– ¿Por qué no? ¿Acaso no me lo ha quitado todo? ¿Tengo que contentarme con quedarme mano sobre mano? No; viajaré a Pittsburgh y conseguiré una orden de detención contra él.
Al señor Skye le desapareció el color hasta de los labios, aunque se los había estado mordiendo incesantemente.
– No puede ir a Pittsburgh. Hay una orden de busca y captura contra usted por el asesinato de Hendry… -hizo una pausa para tomar aire- y de Andrew.
Aparté la sábana que me cubría y me puse en pie de un salto. Llevaba días en la cama, con la misma ropa que había llevado en el funeral, y si no me hubiera impulsado la cólera más profunda y rabiosa, probablemente habría caído desmayada.
– ¡No diga eso! ¡No puede atreverse a acusarme de su propio crimen, de matar a mi amado Andrew!
Tomando erróneamente mi arrebato por una expresión de insoportable tristeza, el señor Skye hizo ademán de abrazarme, pero lo aparté de un empellón; el gesto resultó más cruel de lo que habría deseado, pero creo que para entonces ya había comprendido que podía ser todo lo cruel que quisiera con él, sin que me lo tuviera en cuenta.
– No intente consolarme. ¿Cómo puede sentarse ahí a darme la sopa, mientras el individuo que ha asesinado a mi marido me acusa de sus crímenes? ¿Qué clase de hombre es usted?
El me miró abiertamente a la cara, cosa que rara vez hacía, y vi muy bien la clase de hombre que era. Lo vi en sus ojos imperturbables, de un gris frío, en los que no se advertía sorpresa ni enfado. En aquel momento no supe qué haría con él, pero tuve la certeza de que haría algo.
– ¿Que qué clase de hombre soy? Un hombre buscado. Estoy aquí porque esa orden de busca y captura también se ha emitido contra mí. Y contra Dalton, claro. Tindall se propone utilizar sus crímenes para terminar con nuestra destilería, y este es el quid de la cuestión. Y, ahora, ¿hay algo más que quiera decirme?
Volví a sentarme sobre el camastro, con su áspero jergón de paja, y guardé silencio. No derramé una lágrima. Tenía el ánimo demasiado abatido para hacerlo y, en lugar de llorar, busqué en mi cabeza alguna respuesta, alguna réplica a aquel horror que no terminaba nunca.
– ¿Cómo puede hacerlo? -pregunté, finalmente.
– Por codicia, Joan -dijo el señor Skye con su voz serena y agradable-. Solo por eso. Combatimos a los británicos para no ser esclavos de su codicia, pero entre nosotros hay suficientes codiciosos para ocupar el lugar que aquellos dejaron.
– ¿Le molestaría traerme un cubo de agua caliente? -le pedí-. Y un paño para asearme y un poco de intimidad…
– Claro, Joan. Con todo mi corazón. Me alegro de que haya decidido cuidar de usted misma.
– Ni siquiera sé a ciencia cierta dónde estoy -le respondí-. ¿Necesitaré un caballo para llegar a Pittsburgh? ¿Tenemos caballos aquí, por si lo necesito?
Skye entrecerró los ojos mientras me estudiaba.
– ¿No me ha oído? No puede ir a Pittsburgh. La detendrán.
– Estoy segura de que lo intentarán. El agua, John, si hace el favor…
El se cuadró de hombros, muy recios para un intelectual de su edad aunque, desde luego, la vida en la frontera endurecía a cualquiera.
– No puedo permitir que haga eso.
– Usted no puede detenerme -respondí y, no sé cómo, esbocé una sonrisa-. Su tarea es ayudarme. Ahora, salga a buscar al señor Dalton. Necesitaré el consentimiento escrito de los dos para lo que debo hacer.
Ya había empezado a dar forma a mi plan. Era atrevido, grande y audaz. Para conseguir lo que me proponía, necesitaría la lealtad de aquellos hombres y para tenerla, habría de demostrarles que no debían subestimarme.
Cuando Dalton regresó, nos sentamos a la rústica mesa de la cabaña y tomamos un trago de whisky mientras les exponía la primera parte de mi plan. No serviría de nada contarles más. Skye aceptó colaborar; Skye siempre estaba dispuesto, pero Dalton miró a su amigo antes de tomar una decisión.
