El señor Brackenridge sonrió.
– Cierto, entre los testigos se cuentan esos hombres, pero no son los únicos. Hablamos con un grupo de indios que decían que usted los contrató para acosar a esta señora y a su marido.
Brackenridge, debo señalar, no mentía, sino que repetía una mentira que yo le había contado. Tindall resopló:
– Todo eso son bobadas. Los indios de los que habla están muertos.
El sheriff se volvió ahora hacia Tindall.
– Lo siento, coronel, pero ¿qué indios son esos a los que da por muertos? ¿No niega haber contratado a los salvajes?
Tindall palideció y me lanzó una mirada de abierta hostilidad. Tal vez pretendía asustarme, pero ¿con qué podía amenazarme?
– No sé nada de ellos. Las mentiras de esta mujer quedarán al descubierto en el juicio. Me ocuparé de que los procesen a ella y a sus cómplices y, una vez los condenen, confiscaré sus propiedades.
– Quizá prefiera jugársela ante el tribunal -asintió Brackenridge-. Puede que le parezca una apuesta razonable, pero no tiene ninguna posibilidad de confiscar nada. Me he ocupado personalmente de la venta de esas propiedades y de los bienes que hay en ellas.
– No se pueden vender -dijo Tindall-. Me pertenecen a mí.
– Como bien sabrá, el título de las rentas de la tierra puede venderse y, dadas las mejoras realizadas en la finca, hacerlo con un considerable beneficio. Me temo que no le queda nada por confiscar. Recibirá sus rentas del comprador, pero los alambiques y el equipo y, desde luego, el secreto de la fabricación del nuevo whisky pertenecen al nuevo dueño. -El abogado se volvió entonces hacia el sheriff-: Si debe detener a la señora, hágalo. De todos modos, insisto en que se abra juicio rápido, pues creo que la información que se vaya a revelar conducirá no solo a la absolución de mi cliente, sino a una orden de detención contra el coronel Tindall.
El sheriff estudió a Tindall y, después, al señor Brackenridge. Lo que yo opinara no parecía importar en aquel diálogo.
– ¿Quién es el nuevo dueño? -preguntó Tindall.
El señor Brackenridge sacudió negativamente la cabeza.
– Le ruego me disculpe, pero no puedo decírselo. Es confidencial, según deseos de mi cliente.
Tindall se puso en pie.
– ¿Se atreve a oponerse a mí, Brackenridge? Llegará el día en que deseará no haberlo hecho.
– De momento, hoy, frustrarle los planes me produce un gran placer -respondió el abogado-. Me da un calorcito interior, como un buen vaso de un whisky excepcional. Creo que seguiré paladeándolo. ¿Acierto si doy por hecho que va usted a retirar su acusación contra la señora Maycott?
– ¡Maldita sea, sí! -exclamó Tindall y, bruscamente, salió de la estancia y abandonó la casa.
El sheriff permaneció en silencio un momento, sin ocuparse de nada más complicado que eliminar piojos de su gorro, reventándolos nerviosamente entre las uñas. Finalmente, se volvió hacia mí.
– Todavía nos quedan los dos hombres muertos, señora.
Tragué saliva con esfuerzo.
– Hendry disparó contra Andrew. Antes de morir, mi marido abatió a su asesino.
– El señor Brackenridge insinúa que el coronel Tindall quizá tuvo algo que ver en eso.
– No es eso lo que yo vi -respondí. No era momento de perseguir a Tindall. No podríamos demostrar su culpabilidad ante un tribunal, pues sería nuestra palabra contra la suya, y su palabra contaba con el respaldo de la riqueza. Tendría que enfrentarme a él de otra manera.
El sheriff asintió. Se puso de nuevo el gorro y nos saludó a los dos. Después, salió a la puerta de la casa para dispersar a la multitud.
Capítulo 23
Ethan Saunders
El nuevo día trajo consigo muchas cosas en las que pensar y reflexionar, pero el primer asunto que cabía resolver era terminar mi conversación con Duer. Había prometido encontrarse conmigo en la taberna de la City, por lo que, a primera hora de la mañana, me encaminé hacia allí. La sala de las transacciones estaba sumida en tal caos, que mis previas visitas al local ahora me parecían una plegaria de Pascua. Los hombres estaban en pie y se gritaban unos a otros, rojos de excitación. Dos caballeros de rostro encendido se hablaban tan cerca que, en el calor de su conversación, se salpicaban la cara con saliva y la cara les brillaba. Los secretarios se afanaban en tomar nota de las transacciones, pero la velocidad y la progresión airada a las que se realizaban estas imposibilitaban su tarea y la mayor parte de ellos iban manchados con la tinta que tan apresuradamente aplicaban.
