Pearson volvió la cabeza, tan deprisa que pensé que le iba a salir despedida, y apuntó hacia su cuñado con uno de los dedos rechonchos de su manaza, moviéndolo adelante y atrás como si fuera el puñal de un asesino.
– ¿Qué dices?
– No digo nada, Jack -respondió el caballero con una voz que era un ejercicio de calma y sensatez.
– Te he oído. Has dicho «Bingham», pedazo de bribón.
– Yo no he dicho tal cosa -respondió Vanderveer.
– ¿Es que un hombre no puede decir «Bingham» cuando le apetece? -inquirí yo.
Pearson se dejó llevar demasiado por una especie de acceso de ira y ni siquiera me oyó.
– ¿Insinúas que ceno con Washington por la amistad de mi mujer con la señora Bingham?
– En serio, Jack -intervino su hermana-, a nosotros nos da igual. Nos parece estupendo que trates con gente como los Bingham. Nosotros no menospreciaríamos nunca semejante relación.
Pearson se volvió entonces hacia la señora Maycott y probó a esbozar algo parecido a una sonrisa. En una época anterior de su vida, antes de que tener una esposa bonita y una buena casa lo convenciese de que era el emperador del universo, tal vez habría encandilado a alguna mujer con aquella sonrisa; si en aquel momento había niebla o las velas daban una luz mortecina, todo era posible. En aquella, no obstante, resultaba grotesco, una máscara de piel humana que cubría algo diabólico y ofensivo. Sin embargo, era evidente que él se consideraba la encarnación del encanto y buscaba reforzar su posición atrayendo a su lado a la única mujer sin compromiso de la sala, que siempre era la joya más valiosa de cualquier reunión.
– ¿Oye eso, señora Maycott? -preguntó. Ahora, su voz tenía un tono tranquilo y untuoso-. «… gente como los Bingham», dice mi hermana. ¡Como si ella, esposa de un abogado de reputación bastante mediocre, pudiera arrogarse el derecho de juzgar a las principales familias de la nación!
– Me parece -respondió la señora Maycott- que en esta república no hay ninguna familia que esté por encima de las demás, pues todos somos iguales ante la ley.
Supuse que, dicho por otros labios menos encantadores, aquel comentario habría provocado una retahíla de furiosa oratoria. En esa ocasión, no obstante, no fue así. Pearson se limitó a exhibir su sonrisa cadavérica.
– Buena ocurrencia, señora Maycott. Muy buena ocurrencia.
– Me gustaría saber más de la relación del capitán Saunders con el coronel Hamilton -dijo la viuda en tono neutro.
– Oh, sí -intervino la señora Vanderveer, una náufraga que se aferraba a un resto flotante de conversación-. Qué época tan emocionante debe de ser, con el banco y demás.
El señor Pearson no se dejó apaciguar.
– Sí, sí, tú siempre con tus halagos -recriminó a su hermana-. Me halagas a mí, halagas a mis invitados… ¿Qué te ha dado?
– Creo que estaba haciendo una pregunta, simplemente -dijo la dama.
– Tú nunca en la vida has hecho nada simplemente, Flora, así que no finjas lo contrario. -Se volvió hacia mí e inquirió-: ¿Debo decirle lo que significa servir a Hamilton en el Departamento del Tesoro?
– Puede intentarlo -contesté-, pero soy yo el que se dedica a ello y, como usted no, no se me ocurre que tenga mucho que decir que pueda iluminarme.
La señora Pearson se echó a reír y, enseguida, se llevó la mano a la boca. Su marido hizo una mueca, como si la risilla le hubiera dolido físicamente. Después, se volvió hacia mí otra vez.
– Hamilton es un gusano, ¿lo sabía?
– Una vez lo corté por la mitad -repliqué y me incliné hacia delante para añadir, en un susurro teatral-: y ahora son dos.
– Es un gusano, pero uno que cumple los mandatos de los hombres de negocios. Su banco es un engaño para estafar a la nación e impulsarla a financiar un plan que hará más ricos a Hamilton y a sus amigos, pero puede estar seguro de que me he aprovechado de ello. Por culpa de su banco, se produce un exceso de crédito, lo cual significa que un hombre que tiene intereses comerciales importantes, como yo, puede encontrar el dinero para invertir en bonos del gobierno, cuando antes habría resultado muy difícil. Hamilton no me gusta, pero lo utilizaré en mi provecho. ¿Qué tiene que decir a esto?
Tomé un sorbo de vino.
