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– Señor Brackenridge, he oído rumores de que se han formulado cargos contra mí, pero hasta que he llegado a la ciudad no podía creer que fueran más que habladurías sin fundamento. ¿Está diciéndome que se me acusa, realmente, de… -hice una pausa, pues no creí que pudiera pronunciar el nombre de Andrew y contener las lágrimas- de lo que ha sucedido?

Algo en mi tono de voz debió de tranquilizarlo. Se apartó de la ventana y ocupó su asiento. Sacó de un cajón del escritorio una vieja botella de vino llena de whisky y se sirvió un trago en un vaso de peltre. Luego, llenó otro y me lo acercó, desrizándolo por la mesa.

– El sheriff ha librado una orden de detención contra usted -el abogado bajó la vista- y también contra Dalton y Skye.

Contuve el aliento. Era preciso que dijera lo que tenía que decir, que hiciera lo que tenía que hacer. Debía apartar de mí la debilidad, o no tendría ningún motivo para vivir.

– Se atreven a acusarnos de la muerte de Andrew…

Me resultó más fácil hablar en plural, pero seguí agarrada al vaso y tomé un largo trago. Por su oscuridad y su rico aroma supe que era uno de los destilados por Andrew, y su calor me dio fuerzas. Hablar sin derramar una lágrima también me dio fuerzas. Y sostener la mirada de Brackenridge; sí, eso también me dio fuerzas. Tenía ante mí tantísimo, todo a mi disposición, si me decidía a tomarlo… La debilidad era fácil y reconfortante, y la acción me desgarraba el corazón, pero lo haría. ¿Por qué otra cosa vivir, si no era para hacerlo?

Brackenridge me estudió como si pudiera ver que algo cambiaba en mi interior.

– Sí, los acusan de eso y de matar a Hendry. El coronel Tindall afirma haber presenciado que usted les daba muerte.

– Usted debe saber que yo nunca haría daño a mi marido, y tampoco sus amigos.

– Corren comentarios de que hubo una disputa, provocada por el whisky. Se rumorea…, verá, señora Maycott, detesto hablar de esto pero, como abogado que soy de usted, debo hacerlo. Se rumorea que hubo alguna conducta inapropiada entre usted y el señor Dalton.

Creo que mi carcajada dejó perplejo al señor Brackenridge.

– Tal calumnia -respondí- solo ha podido inventarla alguien que no conozca en absoluto al caballero en cuestión. Señor, sé que no hace mucho que nos conocemos, pero ¿cree usted que participé en los actos de los que el coronel Tindall me acusa?

El se atrevió a mirarme a la cara.

– No, no lo creo. He visto muchas cosas espantosas en el Oeste, pero no he encontrado nunca a nadie, hombre o mujer, que disimulara con tanta frialdad acerca de un asesinato. Aquí hay poca riqueza, por lo que la mayoría de los crímenes son pasionales. Y esas pasiones siempre resultan visibles después. Por eso, no creo que las cosas sucedieran como nos han inducido a pensar. No sé cuánto tiempo tenemos hasta que llegue el sheriff, por lo que le sugiero que me cuente lo que sucedió de verdad y que lo haga lo más rápido que pueda.

– Muy bien -asentí-. Y luego necesitaré que me haga un favor, señor. Un favor que requerirá que deposite en usted una gran confianza, pero verá que no tengo alternativa.

Tuvimos más tiempo del que imaginábamos, casi una hora entera, hasta que llamaron a la puerta. Este tiempo resultó más que suficiente para que le contara una versión muy abreviada de lo sucedido en nuestra cabaña. No pude ofrecerle una narración más detallada, pues hacerlo sería reducirme a la mujer llorosa que había sido allí y eso no lo permitiría. El señor Brackenridge sugirió que se podría buscar al joven Phineas para que sirviera de testigo. Yo consideré que no sería prudente. Aunque Phineas lo hubiera visto todo, no sabía si podía fiarme de que dijera la verdad, en vista del odio irracional que me profesaba.

No tuvimos tiempo para nada que no fuese mi plan original. Así pues, le dije todo lo que necesitaba saber y lo convencí para traspasarle mi negocio. A toda prisa, redactamos y firmamos un contrato, con la señora Brackenridge y una criada que sabía leer y escribir como testigos.