Richmond se encogió de hombros.
– Hazlo si quieres, pero no sin pensar. No lo hagas porque ella diga que debe hacerse. Toma tus propias decisiones.
– No causes dificultades -replicó Dalton-. Ya tenemos suficientes.
Jericho sacudió la cabeza, pero no dijo nada más. Realmente, no podía culparlo. Aunque les pedía que confiaran en mí, que se fiaran más allá de toda razón o prudencia, todos respondieron a mi requerimiento. No fue sino mi primer indicio de lo que había de venir. Siempre había sido audaz y osada con los hombres y, en último término, nunca había obtenido una negativa de ningún hombre bien dispuesto hacia mí, pero solo en aquel momento empecé a comprender cómo podía utilizar aquel poder para salvar a una nación que mereciera ser preservada o, tal vez, para destruirla si estaba demasiado corrompida para salvarse.
El camino era escabroso y, aunque partí muy de mañana, no llegué a Pittsburgh hasta entrada la tarde. No tenía idea de que fuese tan conocida pero, una vez dejé el caballo en el establo y eché a andar por Market Street, la gente con la que me crucé se detenía a observarme. Cuando pasé por delante de la taberna de Watson, los parroquianos salieron en masa a verme. Había corrido la voz: era una proscrita. Supongo que, tiempo atrás, la mera idea me habría llenado de espanto, pero esa vez se adueñó de mí una extraña sensación de dominio, de poder. Me sentí objeto de escrutinio y, sí, de temor. Hacían bien, pensé. Ahora, debían tenerme miedo.
Llamé a la puerta del señor Brackenridge y me recibió una mujer considerablemente más joven que él, pero demasiado bien vestida, con un bonito traje de algodón estampado, para ser una criada. No pude sino dar por sentado que se trataba de la esposa del abogado. Era bonita, con una mata de cabellos rubios recogida bajo una cofia ladeada con coquetería. La mujer me miró, sonrió y se disponía a preguntar qué se me ofrecía, cuando vio a un grupo de dos decenas o más de mirones que se acercaban furtivamente a observar la escena. Al instante, me hizo pasar y cerró la puerta. Tras una breve pausa, procedió a echar el cerrojo.
– Mejor estar seguras, ¿verdad? -Su voz delataba un leve acento alemán-. Bien, supongo que tiene asuntos que tratar con mi esposo…
– Así es. -Antes, bajo las miradas escrutadoras que me habían perseguido por la calle, había sentido una especie de rara fortaleza. En esos momentos, sometida a la amabilidad de aquella desconocida, tuve que hacer un esfuerzo para tragarme las lágrimas-. Me llamo Joan Maycott.
La mujer puso los ojos como platos y estuvo a punto de llevarse la mano a la boca, pero se contuvo.
– La acompañaré al despacho e iré a buscar a Hugh.
La seguí en silencio. La señora Brackenridge había identificado mi nombre al momento, igual que la gente de la calle me había reconocido la cara. No podía imaginar qué falsedades habría difundido Tindall para hacer de mí un personaje tan famoso.
A indicación de la mujer, tomé asiento en el desordenado despacho de su marido y apenas tuve que esperar un momento hasta que el abogado entró apresuradamente, dio un paso hacia mí, luego otro hacia la puerta para cerrarla, cambió de idea otra vez y volvió a empezar la extraña danza desde el principio. Por fin, se decidió por cerrar la puerta, primero, y luego darme la mano.
– Señora Maycott… -dijo, con una voz muy solemne en alguien que estaba acostumbrado a hablar en tono tan agudo. A continuación, hizo una reverencia, me soltó la mano y se desplazó hacia la silla de su escritorio como si fuera a sentarse, pero en lugar de hacerlo, se acercó a la ventana, corrió la cortina y observó a la multitud congregada a la puerta-. Parece que ha adquirido usted mucha notoriedad desde la última vez que nos vimos. ¿Ha venido para que la ayude a entregarse?
Hizo la pregunta con manifiesta inquietud. Tal vez pensaba que podía matarlo también a él. Qué absurdo. Allí estaba yo, una mujer humillada como pocas en la historia, desposeída de todo… No podía haber mayor víctima y, sin embargo, el mundo me temía.