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Francis Carsac

Los robinsones del Cosmos

Título originaclass="underline" Les Robinsons du Cosmos

Traducción: J. C. A.

© 1956 by Francis Carsac

© 1956 Editora y Distribuidora Hispano Americana S. A.

Barcelona

PRÓLOGO, por Miguel Masriera

LOS ROBINSONES DEL COSMOS es la segunda novela de Francis Carsac que ofrecemos a nuestros lectores de COLECCIÓN NEBULAE. Estos, en efecto, tendrán todavía fresco el recuerdo de la novela de este mismo autor Los habitantes de la nada, núm. 24 de nuestra colección. Al prologar esta obra, ya pusimos de manifiesto el espíritu latino y propio de la literatura francesa que caracteriza a Francis Carsac, espíritu tan distinto del de la mayoría de obrar, de autores anglosajones que hemos publicado hasta ahora.

Ya entonces sacamos a relucir el nombre de julio Verne. ¿Cómo no hablar de él al tratar de la novela científica de aventuras en Francia? Ahora debemos recordar a la más conocida de las obras del que podemos considerar como padre de este género novelístico: La isla misteriosa; debemos recordarla porque esta obra que presentamos hoy a los lectores de habla castellana es una novela que sigue la misma línea… más de medio siglo después. Hasta cierto punto, podríamos decir que LOS ROBINSONES DEL COSMOS es una versión cósmica de La isla misteriosa. La aventura que en Julio Verne es geográfica, en Francis Carsac se convierte en interplanetaria.

Después de una colisión entre planetas, un pequeño pedazo de la Tierra (naturalmente, un trozo de Francia) se desprende de nuestro globo y queda adherido a un planeta desconocido con sus habitantes, sus animales, sus casas, sus campos, etc…., y, desde luego, la vida continúa, porque se trata de un planeta que tiene una atmósfera respirable parecida a la nuestra y el choque no ha sido demasiado violento. Dos o tres millares de personas tienen, pues, que continuar su vida en un planeta nuevo, desconocido para ellos. Son unos Robinsones del Cosmos.

Hace falta explorar este mundo nuevo, al que han bautizado con el nombre de Telus, y es entonces cuando surgen los descubrimientos más sorprendentes. Hay seres que piensan en Telus y que tienen unas costumbres y una lengua; un espíritu hasta cierto punto análogo al nuestro y un aspecto completamente distinto. Hay también monstruos de pesadilla que recuerdan los prehistóricos mastodontes.

Lo que Francis Carsac nos cuenta es precisamente la historia de este descubrimiento progresivo de un planeta al mismo tiempo que el establecimiento de una civilización. Es una humanidad que tiene que empezar de nuevo, pero no desde el principio, es decir, como náufragos que, después de un naufragio, logran salvarse en una isla desierta a la que llegan sin nada, sino partiendo ya de una comunidad social pequeña, pero completa. Son trescientos kilómetros cuadrados del suelo de Francia injertados, por decirlo así, en un astro desconocido.

Francis Carsac hace gala en esta obra de sus extraordinarios dotes de novelista. Al encanto de la aventura en sí, une esta gracia tan francesa en el saber narrarla. Maestro en la técnica de la novela, os cautivará desde el principio, y estoy seguro de que, como yo, sentiréis en seguida una gran simpatía por este viejo, que en su juventud fue quizás el primer héroe de la gesta de esta parte de humanidad perdida por el espacio y que, al final de su vida, siente la necesidad de escribir su historia para lección ti solaz de sus nietos y siente todavía un poco la nostalgia de la antigua Tierra, abandonada para siempre y que sus descendientes no habrán conocido nunca. Mientras dicta a su nieto, al mirar por la ventana ondular los trigales bajo el viento, por un momento le parece haber vuelto a su tierra natal, hasta el momento en que se da cuenta de que los árboles tienen dos sombras. Telus tiene dos soles y vosotros, amigos lectores, tendréis el gusto de leer uno de los mejores libros de fantasía científica escrito por un autor francés.

PRÓLOGO

No voy a emprender aquí la historia del cataclismo, ni la de la conquista de Telus, la cual podéis hallarla detalladamente estudiada en las obras de mi hermana. Yo quiero, simplemente, contar mi propia vida. A todos vosotros, descendientes míos o de mis compañeros, que habitáis este mundo por derecho de nacimiento, os gustará, seguramente, conocer las impresiones y luchas de un hombre, nacido en otro planeta, que fue transportado aquí por un fenómeno sin precedentes, todavía mal explicado, y que casi perdió la esperanza antes de comprender la magnífica aventura que se le ofrecía.

