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– Lo segundo -respondí-. Pero basta de hablar de mi ignominia. Dígame, señor Pearson, ¿dónde estuvo usted la semana pasada?

– ¿Por qué todo el mundo quiere saberlo? No hace ni diez minutos, el propio Hamilton me incomodaba con sus preguntas. No veo por qué ha de importarle a nadie. ¿No le gusta lo que oye? Peor para usted, entonces, porque tengo por costumbre decir lo que pienso. Pues ¿de qué le sirve a un hombre alcanzar rango y distinción, si tiene que morderse la lengua?

– No se me ocurre ninguna razón.

– ¿Y qué hace usted aquí, en cualquier caso? ¿Es posible que un hombre como usted haya sido invitado aquí? Tengo que preguntarle al señor Bingham qué se propone con ello.

No vi la necesidad de responder a esa amenaza tácita. Si Pearson deseaba lanzarme un desafío, lo aceptaría sin la menor duda.

– Ha habido numerosas especulaciones respecto a su ausencia -comenté-. Se hablaba de sus propiedades en Southwark y de su interés en el Banco del Millón. ¿No podría despejar alguna incógnita sobre el asunto?

– Supongo que mi mujer se ha ido de la lengua. Permita que le diga una cosa -añadió, al tiempo que posaba una de sus manazas en mi hombro. El contacto no me gustó-: En una esposa se debe buscar algo más que la mera belleza. Este es el consejo que le doy.

Se me hizo un nudo en el estómago ante aquella mención a su mujer. No podía dejar pasar aquello sin responder.

– Tiene unas manazas extrañamente grandes -le dije-. Es como si se las hubiera aplastado una gran roca. Me perdonará por hablar sin tapujos, pero a mí también me gusta decir lo que pienso. Porque, ¿de qué le sirve a un hombre caer en el deshonor, si tiene que morderse la lengua?

Me repasó de arriba abajo con la mirada, moviendo su nariz afilada como una cuchilla.

– Creo que esta conversación ya ha puesto a prueba mi paciencia suficientemente. Ahora, debo ir a buscar al señor Duer.

Se alejó y se me ocurrió que no había visto a Duer desde nuestra conversación. Me pregunté si era posible que él no quisiera ver a Pearson. Duer no parecía sentir ningún interés ni respeto por él, pero Pearson había hablado de ir a buscar al especulador como quien se refiere a un amigo. La respuesta tendría que esperar y, de momento, ya que estaba allí, emplearía el tiempo en contemplar abiertamente a Cynthia.

La observé mientras hablaba con la señora Adams, la esposa del vicepresidente. Mi breve conversación con ella no había hecho sino confirmar lo odioso que era Pearson y lo desdichada que debía de ser la vida de Cynthia a su lado. Ella tenía razón, por supuesto, en que no podía llevármela sin más, pero tampoco podía abandonarla. Tendría que concebir alguna alternativa y tendría que hacerlo pronto, porque cada día que pasara con él sería una tortura para mí.

– Parece usted sumido en profundos pensamientos, señor…

Levanté la mirada y encontré a la mujer que había visto con Cynthia y Anne Bingham. Llevaba un vestido mucho más sencillo que el de Cynthia, más holgado, con las mangas más largas y el escote más cerrado. La tela era de un rojo pálido, sencilla, pero le quedaba maravillosamente. Era una belleza castaña de ojos grandes, penetrantes en su intensidad gris, como nubes que amenazaran con una nevada.

Junto a ella se encontraba un hombre de mi edad que, aunque no muy alto ni distinguido y a pesar de su calva incipiente, conservaba un porte admirable. Aquel era un hombre del gusto de las mujeres y al que también gustaban las damas. Tenía una especie de elegancia y distinción que no pude por menos que aprobar.

– Capitán Ethan Saunders, a su servicio -me presenté a los dos.

– Un placer conocerlo, capitán -dijo el hombre-. Coronel Aaron Burr, aunque supongo que ahora debe darme el trato de senador.

– Ah, sí -dije yo-, el senador Burr. He leído mucho sobre usted en los periódicos. Se ha ganado usted todo un enemigo en nuestro secretario Hamilton, en Nueva York.