– Todo esto es muy interesante, pero no me dice concretamente qué significa servir a Hamilton en el Departamento del Tesoro.
– Mi socio comercial trabajó una vez para el Tesoro y me ha informado en términos nada equívocos de que Hamilton es un engreído sin imaginación ni valor.
Me senté muy erguido y pregunté:
– ¿Quién es su socio?
– William Duer. Pensaba que todo el mundo lo sabía; por lo menos, todos los hombres de posición, supongo. Una vez lo expulsan a uno del ejército con deshonor, deja de enterarse de las mismas cosas que el resto de nosotros.
– Jack… -dijo Cynthia.
– No digo más que la verdad -dijo Pearson-. Si a él no le gusta, que se tape los oídos. No andamos escasos de velas. ¿Dónde está el criado? Nate, trae un poco de cera blanda para los oídos del caballero. Quiere ponerse tapones de inmediato.
Cerré los ojos y aparté la mirada, intentando dejar de escucharlo, aunque no recurriría a los tapones de cera para ello, desde luego. Las palabras de Pearson no me molestaban; por lo menos, no de la manera que él pretendía. Si quería echar sal a la vieja herida, lo soportaría. Si me volví, no fue por el dolor, sino porque necesitaba pensar. Pearson creía que Duer era su socio y, sin embargo, la comunicación que había interceptado me informaba, en términos nada confusos, de que era su enemigo. Y Duer, clarísimamente, había intentado evitar que Pearson lo viera en casa de los Bingham.
Comprendí que no obtendría respuesta a esas preguntas sin hablar con Duer, y este había regresado a Nueva York. Tendría que seguirlo hasta esa ciudad. Cynthia estaba allí y me necesitaba, pero no pude seguir eludiendo la simple verdad de que, para protegerla, debería ir a Nueva York.
Yo había apartado la mirada de Pearson y sus ásperas palabras, y luego había puesto cara de determinación. La expresión debió de parecer una mueca de dolor, pues sentí al momento una mano sobre la mía y, cuando levanté los ojos, encontré a la señora Maycott, que me sonreía con cálida simpatía. ¿Quién era aquella mujer, me pregunté, para compadecerse tanto de un desconocido en lo que ella consideraba un momento de zozobra?
La miré a los ojos y sonreí, con la intención de demostrarle que había malinterpretado mi estado de ánimo. Luego, me volví a Pearson.
– ¿Qué clase de negocios tiene con Duer?
– ¿Qué le importa eso?
– Me parece que solo está conversando -intervino el señor Vanderveer.
– Y a mí me parece que eres tonto, cuñado -replicó Pearson-. Bien, Saunders, ¿por qué quiere saberlo? ¿Lo ha enviado Hamilton a preguntarlo? El judío no averigua nada, de modo que manda a un traidor borracho, ¿es eso?
– Me invitaron a venir -contesté-. Hamilton no me envió, y el caballero tiene razón. Simplemente, estoy conversando.
– Pues converse de otra cosa -replicó Pearson-. Mis negocios con Duer son cosa mía. Estamos trabajando en una nueva empresa y lo hacemos con discreción. No necesita saber nada más, Saunders.
No era todo lo que necesitaba saber, pero era algo. Todo el mundo especulaba con que Pearson estaba en franca decadencia. ¿Qué posibilidades había de que William Duer le confiara una empresa secreta?
Las preguntas que aún quedaran por hacer se vieron retrasadas por la llegada de una criada, una muchacha rolliza no falta de atractivo, que nos informó de que ya podíamos pasar al comedor. Me alegré de encontrarme colocado al lado de la señora Maycott y no de la señora Pearson, pues junto a Cynthia me habría sentido incómodo. Ella hizo cuanto pudo por no mirar en dirección a mí durante toda la velada y, aunque la señora Maycott mantuvo en todo instante una cortés conversación conmigo, no tratamos nada de mayor importancia: no hablamos de asuntos del gobierno, de Washington, o tan siquiera hubo acusaciones de halagos maliciosos. El señor Pearson se convirtió en el arbitro de los temas de conversación y decidió hablar únicamente de la excelencia de su propia comida, de la comodidad de las sillas y luego, hacia el final de la velada, se arrancó con la absorbente narración de su ascenso, de hijo del dueño de un negocio de importación, a las encumbradas alturas de su condición presente de dueño de un negocio de importación. La señora Maycott y la señora Vanderveer intentaron animosamente meter baza, pero el señor Pearson no lo permitió. En cuanto a la señora de la casa, solo pude suponer que hacía mucho que había abandonado cualquier esfuerzo por intervenir.