Выбрать главу

—Merlina… ¡ejem! Supongo que ése no es su verdadero nombre.

La mujer volvió la cabeza denegando. Sus labios se distendieron en una débil sonrisa.

—Ese fue un nombre que yo me inventé. No es nada corriente, ¿verdad? Mi verdadero nombre es Flossie Gapp. Debí ser bautizada con el de Florence, pero todo el mundo me ha llamado siempre Flossie o Flo.

—¿A qué se dedica usted actualmente? ¿Trabaja todavía como actriz, señora Rival?

—En ocasiones —contestó la mujer con un leve acento de reticencia—. De vez en cuando, podríamos decir.

Hardcastle quiso mostrarse discreto.

—Comprendo…

—Trabajo aquí y allá… Ayudo en algunas reuniones, colaboro en ciertas tareas domésticas… No vivo mal. Conoce una caras nuevas todos los días. Las cosa van poniéndoseme cada vez mejor.

—Así pues, desde su separación ya no volvió a saber de Harry Castleton…

—Ni una palabra. Pensé que se habría marchado al extranjero… o que habría muerto.

—¿Puedo preguntarle, señora Rival, si conoce algún detalle particular que explique la presencia de Harry Castleton en Crowdean?

—No tengo la menor idea. Ni siquiera sé a qué se ha estado dedicando estos últimos años.

—¿Sería posible que se dedicase a hacer pólizas de seguro falsas… o algo de ese tipo?

—Sencillamente: lo ignoro. En mi opinión, eso es poco probable. Harry sabía ser precavido. Jamás se hubiera arriesgado a intentar una cosa que hubiese entrañado el riesgo de llevarle a los archivos policíacos directamente. El se inclinaba hacia otras actividades, en las que desempeñaban un papel principal las mujeres.

—¿Está usted pensando en alguna forma de chantaje?

—Pues… no lo se. Sí, es posible. Quizás anduviera por en medio alguna de sus antiguas relaciones interesada en que no se divulgase determinada aventurilla perteneciente al pasado. En ese terreno él se movía con desenvoltura. Observe usted esto: no afirmo nada. Cuanto le estoy diciendo no son más que suposiciones. Yo no creo que mi marido fuese, dando aquéllas por buenas, un chantajista exigente, capaz de conducir a la víctima de turno a la desesperación. De hacer eso habría montado un negocio en pequeña escala… todo lo más.

La señora Rival pronunció estas últimas palabras apoyándolas con un gesto que revelaba a las claras su convencimiento.

—Harry Castleton gustaba a las mujeres, ¿verdad?

—En efecto. Se enamoraban de él fácilmente. Su aspecto respetable, sus modales de gentleman, le ayudaban muchísimo en su trabajo… ¿Quién era la que no se sentía orgullosa de haber conquistado a un hombre como él? Además, junto a Harry veían un futuro tan maravilloso, tan lleno de seguridades… Comprendo su actitud, porque yo pasé por una situación semejante —terminó manifestando la señora Rival, expresándose con toda franqueza.

Hardcastle llamó a uno de sus subordinados.

—¿Quiere hacerme el favor de traer los relojes?

El agente obedeció. Habíalos dispuesto sobre una bandeja, cubriéndolos con un paño. El inspector recogió éste, observando atentamente el rostro de la señora Rival, quien contempló con curiosidad aquéllos.

—Son muy bonitos —comentó la mujer—. Este dorado es el que más me gusta…

—¿No ha visto usted antes estos relojes? ¿No significan nada para usted?

—No… ¿Por qué me lo pregunta?

—¿No puede establecer ninguna relación entre su esposo y el nombre de Rosemary?

—¿Rosemary? A ver… Déjeme pensar. Hubo una pelirroja que… No. Se llamaba Rosalie. No sé de ninguna que llevara ese nombre. Ni puedo saberlo… Harry era muy reservado en todo lo que atañía a sus asuntos particulares.

—Si usted viera un reloj cuyas manecillas marcaban las cuatro y trece minutos…

Hardcastle hizo una pausa.

La señora Rival dejó oír una maliciosa risita.

—Pensaría inmediatamente que se acercaba la hora de tomar el té.