Observé la escena sin saber qué pensar, como un mirón de la calle contemplando las consecuencias de un terrible accidente. Pasaron unos minutos, durante los cuales no me moví, y entonces noté que había alguien a mi lado, un tipo entrado en años con gafas y el pelo y la barba canosos. El hombre me miraba divertido.
– ¿No sabe qué pensar de esto? -dijo con un acento que traicionaba su origen irlandés-. Si es su primer día en la bolsa y, por su aspecto diría que sí, ha elegido un mal momento.
– No es la primera vez y no he venido a jugar. Solo siento curiosidad. ¿Qué ha ocurrido?
El escocés movió la mano hacia la sala en general, sin señalar nada en concreto.
– Las acciones bancarias han bajado, por primera vez en varios meses. Hace unos días se cotizaban a 110, pero hoy han caído. Se han cotizado a 100 un rato, pero hay algunos buscadores de gangas que han hecho subir el precio a 102. Así estaban la última vez que he mirado.
– ¿Negocia usted con títulos bancarios? -pregunté.
– No. -Sacudió la cabeza-. Solo soy un observador como usted, joven.
Miré de nuevo al individuo. En él había algo que me sonaba familiar pero no era capaz de ubicarlo, como si fuera un hombre al que nunca hubiese conocido aunque hubiera oído hablar mucho de él. Igual que Lavien, llevaba barba y aquello era bastante inusual. Sin embargo, en todo lo demás era un hombre ordinario y serio, con aire de erudito y vestido con un traje gris, no de los mejores aunque tampoco le quedaba terriblemente mal.
– ¿Conoce a Duer? -le pregunté.
– Oh, sí. Lo conozco.
– ¿Dónde está sentado? No lo veo.
– No está aquí. -El hombre se echó a reír-. Corre el rumor de que ha regresado a Nueva York con el primer coche expréss del día. Ha huido, como dicen, del escenario de sus crímenes.
Sentí que me ponía tenso de enojo y decepción. Tenía que haberlo obligado a hablar conmigo la noche anterior, cuando lo había tenido al alcance. Duer debía de ser un mentiroso de primera. Al fin y al cabo, había logrado engañarme a mí.
– Le debía dinero, ¿verdad? -preguntó el escocés-. Lo noto decepcionado.
– No, no me debía dinero, solo su tiempo -dije, fingiendo tranquilidad-. Ha dicho que ha huido de sus crímenes. ¿A qué crímenes se refiere?
– Este caos… -Señaló de nuevo la sala-. Antes de marcharse, ha hecho saber que hay algunos que han pedido créditos al Banco de Estados Unidos y que no podrán devolver lo que deben. Ha arrojado una bomba de caos y ha huido antes de que estallara.
– ¿Por qué?
– Quizá está vendiendo acciones bancarias en corto. -El hombre se encogió de hombros-. Quizá quiere comprar barato. Tal vez lo único que quiere es que los mercados sean imprevisibles, ya que un hombre de la calaña de Duer prospera con los mercados imprevisibles.
– Pero no está aquí.
– Algunos de esos hombres actúan en secreto en su nombre. Son agentes suyos. Ser agente de Duer no es una buena cosa, pero cuando el hombre más poderoso en dos bolsas le pide a alguien que sea su agente, no se le puede decir que no. Eso sería dar la espalda a las oportunidades. Sin embargo, para Duer esos hombres no son más que leña. Los utiliza, los quema y barre las cenizas.
Eché otro vistazo a la sala y no vi a ningún conocido, nadie que pudiera explicarme aquellos asuntos con más claridad. El barbudo estaba ahora observando unas transacciones y no lo molesté más. De hecho, en aquel momento, todo el mundo comerciaba o contemplaba con extasiada atención a los hombres que vendían sus títulos bancarios o que los compraban con la vana esperanza de que el precio remontara. Todos estaban de pie, comerciaban y hablaban, todos menos uno. Era el hombre de rostro de sapo, con su traje marrón y su aire de amargura. No vendía ni compraba nada, sino que estaba encorvado sobre un trozo pequeño de papel y escribía algo -yo no veía qué- con una caligrafía pequeña, tan contraída como su expresión.