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– ¿Y por eso el banco no se ha quedado con sus propiedades? ¿Para evitar que el caso se convierta en un escándalo?

– Sí. Mientras exista la posibilidad de un pago discreto del préstamo, incluso de una parte, preferimos evitar el fiasco público que solo alimentaría la animosidad pública de Jefferson contra el banco. Mientras no sepamos más, tendremos que encontrar otros medios de descubrir lo que Pearson se lleva entre manos.

Tuve la impresión de que, tanto si era lo que Hamilton pretendía como si no, yo constituía esos «otros medios». No había ningún motivo para que no lo siguiera presionando.

– ¿Y qué hay de Duer?

– ¿Qué ocurre con él?

– ¿Cuál es la relación entre Duer y Pearson?

– Ninguna, que yo sepa -respondió.

Pensé en la nota que había encontrado en el árbol. «… Duer lo utilizó de una manera monstruosa y eso ya no tiene remedio.» Eso, en sí mismo, no tenía importancia. Que aquellos hombres se arruinaran los unos a los otros cuanto quisieran; me la traía al pairo. Sin embargo, era obvio que allí había algo más: «El BEU lo notará muy pronto y Hamilton no tiene ni idea de ello». Aquello era una conspiración para perjudicar al banco. Pearson no era más que un instrumento y Cynthia, solo una víctima.

– ¿A quién le gustaría hundir el banco? -pregunté.

– ¿Hundirlo? -inquirió Hamilton-. A Jefferson, supongo.

– No, no difamarlo, ni verlo fracasar o alegrarse de sus apuros. Jefferson quiere ventaja política. ¿Quién desearía destruir el banco con sus propias manos?

– Nadie -respondió-. Nadie que pudiera hacerlo.

– Y si alguien pudiese -insistí-, ¿quién sería?

– La chusma -dijo-. A la chusma incitada por Jefferson le gustaría verlo destruido. Los patanes del Oeste, a quienes Jefferson les ha inculcado las ideas democráticas, preferirían ir a la guerra antes que pagar un céntimo de impuestos sobre el consumo. Las cosas no son tan complejas como usted imagina y no lo ve porque ha estado demasiado tiempo lejos del oficio.

A mí me parecían aún más complejas de lo que era capaz de imaginar. Aquel era el problema.

Si quería desentrañar aquella complejidad, lo primero que debía hacer era descubrir la naturaleza de la relación secreta y financiera entre Hamilton y Reynolds, el hombre de Duer. Si me hubiese fiado más de Hamilton, le habría contado más cosas, pero a un hombre que iba entregando bolsas de oro en secreto a tipos de aquella calaña no podía confiarle lo que había averiguado hasta entonces. Y además, necesitaba saber por qué los hombres que habían actuado contra mí y contra Cynthia deseaban encaminarme hacia Reynolds. Aquel tipo trabajaba para Duer, eso estaba claro, pero ahora creía que el escocés barbudo, que estaba involucrado sin duda en la amenaza contra el banco, quería asegurarse de que me fijaba en Reynolds y, quizá, de que albergara hostilidad hacia él.

Había llegado el momento de abordar las cosas directamente, por lo que aquella noche me acerqué a la casa de Reynolds y llamé a la puerta. Los buenos modales no aconsejaban ir a visitar a un desconocido tan tarde por la noche, pero aquel era un barrio deshonroso y las luces todavía estaban encendidas. Correría el riesgo.

Al ver que nadie respondía, llamé otra vez y luego una tercera. Finalmente, oí pasos en la escalera y una voz de mujer, al otro lado de la puerta, preguntó quién era.

– Soy el capitán Ethan Saunders y vengo en nombre del Departamento del Tesoro de Estados Unidos -respondí exagerando solo un poco. No era momento para la timidez-. Tengo que entrar.

La puerta se abrió. Allí, en un estado de desaliño absolutamente seductor, estaba la mujer más hermosa que jamás hubiera visto. Sí, sé que este relato está plagado de mujeres hermosas: la señora Pearson, la señora Maycott, la señora Lavien, la señora Bingham… Podríamos formar un equipo de criquet de mujeres hermosas. No puedo por menos de fijarme en ellas y tomarme la molestia de describirlas, pero ¿tan hermosas son? La señora Pearson es muy bonita, sin duda, pero son mis sentimientos por ella lo que la elevan a un nivel tan exaltado. La señora Maycott tiene, a decir verdad, el mentón un poco débil, pero es misteriosa y posee donaire. La señora Lavien tiene ese aire hebreo que algunos tal vez encuentren poco atractivo.

