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Todo lo que había soñado y anhelado de la vida me había sido arrebatado. ¿Es de extrañar, pues, que me lanzara contra mis enemigos y que, si mis enemigos eran los hombres más importantes de la nación, se me pudiera culpar de buscar justicia? Tal justicia no cobró forma hasta más adelante, y no lo hizo sola pues, mientras estaba sentada con el cuerpo de mi marido en los brazos, el fantasma de esa justicia ya estaba allí, rondándome desde la esfera espectral de unas ideas aún no concebidas.

Capítulo 21

Ethan Saunders

Yo había acariciado la esperanza de verla; no era una expectativa realista, pero entraba en el terreno de lo concebible. Sin embargo, al descubrirla allí, no se me ocurrió otra respuesta que quedarme mirándola, paralizado, y luego apartar los ojos, y a continuación volver a mirar. Su vestido, azul celeste con dibujos de espirales amarillas, realzaba su figura, espléndida todavía, con el escote generoso y las mangas justo por encima del codo, dejando a la vista su piel blanca finísima. Llevaba los cabellos recogidos en un moño alto a la moda y, encima, un recatado sombrerito con unas plumas amarillas enhiestas y una cinta azul, a juego con el vestido, que le caía en ondas desde la cintura.

Ya la había visto de gala otras veces, desde luego, aunque cuando era más joven se la veía menos estirada, menos formal; entonces llevaba los vestidos de una jovencita adorable, sencillos pero elegantes, y no complicados encajes de origen europeo. En esa época era una joven damita dulce y encantadora, con un pie todavía en la adolescencia, pero ahora se había convertido en una mujer adulta, de belleza glacial y dominante.

Lavien se acercó a ellos, llegó a tres pasos y, entonces, se volvió hacia mí.

– No hablaré con él aquí -declaró.

– ¿Por qué no?

– No puede hacerlo aquí. De momento, es suficiente con que haya vuelto. Si anduviera huido, no habría venido a esta casa. Pearson ha regresado y eso es lo único que importa. Si me disculpa…

Tras esto, se alejó apresuradamente para evitar, me dio la impresión, que los Pearson lo vieran. Al llegar al otro lado de la sala, se acercó a Hamilton y le cuchicheó algo al oído.

Con Cynthia presente en la estancia, no pude seguir prestando atención a los movimientos de Lavien. Ella no me vio. Jacob Pearson, en cambio, sí. Alzó la vista, me sostuvo la mirada y se volvió, impaciente por hablar a su esposa. Hacía muchos años que no lo veía, pero no me costó el menor esfuerzo reconocerlo. Era seis o siete años mayor que yo, tal vez, aunque el tiempo había sido menos amable con él de lo que yo me hago la ilusión de que ha sido conmigo. Había encanecido y alrededor de sus ojos habían aparecido las arrugas. En sus mejillas se habían formado profundos surcos y tenía los dientes -los que aún conservaba- amarillentos. A pesar de todo ello, mantenía parte de la apostura que había poseído una década antes y, aunque era claramente mayor que Cynthia, los dos juntos no tenían el aspecto cómico de algunas parejas en las que hay una gran diferencia de edad entre el marido y la mujer.

Pearson me miró y advertí algo turbio en sus ojos pardos, inyectados en sangre y de aire cansado. Lo observé mientras él fingía no haberme visto y alargaba la mano -insólitamente grande y surcada de unas abultadas venas- para asir del brazo a Cynthia, hundiendo aquellas uñas amarillas en su carne. Vi que su piel blanca se volvía aún más blanca, primero, y luego roja. Cynthia palideció, cerró los ojos un momento y asintió brevísimamente.

Me hallaba demasiado lejos para oír lo que le decía pero, por la mueca cruel que se formó en sus labios, tuve la certeza de que le había mascullado cosas terribles. Supe que el alma de Pearson estaba corrompida por una negrura que me asustó. Es fácil mirar al hombre que se ha casado con la mujer que amas y ver solo cosas malas, pero lo mío no eran meros prejuicios. Sabía lo que estaba viendo y lo aborrecí.