Mi interlocutor se echó a reír.

– Hamilton y yo somos amigos desde hace muchos años, pero él es un federalista de pies a cabeza y Nueva York es cada vez más republicana y antifederalista. No obstante, a mí me gusta pensar que los hombres pueden ser rivales políticos y mantener una amistad personal.

– Me encantan los optimistas -comenté-. ¿Y esta es la señora Burr?

– La señora Burr no se encuentra aquí, en estos momentos. Me temo que apenas acabo de conocer a esta encantadora dama, pero me tomaré la libertad de presentarle a la señora Joan Maycott.

La saludé con una inclinación de cabeza.

– Ahora que está en buenas manos -dijo el senador a la dama-, tengo que pedirle que me disculpe, pues debo ir a hablar con algunos de mis colegas en el Senado. Espero que nos volvamos a ver, señora Maycott.

Se despidió y me dejó con la mujer, y no puedo decir que no me complaciera. La señora Maycott tenía una mirada vivaracha que sugería que había de ser buena compañía. Y había más. Poseía una especie de autoridad, un vigor en su presencia física, que me recordó, a su manera femenina, a los más reconocidos y triunfantes genios militares. Por extraño que resultara decirlo, no había conocido nunca a nadie, hombre o mujer, que me recordara tan inmediatamente al propio Washington.

– Sí que parecía tener la cabeza en otra parte, señor.

– Soy un hombre pensativo -respondí.

– ¿Tenía algo que ver con el señor Pearson? Disculpe que se lo pregunte, pero lo he visto conversar con él. ¿Es un buen amigo suyo?

– Lo conozco desde hace mucho -respondí-. ¿Es amigo de usted?

– Tengo amistad con su esposa -contestó ella.

– Entonces, sabrá que había desaparecido.

– Oh, él me ha contado que ha estado en Nueva York. Pero quizá no debería habérselo dicho. Me ha dado la impresión de que no desea que se sepa.

– Entonces, creo que ha frustrado usted sus intenciones. Una pena para él.

La mujer se rió.

– Me gusta acompañar mi superficialidad con una dosis de ingenio. ¿Pearson no le cae bien?

– A mí me encanta el ingenio y puedo soportar la superficialidad, pero ese hombre me parece cruel y eso no lo aguanto -respondí.

– Me da la impresión de que tal vez conoce también a su esposa desde hace mucho…

Si lo hubiera hecho otra persona, el comentario quizá me habría parecido de una impertinencia intolerable, pero había tal inteligencia y encanto en su manera de pronunciar aquellas palabras, que disculpaban cualquier incorrección.

– La señora Pearson y yo somos viejos amigos. -Me volví para mirar de frente a aquella belleza y ella me sostuvo la mirada con todo descaro. Allí tenía tal vez, pensé, un ameno consuelo a mi confusión con Cynthia-. ¿Vive usted en Filadelfia, señora Maycott?

– Vivo aquí, aunque viajo mucho.

– Le gusta viajar… ¿con el señor Maycott, quizá?

Ella volvió a mirarme directamente a los ojos, como si lanzara una acusación.

– El señor Maycott murió, caballero.

– Le expreso mis condolencias, señora.

– Eso no es más que una frase hecha.

– Señora Maycott -dije a mi extraña interlocutora-, no puedo evitar la sensación de que usted cree que ya nos hemos conocido antes, o de que espera que yo tenga algún conocimiento de sus circunstancias.

– No creo que sea así, caballero. No obstante, el señor Duer me ha contado que se interesa usted por los asuntos de Jacob Pearson y que lo hace por encargo de Hamilton. ¿Es cierto eso?

No me detuve. No esperé ni un instante a responder, pues no quise mostrarme sorprendido de que la mujer hubiera hablado de mí previamente, o de que conociera mis actividades. Decidí actuar como si fuese la cosa más natural del mundo.

– ¿Conoce usted al señor Duer?

– Hay tanta gente aquí… -respondió ella-. Una puede conocer a cualquiera. Pero debo preguntarle, en vista de que existe tanta consternación respecto a las políticas de Hamilton, si es usted un seguidor entusiasta de estas.