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Había acordado con Ruth que dejaría abierta la puerta delantera. No me resultó difícil cruzar la finca, entrar en la casa y dirigirme a la alcoba de Tindall, sobre cuya ubicación también me había informado Ruth. Le había dicho que solo quería asustarlo, robarle y hacerlo sentir tan impotente como él me había hecho sentir a mí, pero no le contaba la verdad. Sentí compasión por ella, que temía que la vendiesen si Tindall moría, pero Tindall ya no era joven y un día u otro tenía que morir.

No se trataba tanto de que quisiera verlo muerto como de que quería matarlo. O, para ser más exacta, de que deseaba ver que podía darle muerte. Había acabado con Hendry, pero lo había hecho en el fragor de la pelea y se había tratado de una decisión inmediata, tomada en el momento. Por lo que fuera a ocurrir en los meses venideros, deseaba saber que era capaz de matar, que si se me pedía que lo hiciese, estaría preparada. Ojalá todo pudiera llevarse a cabo sin más derramamiento de sangre, pero sabía que, si llevaba a cabo mi plan, tal vez llegaría un momento en el que tendría que tomar esa decisión y creía que sería más fácil si ya lo había hecho antes. Y no se me ocurría nadie mejor para el experimento que el hombre que merecía morir y que merecía hallar la muerte a mis manos.

Subí la escalera, apoyando delicadamente los mocasines en la madera para que no crujiera. Al llegar al descansillo, doblé a la derecha y me dirigí a la segunda puerta, tal como me habían indicado. Dentro había luz, pero no oí nada, ninguna respiración ni ruido de sábanas ni a nadie que pasara páginas. Abrí un poco la puerta para ver mejor.

La estancia estaba toscamente amueblada, como si la delicadeza de las salas para las visitas de Tindall no fuera más que una postura y en la alcoba fuese él mismo. Un gran armario de roble, una mesa auxiliar ordinaria, una cama sencilla y una alfombra de piel de oso en el suelo. Las vigas del techo, construidas en forma de arco, quedaban a la vista y la estancia parecía más la bodega de un barco que un dormitorio. Las paredes estaban adornadas con unas cuantas pinturas que representaban escenas de caza. En la pared opuesta, un fuego agonizante ardía en la chimenea.

De las vigas, cerca del centro de la habitación, colgaba el cuerpo del coronel Tindall de una cuerda monstruosamente gruesa, totalmente inmóvil y sin balancearse siquiera. Su cara muerta se veía casi negra, la lengua le sobresalía y tenía los ojos abultados y muy cerrados a la vez. Estaba muerto y llevaba muerto varias horas, como mínimo.

Lo miré, asombrada y decepcionada, aunque también aliviada. ¿Cómo había sido que la misma noche en que yo iba a enfrentarme a él y a matarlo, probablemente, había decidido quitarse la vida? No creía que fuese de la clase de hombre tan atormentado por su conciencia que prefiriese la muerte a la culpa. Y, sin embargo, tenía la prueba de ello delante de mí.

Se me había arrebatado la posibilidad de poner a prueba mi temple, pero no ganaría nada quedándome allí a mirar, por lo que decidí registrar la casa en busca de cualquier cosa de valor que pudiese llevarme.

Había entrado dos pasos en la habitación cuando oí una voz juvenil.

– La he seguido.

Era Phineas. Estaba sentado en una silla de respaldo alto, de cara al fuego y, desde la puerta, no se le veía. Se puso en pie y se volvió hacia mí, con el rifle en la mano. No me apuntó con él, pero no tardaría en hacerlo. Yo llevaba un par de pistolas cargadas en los bolsillos de la falda, pero me pareció demasiado pronto para sacarlas.

– ¿Por qué? -pregunté. No sabía qué otra cosa decir.

– La he visto caminar por el bosque y he sabido que venía hacia aquí. Enseguida he supuesto para qué. Luego la he visto esconderse con esos negros de mierda y ya lo he sabido seguro, por lo que he venido antes y he golpeado a Tindall en la cabeza con la culata de la pistola y luego lo he colgado como el cerdo que es.

