Me quedé algo desconcertado al ver el efecto que mis palabras habían causado entre los presentes. De algún modo, les noté sobrecogidos, y rápidamente añadí:
– Pero nunca tuve una función importante. Mi intervención se desarrolló en un plano, más bien, extraoficial.
El silencio, no obstante, persistió durante unos breves instantes.
– Discúlpeme, señor -dijo finalmente mistress Taylor-, ¿conoció usted a mister Churchill?
– ¿A mister Churchill? Sí, vino varias veces a casa. Pero si he de ser sincero, durante el período en que más metido estuve en asuntos importantes, mister Churchill no era considerado un personaje clave ni se pensaba que llegaría a serlo. Por aquella época las visitas más frecuentes eran las de personas como mister Eden o lord Halifax.
– Pero conoció usted a mister Churchill. ¡Qué honor poder decir algo así!
– No estoy de acuerdo con muchas de las cosas que dice mister Churchill -dijo mister Harry Smith-, pero, claro, no cabe duda que es un gran hombre. Debe de ser fantástico hablar con alguien como él.
– Bueno, le repito que no tuve mucho trato con mister Churchill. Pero como usted señala, y con razón, es muy grato haber podido tratarle. En realidad, creo que en general he sido muy afortunado, y soy el primero en admitirlo. He tenido la gran fortuna de tratar no sólo a mister Churchill, sino también a otros muchos dirigentes y hombres influyentes, americanos y europeos. Y cuando pienso que he podido oír su opinión sobre temas importantes de la época, sí, al recordarlo, siento efectivamente una gran satisfacción. Después de todo, es un privilegio haber podido desempeñar un papel, por pequeño que fuese, en la escena mundial.
– Discúlpeme, señor -dijo mister Andrews-, pero ¿qué clase de hombre era mister Eden? A nivel personal, me refiero. Siempre he creído que era un tipo correcto. De esos que hablan con cualquiera, pobres, ricos, gente influyente o gente de lo más humilde. ¿Tengo razón?
– Sí, a grandes rasgos, es una descripción bastante exacta. Evidentemente, durante estos últimos años no he visto a mister Eden y quizá sus responsabilidades le hayan hecho cambiar. Algo que he comprobado es que, en sólo unos años, la vida pública puede cambiar a la gente por completo.
– No lo dude, señor -dijo mister Andrews-. Hasta nuestro Harry, desde que hace unos años se metió en política, ya no es el mismo.
Los presentes volvieron a reírse y mister Harry Smith, con una sonrisa en su cara, se encogió de hombros. Seguidamente dijo:
– Es verdad que me he entregado mucho a las campañas, pero sólo a nivel local. Y nunca he tratado con gente comparable en importancia a la que usted trata. Sin embargo, a mi modo, creo que algo aporto. Tal y como yo veo las cosas. Inglaterra es una democracia y, en este pueblo, todos hemos luchado mucho por que así siga siendo. Y ahora nos toca ejercer nuestros derechos, a todos. Muchos jóvenes de este pueblo entregaron sus vidas para darnos este privilegio, y, tal y como yo veo las cosas, ahora tenemos que corresponderles cumpliendo con nuestro papel. Aquí, todos tenemos nuestras opiniones y nuestra responsabilidad es que sean oídas. Estamos lejos de todo, es cierto, somos un pueblo pequeño, vamos envejeciendo y cada vez somos menos, pero, a mi juicio, ante los muchachos del pueblo que dieron su vida ése es nuestro deber. Por eso, señor, dedico tanto tiempo a que nuestras voces se oigan en lugares de mayor relevancia. Si eso me hace cambiar o me conduce a la tumba mucho antes, la verdad es que no me importa.
– Ya se lo decía, señor -terció mister Taylor sonriendo – era imposible que Harry viese pasar por el pueblo a alguien importante y no le hiciera un discursito.