Me descubrí a punto de saltar hacia él y comprendí al instante que, de no haberme contenido, de no haber restablecido la comunicación con mi propia mente, me habría echado encima del individuo y lo hubiera tirado al suelo a empujones.

Por un instante, imaginé que el salón lleno de políticos y dignatarios se complacería de ver a aquel hombre pasar por tal humillación, pero enseguida me di cuenta de que, para complacerse de tal escena, todo el mundo debería saber que Pearson era un desalmado. A quienes no estuvieran informados les parecería, sencillamente, que me gustaba agredir a la gente y, en tales circunstancias, todos se volverían contra mí, sin duda.

Antes de que ninguno de los dos me viera acercarme, di media vuelta, tomé una copa de vino de la bandeja que pasaba un camarero y la apuré con cólera. A continuación, fui a hacer lo que me salía mejor: poner las cosas en marcha.

¿Alguien piensa que es fácil encontrarse a solas con una mujer hermosa y conocida, a espaldas de su marido, en una reunión tan pública? ¿Alguien cree que, rodeado de decenas de invitados y de casi otros tantos criados chismosos, uno puede llevar a una mujer aparte, a una salita privada, como si tal cosa? No, no le resultaría fácil a un hombre corriente; por lo menos, eso sospecho, aunque no sé con certeza cómo conducen sus asuntos tales hombres.

He aquí cómo conduje yo el mío: hice que Leónidas pidiera a uno de los criados de la señora Bingham que informara a la señora Pearson de que se la requería con la mayor urgencia en la biblioteca. Funcionaría, me dije. Todo quedaría protegido tras el velo de la supuesta ignorancia de los negros, en la que cada criado o sirvienta afirmaría que solo había transmitido lo que había dado por cierto.

Mandé el mensaje y me dirigí a la biblioteca a esperar la llegada de la dama. De pie junto a la chimenea, hojeé un volumen sobre la pasada guerra hasta que se abrieron las puertas y una Cynthia Pearson de expresión preocupada entró precipitadamente.

Cuando me vio, se detuvo en seco y no dijo nada. A continuación, abrió la boca y, sin duda, habría soltado una exclamación de sorpresa, pero recordó que las puertas estaban abiertas y, en lugar de decir nada, procedió a cerrarlas. Creo que fue una suerte que lo hiciera. Aquello le dio tiempo para pensar, o tal vez para dejar de pensar y para permitir que su corazón y el recuerdo de las emociones pasadas, si no eclipsara, por lo menos alcanzase a competir con otros impulsos más propios de un reptil.

– ¡Dios mío! -musitó.

Cerradas las puertas, dio tres o cuatro pasos decididos hacia mí, pero se detuvo bastante más lejos de la distancia habitual entre dos personas que conversaran y extendió las manos al frente como si se dispusiera a cantar un aria italiana.

– Me han dicho que viniera por un asunto urgente…

– Y le han dicho la verdad -dije.

Observé en sus ojos azules un destello cargado de intención, aunque no supe qué significaba, y Cynthia me dio la espalda y se encaminó hacia las puertas de nuevo con el mismo paso decidido. Antes de abrirlas, se volvió hacia mí.

– Le pedí que no se pusiera en contacto conmigo. Le supliqué que no lo hiciera. No es posible que lo hayan invitado a esta casa. Anne no lo haría nunca sin informarme. Debe irse.

– ¿Qué importa eso? Todo lo sucedido se basaba en la inexplicada ausencia de su esposo, pero ha vuelto.

– Regresó anoche y no me ha dicho una palabra de dónde ha estado, solo que había hecho un viaje de negocios. Intenté informarle de que ese hombre del gobierno, Lavien, lo andaba buscando y que había venido otra gente a contarme cosas terribles…

– ¿Los hombres que la advirtieron de que no hablara conmigo?

Cynthia asintió.

– No sé qué sucede con mi marido. Ignoro quién me amenaza, pero conozco mi deber, aunque sea para con quien no lo merece. ¿Por qué me ha hecho acudir aquí de una manera tan inapropiada? ¿Qué quiere de mí?