No hacía ni cinco minutos que habíamos terminado cuando llegaron. El señor Brackenridge abrió la puerta y allí encontró plantado al detestable coronel Tindall, empuñando su apreciada escopeta de caza, la misma con la que había disparado contra mí minutos antes de que matara a mi marido. A su lado estaba el sheriff, a quien yo había visto alguna vez, pero al que no había saludado nunca. Calculé que se acercaba a los sesenta, pero se lo veía tan curtido y recio como cualquier hombre de la frontera. Alto y de hombros anchos, llevaba una sencilla camisa de cazador de la que se alzaba un cuello grueso con nervaduras. Lucía en el rostro una barba corta y razonablemente cuidada, cuya pulcritud era tal vez un guiño a su oficio. Bajo un gorro de castor hecho trizas, sus ojos oscuros y entornados se clavaron en mí.

Más de un centenar de vecinos se arremolinaba ya en la calle, con la esperanza de presenciar la captura de la espantosa criminal. Bloqueaban la calzada embarrada y se apretujaban para echar un vistazo a aquella mujer malvada.

El sheriff avanzó un paso, aunque no cruzó el umbral. Haciendo caso omiso del abogado, se dirigió a mí directamente:

– Supongo que estoy hablando con la señora Maycott.

– Sí, soy yo.

Le sostuve la mirada, pero no quise mirar a Tindall. No me fiaba de mi reacción, pues temía que le saltaría encima y solo conseguiría mostrarme como la criatura furibunda que aquella gente creía que era.

– ¡Esa es la zorra impúdica que mató a mi empleado! -exclamó Tindall.

Una exclamación de asombro se alzó de la multitud y al principio creí que se debía a la crueldad de sus palabras, pero pronto me di cuenta de que era en respuesta a la ferocidad de mi expresión. Tal vez pensaron que iba a atacar de nuevo y que cualquiera de ellos podía ser la víctima.

– Me temo que tendrá que acompañarme, señora -dijo el sheriff, intentando emplear un tono civilizado.

– No creo que eso sea necesario, ni aconsejable -intervino Brackenridge. Dio un paso adelante y, de pronto, mostró su aspecto más profesional de leguleyo. A mí seguía pareciéndome un pajarillo y su mirada continuaba saltando de un punto a otro, pero exhibía una especie de porte regio que no había observado en él hasta aquel momento y supuse que en la sala del tribunal debía de ser una presencia formidable.

– ¿Aconsejable? ¡Al cuerno! -vociferó Tindall-. ¡Y al cuerno usted también, Brackenridge! ¿Tan desesperado está por el dinero que acoge en su regazo a una mujer que acaba de asesinar a su propio marido? ¿Ya no le basta con indios asesinos?

– No es aconsejable -repitió Brackenridge en tono solemne- y lo digo por su bien, sheriff. Podemos llevar nuestro asunto a plena luz del día, ante todos esos testigos, si es eso lo que desea, señor, pero creo que, si lo hacemos así, le costará mucho más conseguir un resultado favorable. Ahora, les ruego a los dos que entren en mi despacho, donde podremos resolverlo todo en privado.

Tindall debió de entender la nota de triunfo en la voz de Brackenridge, pues asintió y, al cabo de unos momentos, el sheriff y él estaban sentados ante el escritorio del abogado, este ocupaba su asiento al otro lado de la mesa y yo me hallaba de pie detrás de él, demasiado agitada para hacer otra cosa.

– No acabo de ver el sentido a todo esto -dijo el sheriff, que se había descubierto y tenía el gorro en el regazo. La señora Brackenridge se había ofrecido a guardárselo, pero él le aseguró que estaba demasiado lleno de piojos para colgarlo en el perchero-. Existe una orden de detención, basada en el testimonio del propio coronel.

– Tengo mucho que decir al respecto -respondió el señor Brackenridge-. Para empezar, hay testigos que contradicen los detalles que ha aportado el coronel Tindall.

– ¡Testigos! -bramó Tindall-. ¡Sin duda, serán cómplices de esa mujer en su conspiración! Nadie dará crédito a lo que declaren.