Los presentes volvieron a reírse, pero casi inmediatamente repuse:
– Creo que entiendo lo que dice, mister Smith. Entiendo muy bien su deseo de que tengamos un mundo mejor y que usted y todos sus vecinos puedan contribuir a alcanzar esas mejoras. Es un sentimiento que aplaudo, y me atrevería a decir que fue ese mismo impulso el motivo por el que, antes de la guerra, decidí intervenir en los asuntos públicos. Entonces; como ahora, la paz mundial parecía algo frágil que podía escapársenos de las manos, y decidí igualmente ofrecer mi apoyo.
– Discúlpeme, señor -dijo mister Harry Smith-, pero no es eso exactamente lo que yo quería decir. Para la gente como usted, siempre ha sido fácil tener cierta influencia, puesto que entre sus amigos siempre figuran personas importantes; en cambio, para la gente como nosotros pueden pasar años sin que veamos siquiera a un auténtico caballero, aparte del doctor Carlisle. Como médico, es de primera categoría, pero, con todos mis respetos, lo que son contactos no tiene ninguno. Aquí; olvidarnos de nuestros deberes como ciudadanos es muy fácil. Por eso me gusta participar en las elecciones. Y estén o no los demás de acuerdo, y sé que en esta habitación nadie está de acuerdo con todo lo que digo, al menos les hago pensar. Al menos les recuerdo cuáles son sus deberes. Vivimos en un país democrático. Por eso luchamos, y todos tenemos que participar.
– Me pregunto qué le habrá pasado al doctor Carlisle -dijo mistress Smith-. Estoy segura de que ahora le gustaría hablar con alguien instruido.
Se oyó de nuevo una carcajada.
– Ha sido un verdadero placer conocerles -dije-, pero la verdad es que empiezo a notar el cansancio.
– Claro -dijo mistress Taylor-. Debe de estar muy cansado. Quizá sea mejor que le ponga otra manta. Por las noches empieza a refrescar.
– No es necesario, mistress Taylor. Seguro que dormiré muy bien.
Pero antes de levantarme de la mesa, mister Morgan dijo:
– ¿Sabe?, hay un individuo al que nos gusta oír por la radio, se llama Leslie Mandrake, y me estaba preguntando si le conocería usted.
Le respondí que no, y cuando intenté de nuevo retirarme, volvieron a retenerme con más preguntas sobre todas las personas que había conocido. Seguía, por lo tanto, sentado a la mesa cuando mistress Smith dijo:
– Ah!, viene alguien. Espero que sea el doctor Carlisle.
– De verdad, creo que debería retirarme -dije-. Estoy muy cansado.
– Seguro que es él -dijo mistress Smith-. Quédese sólo unos minutos.
Y mientras decía estas palabras, se oyeron unos golpes en la puerta y una voz que decía:
– Soy yo, mistress Taylor.
Entró un caballero de aspecto todavía joven, debía de rondar los cuarenta, alto y delgado, bastante alto, de hecho, ya que tuvo que agachar la cabeza para pasar por la puerta. Y apenas nos hubo saludado a todos con un «Buenas noches», mister Taylor le dijo:
– Éste es el caballero del que le hemos hablado, doctor. Se le ha quedado parado el coche en Thornley Bush y aquí le tiene, soportando los discursos de Harry.
El doctor se acercó a la mesa y me tendió la mano.
– Richard Carlisle -dijo sonriendo amablemente mientras yo me levantaba a estrechársela-. Ha tenido usted mala suerte con el coche. En fin, estoy seguro de que le tratan estupendamente. Demasiado, me imagino.
– Gracias -contesté-. Todo el mundo es muy amable.
– Es un placer tenerle entre nosotros. -El doctor Carlisle se sentó al otro lado de la mesa, justo enfrente de mí-. ¿De qué parte del país es usted?
– De Oxfordshire -respondí, y la verdad es que me costó reprimir el «señor».
– Una región muy bonita. Tengo un tío que vive muy cerca de Oxford. Sí, una región muy bonita.
– El señor estaba contándonos -dijo mistress Smith- que conoce a mister Churchill.
– ¿De verdad? Conocí a un nieto suyo, pero ya casi he perdido todo contacto. Y nunca tuve el privilegio de conocer al propio Churchill.
– Y no sólo a mister Churchill -prosiguió mistress Smith-. Conoce a mister Eden y a lord Halifax.
– ¿Ah, sí?