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Capítulo 25

Ethan Saunders

La mañana siguiente, desperté con el peso emocional de saber que, por la noche, tendría que cenar con la mujer a la que siempre había amado y con su marido, un hombre cuya falta de decoro había puesto en situación embarazosa no solo a su familia, sino tal vez a la propia nación.

Cuando desperté, un criado de la casa de los Pearson había traído ya una nota en la que se indicaba que me esperaban a las siete en punto. En mis pensamientos, había llegado a contemplar la velada como una oportunidad de hallar respuesta a muchas preguntas importantes, de modo que poco tuve que hacer durante la tarde. Así pues, pude dejarme llevar por mis viejas costumbres y pasé buena parte del día en un puñado de tabernas confortables, a pesar de lo cual llegué a casa de los Pearson con apenas media hora de retraso. Ya no hacía tanto frío y la nieve había empezado a fundirse, por lo que no debería avergonzarme reconocer que por el camino resbalé y que llegué empapado; sin embargo, como la mayor parte del daño lo había sufrido mi gabán, di por sentado que mis anfitriones no se fijarían.

La casa -o mansión, la calificaría yo- estaba en la calle Cuarta, al norte de Spruce, en una zona de edificios refinados. El exterior era del típico ladrillo rojo de Filadelfia, notable solo por sus cuidados arbustos, matorrales y árboles. La verdadera belleza de los jardines no era visible en invierno o después de oscurecer; dentro, en cambio, me acogieron unas fastuosas alfombras de dibujos geométricos que imitaban exquisitas baldosas, un hermoso papel pintado azul plateado -con una textura muy conseguida que evocaba las ondulaciones del agua de un lago casi del todo quieto- y numerosos retratos, muchos de ellos de la ilustre casa de los Pearson. Un criado inferior, un pinche de cocina tal vez, se ofreció a limpiarme los zapatos, pues había pisado, sin advertirlo, unas heces de caballo. Una vez limpio el calzado, me sacudió el polvo como si fuera un bloque de piedra recién esculpido antes de permitirme, por fin, subir la escalera hacia los aposentos privados de la distinguida pareja.

Entré en una gran sala de estar y encontré a Pearson y señora sentados uno al lado del otro en un canapé. El señor de la casa, muy erguido y formal, movía su manaza mientras peroraba sobre algún asunto. Tenía el pelo, canoso y ralo, muy despeinado y descuidado y, aunque su tono de voz era voluble, sus ojos se veían empañados y hundidos. Su esposa llevaba un vestido verde mar de corte favorecedor. Cuando entré, ella me miró, apartó la vista, volvió a mirarme y se puso en pie.

– ¿Por qué te levantas? -preguntó el marido-. Estoy hablándote y te levantas, como si no saliera una palabra de mi boca.

– Ha llegado nuestro invitado -respondió ella con voz neutra.

– ¿Nuestro invitado? ¡Ah, Saunders! Pon a buen recaudo los secretos de Estado, querida, ¡ja, ja! Se ha hecho esperar, ¿verdad?

Pearson se levantó por fin a saludarme y estreché la enorme diestra. Su apretón fue flojo y distraído, como si no pudiera recordar por qué me daba la mano o qué tenía que hacer con ella.

También se puso en pie la viuda Maycott, que estaba sentada hasta aquel momento en una silla de respaldo alto. Llevaba un vestido mucho más sencillo que el de la señora Pearson, de cuello alto, color marfil y considerablemente seductor. En otro sofá, vi a una pareja de cincuentones, vestidos con elegancia pero insípidamente. El hombre era un poco corto de estatura, aquejado de una curiosa especie de grasa que se le acumulaba solo en el abdomen, mientras que el resto de su cuerpo era más bien delgado, de modo que casi parecía que estuviese encinta. Su pareja, de cabellos canosos y ataviada con un recatado vestido negro, tenía facciones agradables y debía de haber sido aceptablemente atractiva treinta años antes, y probablemente no tanto diez años después.

– Capitán Saunders, me alegro de volver a verlo -dijo la señora Pearson. Su rostro era la mismísima máscara del control. Supuse que tenía mucha práctica.

