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Así pues, soporté la sopa de guisantes, las patatas hervidas con tocino, el cerdo asado, el pollo en salsa de vino, las manzanas asadas con azúcar y un dulce de nata y zumo de limón… Todo ello sin un solo diálogo agradable. No obstante, el vino corrió en abundancia. El señor Pearson parecía excesivamente interesado en el consumo de su esposa e hizo comentarios en voz bastante alta cuando ella terminó su primera copa y aceptó la segunda, que quedó a medio beber, lamentablemente. Más de una vez, nuestros ojos se encontraron en el abrazo de esta comunión en la bebida. Ella apartó la mirada; yo, no. El señor Pearson hizo alguna esporádica observación poco amable, pero no alteraron la conversación ni el ambiente. Cuando su mujer aceptó una copa de oporto con las manzanas asadas, Pearson se lanzó a tal paroxismo de exclamaciones y cloqueos que sonó como un gallinero a la hora de comer.

– ¿No has bebido ya suficiente? -inquirió.

Esta vez, Cynthia le sostuvo la mirada con una expresión sombría y agorera. Tal vez sí que había tomado demasiado vino.

– Creo que soy yo quien mejor puede juzgarlo.

– Y yo creo que, de todos los jueces posibles, quizá no seas la mejor. La esposa de uno de los hombres principales de la ciudad debería comportarse con más sobriedad. Parece que tú y ese truhán hayáis iniciado una de esas competiciones tabernarias a ver quién bebe más.

El lector se sorprenderá al saber que, cuando Pearson dijo eso, me señaló a mí.

– Vamos, Jack… -empezó a decir el señor Vanderveer.

– Te aconsejo que no intervengas -dijo Pearson-. Haces mal en interponerte entre un hombre y su esposa. Además, esa panza tan oronda que tienes indica claramente que no sabes en absoluto cuándo alguien ya ha tenido bastante. ¿Otra manzana asada, Anders?

– No hay motivo para ser cruel -respondió Vanderveer sin alterarse.

– ¿Qué es esto? ¿Toda una frase sin un halago? Ni tragarte todos los sapos del mundo te servirá para figurar en mi última voluntad, así que no es preciso…

El señor Vanderveer descargó una palmada en la mesa.

– ¡Protesto! Nunca hemos tenido esa intención…

Pearson agitó una mano en el aire.

– Sí, sí, no me aburras. -Se puso en pie y continuó-: Bien, la compañía ha sido muy grata, pero ahora estoy cansado y debo acostarme. Buenas noches a todos.

Con esto, abandonó la sala y nos dejó a los demás en un silencio perplejo y a la desafortunada señora Pearson con la responsabilidad de determinar qué debía venir a continuación.

Yo, sin embargo, no estaba dispuesto todavía a poner fin a la velada. Me levanté, me excusé con los presentes y salí a toda prisa detrás de mi anfitrión. Este apenas había dado unos pasos fuera de la sala y estaba en el rellano de la escalera, donde una única vela iluminaba la penumbra, cuando lo alcancé. Se había detenido y, al darse la vuelta para llamar a un criado que trajera más luz, me encontró a mí.

– ¿Qué, Saunders? ¿Qué es esto?

– Quiero hablar con usted un momento en privado, si le parece.

– No tengo nada que decirle. No debería haberlo aceptado en esta casa. Hablaré con la señora Maycott respecto a la clase de persona que tiene por amigo.

Observé su rostro envejecido bajo la luz mortecina, cuya llama amarilla se reflejaba en los dientes amarillos. Estaba asustado de encontrarse a solas conmigo.

Me daba vueltas la cabeza de lo que había bebido y me obligué a concentrarme.

– Quiero que me hable de usted y Duer.

– No estoy dispuesto a ello. No voy a decirle nada.

– ¿Qué hay de sus propiedades en Southwark? Una de dos: las ha perdido, o las ha vendido. Y también está el asunto de su préstamo del Banco de Estados Unidos. Tengo entendido que los plazos para los pagos han vencido y ni siquiera se ha presentado cuando ha sido requerido a ello. ¿Tampoco está dispuesto a hablar de eso?

Pearson contrajo el rostro en una mueca grotesca de odio. Todo rastro del hombre vigoroso y atractivo que había sido quedó barrido por una explosión de furia que alteró, en un único destello, el paisaje de sus facciones.

– ¿Se propone usted cobrarse venganza, Saunders? Después de que huyera de Filadelfia, hace tantos años, resulta que me casé con la muchacha que usted se había propuesto conquistar. ¿Por eso viene ahora a acosarme?

Yo no podía permitir que viese cuánto me irritaban sus palabras, ni quería negar mis sentimientos por Cynthia. Ni para su satisfacción, ni para mi provecho. Guardé silencio.

Pearson pareció tranquilizarse un poco.

– La viuda Maycott -dijo- parece bastante afectuosa con usted y es un partido excelente. Concéntrese en eso, si se atreve, y déjenos en paz a mí y a mi familia. No volverá a ser bien recibido en mi casa; de hecho, no lo quiero aquí ni un minuto más. Voy a acostarme, pero ordenaré a mis criados que, si dentro de un cuarto de hora no se ha marchado, lo echen por la fuerza.

Me dio la espalda y empezó a subir por la escalera a oscuras. Ni siquiera me deseó buenas noches, lo cual fue una desconsideración por su parte.

Cuando regresé al salón, los Vanderveer estaban despidiéndose y agradecían a la anfitriona la grata velada. Tal vez se referían a otra ocasión, a otro día. Hablaban como si la cena hubiera concluido de forma natural y agradable, aludieron a lo tardío de la hora y alabaron la comida. Finalmente, tras dar las gracias otra vez, abandonaron la casa.

Llegó entonces el turno de la señora Maycott.

– Es usted una anfitriona encantadora, Cynthia. Muchísimas gracias por invitarme.

– Joan… -respondió ella, entornando los ojos.

La señora Maycott se llevó el índice a los labios.

– No es preciso que diga nada. Somos amigas. Tampoco hace falta que me acompañe a la puerta pero, antes de marcharme, espero que no tenga reparos en que hable un momento con su cocinera. Ese pollo estaba delicioso y me gustaría saber cómo lo prepara.

– Por supuesto.

Las dos damas se despidieron con un abrazo y la señora Maycott me permitió darle la mano, que tenía muy tersa para la época del año. Momentos después, se marchó y me dejó a solas con la señora Pearson. Nos quedamos los dos allí, de pie, vueltos hacia la puerta por la que había salido la viuda y sin saber muy bien qué decir.

– Es una mujer encantadora -comentó la señora Pearson-. Y dicen que su marido la dejó en una situación muy acomodada.

– Me alegro de saber que los maridos pueden servir para algo bueno -comenté yo-. Como dejar una fortuna a sus viudas.

Temí haberme extralimitado, pero Cynthia estalló en una carcajada aguda, juvenil, como yo pensaba que ya no volvería a escucharle jamás.

– Capitán Ethan Saunders, vayamos a tomar una copa a la biblioteca.

– Señora Cynthia Pearson, su esposo me ha informado de que, si no abandono esta casa en un cuarto de hora, hará que me echen por la fuerza los criados.

Ella me sonrió antes de responder:

– Alguna cosa he aprendido después de una década de matrimonio. Los criados son leales a mí. Y la biblioteca está muy lejos de la alcoba del señor Pearson. No hay mejor lugar en la casa para esconderse de él.

– En tal caso, señora, vayamos allí de inmediato. Aprecio mucho una buena biblioteca.