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La otra objeción principal a regresar allí era que yo ya no tenía ningún derecho sobre la casa, si bien su propietario, el señor Brackenridge, me había dado permiso para quedarme cuanto quisiera. No sería por mucho tiempo. No quería quedarme y hacerlo era una insensatez. Tan pronto pude comprender algo, caí en la cuenta de que Tindall nos había perseguido porque quería privar a Andrew, a Skye y a Dalton de los medios de elaborar el whisky. También sabía que había unos cuantos granjeros ricos de la región dispuestos a adquirir nuestros arriendos, con el equipamiento y las instrucciones de aquel método nuevo de destilación. De momento, Hugh Henry Brackenridge administraría nuestras fincas y me había dicho que haría todo lo posible por venderlas al mejor postor, quedándose solo un cinco por ciento de comisión aunque, si deseaba engañarnos, no podríamos hacer nada por evitarlo. Era un riesgo, pero yo no había nunca dudado de que fuese un hombre honrado y el tiempo me dio la razón.

De este modo, las cosas volvieron a una relativa calma. De momento, Tindall no se arriesgaría a perjudicarnos. Sus esfuerzos por conseguir que me encarcelaran y su cobarde retirada harían que cualquier atentado contra mi integridad física o la de mis amigos resultase demasiado sospechoso. Aunque tuviese la esperanza de evadir la ley, el coronel no se arriesgaría a una rebelión abierta de los colonos. Cuando el señor Brackenridge negociara nuestros derechos de arrendamiento y recibiese mi parte de los ingresos del whisky, quizá volvería al Este, a mi casa de la infancia. Se me antojaba una manera respetable de afrontar la viudedad.

Sin embargo, no podría hacer aquello. Jericho había dicho que, cuando matas a un hombre, cambias y, en parte, se trataba de eso. Había matado. Me había enfrentado a Tindall con la fuerza física y en una batalla legal, y lo había vencido las dos veces. ¿Qué más era capaz de hacer, si me lo proponía? Me tenía por una mujer recatada y, según decían los hombres, bonita. Mi apariencia llevaba a los varones civilizados a confiar en mí, a tomar en cuenta mis opiniones y, a menudo, a ser tolerantes conmigo. Si asimilaba tales verdades, si sabía utilizarlas, podría conseguir muchas cosas. Lo que deseaba alcanzar era la venganza. No una venganza inútil, vacía y sanguinaria, sino un desquite que destruyera a los que habían convertido mi vida en tragedia y, al mismo tiempo, me redimiera a mí y a mis amigos.

El esbozo del plan estaba claro pero, para llevarlo a cabo, necesitaría la ayuda de hombres como Dalton y Skye y, tal vez, la de algunos chicos del whisky del primero. Si los reunía, deberían confiar en mí, profesarme incluso un temor reverencial, el que los soldados y los oficiales le profesaban al general Washington. Si lo lograba, tendría que hacer algo audaz.

Cuando entró en el establo a ordeñar la media docena de vacas, yo la estaba esperando. Acababa de romper el alba de un día claro y despejado que llenaba los campos con dulces posibilidades. Había tenido que caminar por el bosque de noche para reunirme con ella pero iba provista de un rifle y calzada con unos mocasines blandos que no hacían ruido. Las piernas no se me cansaban nunca y, aunque siempre miraba dónde pisaba, mi mente divagaba sobre lo que iba a hacer.

La puerta se abría hacia el este. Cuando entró, no vi más que una amplia silueta y las faldas de su sencillo vestido revoloteando en la brisa. Ella, sin embargo, no reparó en mi presencia; cerró la puerta y cogió el taburete de ordeñar. Sus heridas se habían curado bien desde la última vez que la viera, pero aún tenía contusiones rojas en la cara y costras endurecidas y, en algunos lugares, la piel se había fruncido ligeramente en una pálida cicatriz.

Acababa de dejar el taburete en el suelo y había empezado a hablar con la primera vaca cuando me vio.

– Por Dios, señora Maycott, ¿qué hace usted en el establo? -Las palabras le salieron de un tirón.