El inspector suspiró.

—Señora Rivaclass="underline" le estamos muy agradecidos. Pasado mañana tendrá lugar la encuesta, aplazada primeramente. Supongo que no tendrá inconveniente en declarar para dejar sentados oficialmente todos los detalles referentes a la identificación del cadáver.

—En absoluto. Me imagino que tendré que decir quién era, ¿no es eso? ¿O habré de ser más explícita? ¿He de aludir como ahora a la manera de vivir de mi marido y todo lo demás?

—De momento no será preciso. Simplemente habrá de afirmar bajo juramento que la víctima era Harry Castleton, su marido. La fecha exacta de la boda quedaría registrada en Somerset House. ¿Dónde contrajeron ustedes matrimonio? ¿Se acuerda?

—En un sitio llamado Donbrook… Creo que en la iglesia de San Miguel. Estoy hablando de veinte años atrás. ¡Cuánto tiempo. Señor! Se siente una casi con un pie en la tumba.

La mujer se puso en pie, tendiendo la mano a Hardcastle. Inmediatamente después de marcharse la señora Rival, el inspector se sentó ante su mesa de trabajo, jugueteando con un lápiz. Luego entró en el despacho el sargento Cray.

—¿Satisfactoria la entrevista? —inquirió.

—Eso parece —repuso Hardcastle—. La víctima se llamaba Harry Castleton… Un nombre supuesto, probablemente. Llevaremos a cabo algunas indagaciones. Es posible que por ahí ande más de una mujer deseosa de venganza.

—Un hombre de tan irreprochable aspecto… —comentó Cray.

—Por lo que se ve, tal cosa fue explotada a fondo por él. Hardcastle volvió a pensar en el reloj de la inscripción. Rosemary. ¿Tratábase de algún recuerdo?

Capítulo XXII

NARRACIÓN DE COLIN LAMB

—Vaya, vaya… De modo que ha vuelto usted, ¿eh?

Cuidadosamente, Hércules Poirot colocó una señal entre las hojas del libro que había estado leyendo hasta aquel momento. En la presente ocasión tenía al lado, en la mesita de costumbre, una taza de chocolate caliente. Desde luego, era proverbial el mal gusto de Poirot por lo que a las bebidas se refería. Esta vez, contra lo que hacía siempre, no me invitó a tomar nada.

—¿Cómo está usted? —inquirí.

—Inquieto, desasosegado, nervioso… Ha sido iniciada la labor de renovación en estos pisos, originando aquélla cambios fundamentales.

—Pero así todo quedará mejor, mi querido amigo.

—Sí, pero eso supone una serie de molestias inaguantables. Durante algún tiempo aquí reinará el más completo desorden. Y no le digo a usted nada del olor que habrá aquí a pintura luego.

Hércules Poirot estaba verdaderamente enfadado.

Después, agitando una mano, como si quisiera apartar aquellas preocupaciones, preguntó a su visitante:

—¿Ha triunfado?

—No lo sé.

—¡Ah! Así están las cosas, ¿eh?

—Averigüé lo que me habían encargado averiguar. No localicé al hombre. Ni siquiera sé qué era concretamente lo que necesitaban. ¿Información? ¿Un cadáver?

—A propósito de cadáveres… He leído el relato referente a la encuesta judicial de Crowdean, ya aplazada. Asesinato intencionado, obra de una persona o varias desconocidas. Y el cadáver misterioso tiene un nombre, por fin.

Asentí.

—Harry Castleton…

—Identificado por su esposa. ¿Ha estado en Crowdean?

—Todavía no. Pensaba ir allí mañana.

—¡Ah! Dispone usted de tiempo libre.

—Aún no. Sigo atareado. Mi trabajo me lleva allí… —Hice una pausa, agregando—: No estoy muy al tanto de lo sucedido en Crowdean durante mi estancia en el extranjero. En cuanto al asunto de la identificación, ¿qué piensa usted de ello?

Poirot se encogió de hombros.

—Era de esperar que pasara eso.

—Sí… La policía se desenvuelve bien…

—Y ciertas esposas están en todo.

—¡Merlina Rival! ¡Qué nombre!