– De verlo por fin, querrás decir, querida -intervino el marido-. Es espantoso hacer esperar a un hombre para su propia cena.

Hice una reverencia.

– Le pido disculpas, señor. Me retenía un asunto del gobierno -dije esta mentira no solo para excusarme, sino para provocar la curiosidad general.

– Tiene que hablarnos de eso -dijo la señora Maycott.

– ¿En qué asunto del gobierno estaba ocupado? -preguntó Pearson-. En uno que tenga que ver con la cerveza y el ron, por el olor que despide. En cualquier caso, yo pensaba que el gobierno ya no tenía tratos con usted.

La señora Pearson, deliciosamente ruborizada, emitió una especie de carraspeo con el que reprendía a su esposo e intentó cambiar de conversación.

– La señora Maycott me ha dicho que ustedes ya se conocen y que fue ella quien lo invitó esta noche, así que no es necesario que los presente.

– En efecto, ya he tenido el placer -dije, haciendo una reverencia a la dama.

¿Noté un destello de celos en el bonito rostro de Cynthia? Se volvió a la otra pareja y dijo:

– Le presento al señor Anders Vanderveer y a la señora Vanderveer, hermana del señor Pearson.

Después de intercambiar unas palabras de presentación con el hombre y su esposa, en quienes no tenía ningún interés, ocupé una silla idéntica a la de la señora Maycott, separado de ella solo por una mesilla de madera oscura y diseño oriental. Entró un criado a ofrecerme una copa de vino, que acepté de buena gana, y allí me quedé, con la señora Maycott sonriéndome con una mueca de deliciosa picardía en sus labios rojos y la señora Pearson desviando la mirada.

– ¿Trabaja para el gobierno, entonces? -preguntó el señor Vanderveer con voz profunda y atronadora-. ¿Conoce al Presidente?

– Lo conocí durante la guerra -expuse-. Actualmente, participo en un proyecto para Hamilton en el Departamento del Tesoro y no tengo contacto con el general Washington. Me han dicho, señor Pearson, que usted ha tenido contacto últimamente con Hamilton, o tal vez con sus hombres.

– En absoluto -respondió él-. ¿Por qué habría de tenerlo?

– Desde luego, no se me ocurre por qué. Esperaba que usted me lo aclarara.

La señora Vanderveer seguía hablando de Washington y no tenía ningún interés en mi enfrentamiento dialéctico con su hermano.

– ¿Y no desea volver a verlo? -preguntó, con la voz llena de la veneración que solo Washington podía inspirar entre quienes no lo habían visto nunca… y entre la mitad de los que sí, probablemente.

Hice una reverencia desde mi silla.

– A quienes servimos no se nos permite escoger los términos de nuestro servicio.

– ¡Cuánta alharaca! -intervino Pearson-. Yo ceno con Washington un par de veces al mes y puedo pedirle que me pase la sal como a cualquiera. Es como yo, ni mejor ni, espero, peor.

– ¿Cómo es que tiene tratos tan personales con el Presidente? -preguntó la señora Maycott, con una sonrisa en los labios y un brillo en los ojos.

– ¿Por qué no habría de conocerlo? -replicó Pearson.

– No sé muy bien qué responder -dijo ella-. Solo me refiero a que, según se comenta, su círculo interno se compone de cargos del gobierno, hombres que han servido con él y caballeros de Virginia. Y, por lo que tengo entendido, usted no es ninguna de las tres cosas.

– Yo soy de esta ciudad, señora -dijo el señor Pearson en voz alta-. Uno no tiene que ser de Virginia, necesariamente, para relacionarse con las mejores compañías y yo podría decir eso de Washington tanto como él podría decirlo de mí. En cuanto a servir en el gobierno, eso no significa nada, puede hacerlo cualquiera, como estoy seguro de que este individuo -me señaló con un gesto- podrá confirmarle. Yo ceno con Washington porque los dos somos hombres de rango, por lo que no nos queda otra que cenar juntos o hacerlo con inferiores.