Yo no me había escondido, exactamente, pero me había quedado en un rincón entre las sombras. Ahora, avancé hacia ella y se me antojó que cruzaba una puerta. Estaba a punto de convertirme en otra persona. Allí, en aquel momento, en aquellas circunstancias. Tenía que ser una mujer a la que los otros siguieran. Tenía que ponerme al mando y hacer que los acontecimientos se desarrollasen como yo quisiera.

– ¿Cómo te llamas? -pregunté a la mujer.

– Oh, Señor, el dolor le ha hecho perder la memoria. ¿No se acuerda de la vieja Lactilla?

– Pues claro que me acuerdo. -Le tomé la mano-. Quiero saber cómo te llamas de verdad.

Me pareció que, en un abrir y cerrar de ojos, aquella mujer a la que habían convertido en una propiedad, en el juguete de un amo cruel, lo comprendía todo. No solo lo que yo le preguntaba, sino también lo que estaba haciendo y por qué. Dos mujeres moldeadas y maltratadas por un mundo que solo las consideraba muñecas para su diversión acababan de entenderse.

– Me llamo Ruth -dijo en voz baja.

– ¿Sabes lo que más odio de la esclavitud, Ruth? -le pregunté.

– ¿Solo puedo decir una cosa?

– Lo que más odio es que permitamos que la esclavitud no cuente. Nos decimos que hemos creado este gran experimento de gobierno republicano, que hemos inaugurado una nueva era de libertades humanas, la culminación de dos mil años de sueño republicano y de siglos de consideraciones filosóficas. Todo nos ha llevado a este glorioso momento, a esta gloriosa nación, un ejemplo del mayor potencial del alma humana. Sin embargo, no nos preocupamos de esos africanos esclavizados. Ellos no cuentan. Esto es lo que más odio.

– Sí, es despreciable, pero yo pondría eso más abajo en la lista. Para mí, lo peor fue que me quitaran a mi hijo. Y también, que me hayan disparado en la cara con una escopeta. -Sonrió y vi una pequeña cicatriz donde un perdigón le había rozado el labio.

– Estas cosas, las filosóficas y las prácticas, tienen que unirse en algún momento -dije.

– ¿Y ese momento es ahora? -Ruth estudió mi rostro con una mezcla de horror y complicidad.

– Esta noche -asentí.

La mujer suspiró y se sacudió la falda como si mis palabras hubiesen sido una polvareda de desobediencia y no quisiera mancharse.

– ¿Y qué pretende hacer?

– No estoy segura, pero algo hay que hacer, ¿no? Todo empieza siempre con alguien que hace o deja de hacer algo. Y yo no voy a ser quien deje de hacer.

– No va a matarlo, ¿verdad? -preguntó, sacudiendo la cabeza.

La intensidad de su preocupación me sorprendió.

– ¿Te perturbaría eso? -le dije.

Se puso en pie, se encaminó a la puerta del establo y luego regresó.

– Para usted es sencillo. Tindall es un demonio, eso es cierto. Usted quiere matarlo porque merece morir, eso también es cierto. Pero si lo mata, lo más probable es que sus esclavos seamos vendidos.

Comprendí el temor al cambio, pero se me antojó una locura.

– Ruth, ¿tan bien te van aquí las cosas que te da miedo ir a otro lugar?

– Aquí las cosas van mal -respondió-, pero en otros sitios aún van peor.

Asentí a su comentario.

– No es mi intención cometer un asesinato -dije, aunque no era del todo cierto. En realidad, no sabía qué quería hacer con Tindall, exactamente, y matarlo era una posibilidad, desde luego.

– Muy bien. ¿Qué necesita?

– Quiero que esta noche todo el mundo se vaya de la casa, que no queden en ella sirvientes ni esclavos.

– De acuerdo. Lo haré por usted.

Esperé en el establo el resto del día. Ruth, a la que habían escarnecido durante décadas con el nombre de Lactilla, me trajo el almuerzo y la cena de la noche. Luego dormí unas horas pero, cuando desperté, era de noche cerrada y en el edificio principal de Empire Hill no había ninguna luz encendida.