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– ¿Completamente solo?

– Yo no puedo elegir, pero sabe que puede contar conmigo.

– ¿Y si pudieras elegir? -inquirí-. Si te diera la libertad ahora mismo, ¿me apoyarías en esto hasta el final?

– No va a dármela -replicó.

– Pero ¿y si lo hiciera?

No sé por qué decidí insistir en ello en aquel momento, pero su preocupación por mí me colocó al borde del precipicio de comunicarle que ya se la había dado.

– No lo sé -respondió muy serio, mirándome a los ojos.

Agradecí su sinceridad, cómo no. Sin embargo, me ponía en una situación difícil, dado que él era el único hombre en el que confiaba por completo y no podía pasarme sin él. Mientras aquella crisis continuara, tendría que ocultarle la verdad. No podía saber todavía que era un ciudadano libre.

Leónidas notó que estaba perdido en mis pensamientos y se inclinó hacia mí para distraerme.

– ¿Qué hará con la nota? ¿Piensa vigilar el árbol?

– No es práctico. -Sacudí la cabeza-. La vigilancia tendría que ser permanente y solo somos dos.

– Entonces, ¿volverá a dejarla en su sitio antes de que descubran que se la ha llevado?

– No -respondí-. Quiero que sepan que la he encontrado.

Cogí un papel en blanco y escribí una breve nota con la que sustituir la que había hallado. Mi nota decía solo: «Voy a ir por vosotros».

– A ver qué les parece -comenté.

– ¿Y si ellos vienen por usted primero?

– Entonces me ahorrarán mucho trabajo.

No sabía si Hamilton querría recibirme de nuevo. Una vez era caridad; dos, una molestia; una tercera podía resultar indignante. No me hacía ilusiones con respecto a ello, pero él tampoco podía hacérselas conmigo. Si quería verlo, lo vería. Quizá lo esperaría en la calle o iría a visitarlo a su casa. Hamilton me conocía. Sabía que si deseaba hablar con él, lo lograría. Por esa razón, me atendió enseguida.

Estaba sentado ante su escritorio, en el que se amontonaban cuatro o cinco pilas altas y ordenadas de papeles. Tenía una pluma en la mano y un tintero casi vacío a su lado.

– Estoy muy ocupado, capitán Saunders -dijo.

– Yo también. Qué terrible, ¿verdad?

– No sé a qué se debe su visita -dijo, dejando la pluma-. El señor Pearson ya ha regresado, así que no ha venido a hablarme de eso…

– Sabe perfectamente bien que sí y el regreso del señor Pearson no es ninguna respuesta sino que suscita más preguntas.

– Creo recordar que le pedí que no se inmiscuyera en este asunto.

– Yo también lo recuerdo, pero los dos sabemos que no hablaba en serio. Usted hubiese preferido que yo llevara a cabo una investigación paralela a la de Lavien. Habría obtenido unos resultados mucho mejores de haber tenido a dos hombres compitiendo por el mismo objetivo. No voy a decir que haya sido usted quien haya maquinado esta competición, pero seguro que no la lamenta. Y, ahora, terminemos con esta farsa. Quiere que proceda, ¿verdad?

– No -respondió, mirándome a los ojos.

– Pues claro que quiere. Hay demasiadas cosas en juego. Quizá haya llegado el momento de que me diga por qué deseaba que Lavien encontrase a Pearson. ¿Por qué le interesa?

– Es un asunto privado.

Eso fue lo que dijo, pero yo empecé a pensar que se trataba de un asunto público. Entre ellos no existía relación personal, por lo que solo había un motivo evidente para el interés que Hamilton se tomaba en Pearson. Habida cuenta de lo que me había dicho el escocés barbudo aquella mañana sobre créditos impagados, solo podía sacar una conclusión.

– Pearson ha pedido dinero prestado al banco, ¿verdad?

– Es posible que sí -Hamilton parpadeó y apartó la mirada.

– ¿Cuánto?

– La idea de la creación del banco fue mía y me interesa su funcionamiento, pero no lo dirijo y no me interesan las operaciones del día a día. Dudo de que ni siquiera el señor Willing, que es el presidente del banco, pueda hablarle de créditos a personas sin tener que consultar los archivos. No espere que yo, que estoy mucho más alejado, pueda reunir al momento esa información sobre cualquier posible prestatario.