¿Para qué escribir este libro? Sin duda, no todos vais a leerlo. Conocéis ya lo esencial. Escribo principalmente para el futuro. Recuerdo que en aquella Tierra que desconocéis, y que yace en algún rincón ignorado del espacio, la curiosidad de los historiadores se centraba en el testimonio de tiempos remotos. Cuando hayan transcurrido cinco o seiscientos años, este libro tendrá el interés de ser el relato de un testigo ocular del Gran Comienzo.

En la época en que inicio esta narración, no era este anciano encorvado y un poco chocho que soy ahora. Tenía entonces veintitrés años, hace ya sesenta de todo esto. Sesenta años que han pasado como una exhalación. Sé que voy perdiendo facultades: mis movimientos no tienen la precisión de antes, me fatigo pronto, y me atraen pocas cosas; mis hijos y mis nietos, todavía algo de la geología y tomar el sol, es decir, los soles, ya que tenemos dos. Me doy prisa, por tanto, en dictar a mi nieto Pedro — mis manos tiemblan demasiado para escribir—, la historia insubstituible y única de un destino humano. Me ayudo para ello con el diario escrito a lo largo de mi vida y que destruiré acabada esta tarea. Pienso decir todo lo que tenga interés. Por otra parte, no quisiera librar a la curiosidad, a veces un poco sádica de los historiadores, lo que fue de mis modestas alegrías y mis penas.

Al dictar, contemplo por la ventana cómo ondula el trigo bajo el viento, y me parece, por un momento, estar de vuelta en mi Tierra natal, hasta que me doy cuenta de que los árboles tienen dos sombras…

PRIMERA PARTE — EL CATACLISMO

I — LOS SIGNOS PRECURSORES

Ante todo, quién soy yo. Para vosotros, mis inmediatos descendientes, las precisiones son inútiles. Pero muy pronto vuestros hijos, y los hijos de vuestros hijos, olvidarán incluso mi existencia. ¡Cuan pocas cosas recuerdo de mi abuelo!

Era el mes de julio de 1975, cuando terminé mi primer año como ayudante en el laboratorio de Geología en la Facultad de Ciencias de Burdeos, una ciudad de la Tierra. Tenía entonces veintitrés años y, sin ser un Adonis, era un joven de buena presencia. Si mi estatura, ahora reducida por la edad, me empequeñece en este mundo de jóvenes gigantes, en la Tierra mis anchas espaldas y mi 1,83 m. imponían. ¡Para vosotros 1,83 m. no es más que una talla mediana! Si queréis conocer mi antiguo aspecto, contemplad a Juan, el mayor de mis nietos. Yo era, como él, moreno, de grandes manos, nariz acusada y ojos verdes. Estaba muy contento de mi nombramiento. Así, había vuelto al mismo laboratorio, donde años antes dibujaba mis primeros fósiles. Ahora, en cambio, me divertía con los errores de los estudiantes al confundir formas próximas, que una vista habituada distinguía inmediatamente.

Llegado el mes de julio, y habiendo terminado los exámenes, me disponía, con mi hermano Pablo, a pasar unas vacaciones en casa de nuestro tío Pedro Bournat, director del observatorio últimamente construido en los Alpes, cuyo espejo gigante de 5,5 m. de apertura iba a permitir a los astrónomos franceses luchar en pie de igualdad con sus colegas americanos. Mi tío era secundado en sus trabajos por su colaborador, Roberto Menard, un hombre de cuarenta años, algo apagado, pero de gran sabiduría, y por un ejército de astrónomos, matemáticos y técnicos, los cuales estaban ausentes, ya que se encontraban en comisión de servicio o en vacaciones, cuando se produjo el cataclismo. En aquel momento, no tenía a su lado más que a Menard y a sus dos alumnos Miguel y Martina Sauvage, a quienes yo todavía no conocía. Miguel murió hace seis años y Martina, vuestra abuela, me dejó, como ya sabéis, hace solamente tres meses. En aquella época, yo estaba muy lejos de imaginar los sentimientos que iban a unirme a ellos. A decir verdad, satisfecho de estar con mi tío y mi hermano — Menard no contaba en absoluto— y debido a mi temperamento solitario, les imaginé como huéspedes molestos, a pesar, o mejor quizá, a causa de su juventud: Miguel tenía entonces treinta años y Martina veintidós.