Aquella dama era hermosa y no por su porte, por su raza exótica o porque un corazón anhelante aportase un plus que la exaltase. No. Se trataba de una criatura perfecta, como la Eva de Milton, el ideal femenino de belleza. Su pelo rubio era ondulado y lo llevaba absolutamente despeinado y sus ojos eran grandes y de un azul asombroso. Tenía las mejillas sonrosadas, redondas y moldeadas a la perfección, sus dientes eran tan blancos como la nieve y sus labios tenían el color de las rosas. ¿Queréis que siga? Es tedioso, lo sé, pero es importante que deje claro que, en las partes y en el conjunto de estas, no había ninguna otra mujer como aquella en Estados Unidos ni, posiblemente, en el mundo entero. Aquellos que, en años venideros, juzgarían la debilidad de un hombre seducido por ella, no sabrían nada de sus pasmosos encantos. No ha nacido el hombre que, teniendo la oportunidad de amarla, la haya rechazado.

– Señora, ¿quiere casarse conmigo? -le pregunté.

La mujer se echó a reír. Llevaba una bata suelta que debía de haberse echado encima antes de abrir la puerta, con un escote generoso, dentro del cual sus pechos, grandes y espléndidos, se movían agradablemente.

– Me temo que ya estoy casada, señor.

– Entonces, me quitaré la vida -dije-. Pero, antes de hacerlo, me gustaría hablar con el señor Reynolds. ¿Vive aquí?

– Ese es el apellido de mi esposo, señor -respondió con una expresión más sombría-. No está en casa.

¿Aquel desaliñado animal con la cara marcada y aire lobuno era el marido de aquella criatura? ¿Cómo lo soportaba ella? ¿Cómo lo toleraba el mundo? En circunstancias normales, me habría introducido sin duda en la vida de aquella mujer para mejorar su situación, pero había otras cosas que exigían mi atención, siendo Cynthia la principal. Me centraría en la bella y no en la bestia.

– Tengo que encontrarlo.

– No está en la ciudad -dijo ella-. ¿Puedo preguntarle de qué se trata? Ha hablado del Departamento del Tesoro, ¿verdad?

– Trabajo para el coronel Hamilton, del Tesoro. -Que hubiera prometido reformarme no era óbice para que soltase mentiras de aquel tipo.

– ¿Y qué quiere de mi esposo? -En su tono había ahora cierta antipatía y no me gustó. Quería verla seducida de nuevo.

– Solo deseo hablar con él sobre el señor Duer -respondí con una sonrisa amable-. Es por algo relacionado con ese hombre, no con su esposo.

– Comprendo.

– ¿Cuándo volverá?

– No lo sé.

– ¿Y adonde ha ido?

– No me lo ha dicho.

– ¿Qué le parece si me invita a entrar y hablamos de esto con más detenimiento?

– En otra ocasión -respondió para quitárseme de encima y cerró la puerta.

Capítulo 24

Joan Maycott

Primavera de 1791

La señora Brackenridge insistió en que me quedara en su casa aquella noche y, por la mañana, emprendí el camino de regreso, pero no a la cabaña de caza sino a mi casa. No le había contado a nadie lo que me proponía porque sabía que, si lo hacía, intentarían convencerme de que era una imprudencia. En primer lugar, estaba la cuestión práctica de las condiciones de mi casa. Gran parte de ella había quedado destruida por el fuego, según me había contado Skye. En efecto, encontré las paredes chamuscadas y los muebles que no se habían quemado estaban ennegrecidos. Las cortinas, los manteles, nuestra ropa y los papeles -incluida mi novela, aunque Skye ya me había preparado para ello- ya no existían. El lugar apestaba a fuego y a humedad, pero era donde Andrew y yo habíamos vivido y no me marcharía de allí hasta que me viera obligada a hacerlo.