– ¿Por qué? -repetí.

– Para que usted no tuviera que hacerlo -respondió-. Ha venido a matarlo, yo lo he adivinado y he pensado que sería mejor que no lo hiciese. -El muchacho se echó a reír.

Experimenté una extraña sensación. Era como si no estuviese allí y contemplara el desarrollo de los acontecimientos desde un lugar lejano. Y se me revolvieron las entrañas de alivio, asco y terror.

– ¿Qué es lo que te parece tan divertido?

– La recuerdo cuando se unió al grupo que iba al Oeste. Solo era una muchacha inmadura del Este. Y mírese ahora, asesina de hombres, ladrona de casas y quién sabe qué más… Le dije la verdad, señora, que el Oeste la cambiaría. ¡Y vaya si la ha cambiado! Pero no voy a permitir que la cambie más.

No iba a matarme. Lo noté y mis músculos se relajaron. Respiré hondo.

– ¿Qué quieres decir?

– Mató a Hendry porque no tenía otra opción y ahora se cree que puede matar cada vez que le apetezca. Piensa que no es tan distinto. Yo también lo hice una vez, cuando iba con un grupo de exploradores. Maté a unos indios porque nos tendieron una emboscada y estuvo bien. Mientras disparaba a aquellos pieles rojas en el pecho con el rifle, me acordé de mi familia. No me importó en absoluto matarlos. Luego, al cabo de un año, una noche en que caminaba por el bosque me encontré con un indio solo, que había acampado y dormía junto al fuego. Pensé, ya he matado a un indio, ¿por qué no matar a otro? No sabía si había otros cerca, así que no utilicé la pistola. Me abalancé en silencio sobre él y le clavé el tomahawk en la cara. Primero en la boca, para que no gritara, y luego en toda la cara hasta que estuvo muerto. Luego, le corté la cabellera. Al final, quedé todo manchado de sangre, pero no me importó. Lo que importaba era que, cuando lo hube hecho, supe que matar porque puedes es distinto que matar porque no te queda otro remedio.

– No te gustó -dije.

– Sí, sí me gustó. Me gusta matar indios. Y matar a Tindall también ha estado muy bien. Pero yo no me gusto, señora. Esa es la cuestión.

– ¿Y cómo es que has hecho esto para salvarme? Creía que me odiabas.

– Porque me odio a mí mismo, no a usted. A veces me confundo.

Miré a Tindall y me fijé en la parte posterior de la cabeza. Tenía el pelo grumoso de sangre.

– Verán que no se ha colgado por voluntad propia -dije.

– No importa -replicó-. Ya he escrito una nota, que haré llegar a Brackenridge, ese abogado de la ciudad. Y luego me marcharé.

– Pero te perseguirán.

– Me perseguirán, pero no me encontrarán. Seré un proscrito y creo que eso me gustará. -Señaló con el rifle una mesa auxiliar que había junto a la puerta y añadió-: Ahí hay unos cuantos billetes, una buena cifra. Tres o cuatro mil dólares. Yo no sé qué hacer con el papel, así que puede quedárselos usted. Yo me llevaré las monedas, unos seis o siete dólares. Creerán que me lo he llevado yo todo. Pero será mejor que se marche.

– Gracias, Phineas.

– Lo siento mucho, señora. -El chico se encogió de hombros-. Siento mucho haberle dicho todas esas cosas, pero no me quedaba otro remedio, compréndalo. Pero lo lamento de todos modos.

– Lo comprendo -dije, aunque no era así. Tal vez no quería comprenderlo.

– Lo que dije no significaba nada, y esa es la verdad. Y ahora, váyase. Luego me tocará a mí. He de llegar a Pittsburgh, entregar el mensaje y después, iré a matar indios. -Movió la pistola ante mí-. Váyase, no siempre controlo lo que hago.

Recogí los billetes que el chico había reunido y bajé la escalera a toda prisa, pensando en cuál sería la mejor manera de presentar aquellos acontecimientos a Dalton y a Skye. No había sido la mujer de acción que deseaba ser, pero no me pareció necesario que lo supiesen.