenta entre sus amigos, no debería divulgarlo, aunque sea la verdad de lo sucedido.
¿Qué significaba aquello? ¿Qué relación guardaba lo que me revelaba Duer con la desaparición de Pearson, con las acciones dirigidas contra mí, con aquel plan desconocido? Y lo más importante, ¿qué significaba para Cynthia que el canalla de su marido, cuya única cualidad digna de mérito era su dinero, se hubiera arruinado?
– ¿Por eso ha desaparecido? -pregunté a Duer.
– No ha simulado bien su desaparición -respondió con un extraño carraspeo-. ¿No es Pearson aquel de allí, el que está hablando con ese caballero tan gordo? -Se volvió ligeramente y me pareció que lo hacía para que no lo vieran.
Miré al otro lado de la sala, donde Duer me había indicado, y vi que, efectivamente, allí estaba Jacob Pearson. Bebía una copa de vino y asentía con solemnidad, pero no con gesto grave. No parecía en absoluto un hombre que se hallase bajo los nubarrones de la ruina financiera. Un poco distante, escuchando la conversación pero sin participar en ella, se encontraba Cynthia.
Miré a Pearson, a Duer y de nuevo a Pearson. Duer debió de captar mi dilema, pues se rió entre dientes casi como un adolescente.
– Usted anda tras Pearson, lo sé, pero todavía no ha terminado conmigo. Veo que lo he juzgado mal, Saunders, pero este no es sitio para hablar de negocios. Venga a verme mañana a la taberna de la City. Cuando concluyan las transacciones, podrá preguntarme lo que quiera.
Con esto, Duer inclinó la cabeza ligeramente y se alejó.
Apenas oí lo que había dicho. Allí, delante de mí, estaba Pearson. A Cynthia la habían amenazado para que guardase los secretos que él tenía, cualesquiera que fuesen. Hamilton había desatado el poder monstruoso de su hombre, Lavien, para encontrarlo. Y ahora aparecía allí, en la casa particular más elegante de la ciudad, y a mi no se me ocurría qué hacer. Aun así, tenía que hacer algo.
Todavía no había encontrado el modo de dar un paso adelante cuando Lavien reapareció a mi lado.
– Yo lo he visto primero -dijo y empezó a caminar hacia él. Yo hice acopio de fuerzas y también eché a andar, incapaz de alcanzarlo. Todo me pareció una metáfora.
Capítulo 20
Joan Maycott
Primavera de 1791
La respuesta al impuesto del whisky fue unánime: no se pagaría. La tasa era estúpida y estaba mal concebida y, tarde o temprano, los políticos de Filadelfia tendrían que reconocerlo. Cuando Tindall envió a Hendry a nuestra cabaña a decirnos que le debíamos ciento quince dólares, Andrew tembló de rabia y el señor Dalton, que debía la misma cantidad, estuvo tentado de presentarse aquel mismo día en Empire Hall con la pistola, pero el señor Skye los hizo entrar en razón, o lo que en aquel momento nos pareció razón.
Se convocó otra reunión en la iglesia, pero se llegó a pocos acuerdos, salvo que lo que ocurría era una muestra más de la indiferencia del Este a la situación apurada de los hombres de la frontera. Dejaban que los indios nos masacraran y se negaban a enviar soldados, permitían a los especuladores jugar con nuestra vida y ahora teníamos que pagarles por ello. Cualquiera que tuviera una destilería, cualquiera que llevase su cereal a una destilería, sufriría aquel impuesto. Lo que quedaba claro era que la tasa llevaría a la quiebra de los pequeños productores y los únicos beneficios serían para los magnates del Este y las grandes destilerías como la de Tindall, que tenía dinero y podía afrontar el pago del impuesto. En Filadelfia consideraban que tal impuesto sobre el consumo no perjudicaba a nadie y beneficiaba a todo el mundo, pero en realidad solo beneficiaba a los ricos y lo hacía a costa del trabajo de los pobres.
En medio de todo aquello, la vida continuó. Yo todavía no le había revelado a Andrew el secreto de mi embarazo, pues esperaba llegar al cuarto mes, un hito que no había logrado nunca. Trabajé en mi novela, cuidé la casa y recé para que el impuesto del whisky desapareciera. Dos o tres veces me colé en la finca de Tindall para visitar y cuidar a Lactilla, que recobró la salud extraordinariamente bien. No se trataba de que yo me sintiera culpable, pero creía que Tindall no se habría puesto violento tan deprisa si yo no hubiese estado en la habitación. Por algún motivo y por extraño que resultara, pensé que le había disparado para que yo lo presenciara. De todos modos, a Lactilla no le conté nada al respecto. Le llevé queso fresco, dulce de leche y huevos, aunque no necesitaba nada de ello, y tela para cambiarle los vendajes. Tumbada en su camastro, con la cara llena de cardenales, me sonreía y me decía, «señorita Maycott, es usted tan bondadosa…», pero yo sabía que no era cierto. Yo no era en absoluto bondadosa. Se trataba de otra cosa: cuidaba a Lactilla porque no soportaba la idea de un mundo en el que aquella pobre criatura tuviera que soportar tal sufrimiento sin la correspondiente respuesta compasiva. No era bondad, era una suerte de rabia, una ardiente necesidad de hacer algo antes de que las cosas se sumieran en una oscuridad de la que ninguno podríamos salir nunca más.