– No, no espero que conozca a cualquier posible prestatario, pero sí que espero que sepa sobre este caso concreto.

– ¿Cuánto?

– Ha pedido un crédito de cincuenta mil dólares.

– ¡Dios bendito! ¿Y le han dado tanto dinero a un solo individuo?

– Fue para inversión y desarrollo. Ya ha visto cómo prospera la ciudad gracias al dinero del banco. Pearson es un respetado agente de la propiedad inmobiliaria y presentó un plan específico para urbanizar unas tierras que están al oeste de la ciudad.

– Pero no lo ha hecho, ¿verdad? Usted recibió noticias de que Pearson no solo no estaba comprando tierras y urbanizándolas, sino que además perdía las propiedades que ya tenía. Usted no controla las minucias del día a día en las inversiones y supongo que el presidente del banco tampoco lo hace. Nadie fue a Helltown a ver si Pearson lo estaba urbanizando. Era un hombre de negocios respetable y podían fiarse de que cumplía lo que había dicho que haría. Pero entonces recibe la noticia de que están embargando sus propiedades. Y luego se entera de que nadie sabe dónde está. Tal vez hayan desaparecido cincuenta mil dólares en fondos bancarios. ¿Puede el banco soportar tal pérdida?

– Por supuesto que puede. Es una pérdida muy seria, pero en los estatutos del banco existen mecanismos que le permiten capear los impagos de créditos.

– ¿Fácilmente?

– Nunca es fácil.

– Nunca es fácil -repetí-, porque lo que usted más teme es que Jefferson y su facción se enteren del asunto. Se trata de eso, ¿verdad? Su banco ha sufrido un primer semestre del año turbulento porque los precios de las acciones han fluctuado de una manera demencial. Ahora se dirá que la causa son los créditos a los amigos del presidente de la entidad, unos créditos que no se devolverán, que no se pueden recuperar. Ya sabe lo que dirán: que el dinero es un instrumento de los ricos del Norte para alimentar su propia codicia.

– Sí, eso será lo que dirán -asintió Hamilton-. Forma parte del juego.

– ¿Y hay más?

– ¿Guardará el secreto?

– Por supuesto.

– Está también el método del banco para obtener fondos, el impuesto sobre el whisky. La facción de Jefferson no tardará ni un segundo en proclamar que gravamos a las pobres gentes de la frontera a fin de pagar el gasto irresponsable de los ricos. Eso será lo que dirán.

– ¿Y la verdad?

– La verdad es que el Banco de Estados Unidos es una gran institución que concede grandes créditos, por lo que, desde luego, beneficia directamente a los ricos. Existen otros bancos agrícolas que benefician a los pequeños propietarios y eso es lo que deben hacer. Sin embargo, los proyectos que benefician a los ricos también benefician a los demás. Si Pearson hubiera hecho lo que debía con el dinero, habría construido propiedades y para ello habría dado empleo a mucha gente y habría propiciado que los bienes cambiaran de manos. Esos edificios habrían sido viviendas y locales para tiendas y servicios, y habrían contribuido al crecimiento económico. Eso beneficia a todo el mundo, a los ricos y a los pobres.

– Pero no es esto lo que ha ocurrido con Pearson, está claro. Y, ahora que ha regresado, ¿Lavien ha averiguado algo sobre lo sucedido con el dinero?

– Muy poco. Pearson no quiere responder a las preguntas.

– Y supongo que no le ha dado permiso a Lavien para que le rompa los codos o le corte los pies. Es una persona demasiado importante.

– Pearson es listo -replicó Hamilton-. Se ha negado abiertamente a presentarse en el banco y explicar la situación de su crédito y sabe que nosotros no nos atrevemos a presionarle porque no queremos que se haga público que un préstamo de esta magnitud corre peligro. Estoy seguro de que Pearson sabe que Philip Freneau, ese truhán que escribe en el periódico de Jefferson, ha estado husmeando por ahí y haciendo preguntas. Si Freneau se entera de la verdad, la utilizará para arruinarnos. Jefferson y su gente sacrificarían de buen grado la economía nacional solo para demostrar que yo me equivoco y ellos tienen razón.