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Bernard Lortholary tiene el gran mérito de haberse quedado radicalmente insatisfecho de las traducciones existentes y de haber vuelto a traducir las novelas de Kafka. Su traducción de El castillo es de 1984:

«Allí pasaron horas, horas de respiraciones mezcladas, de corazones latiendo juntos, horas durante las cuales K. tenía el constante sentimiento de extraviarse, o de haber avanzado más lejos que jamás hombre alguno en esos parajes extranjeros en los que incluso el aire no tenía ni un solo elemento que se encontrara en el aire del país natal, en el que uno no podía sino asfixiarse a fuerza de extrañeza, sin poder, no obstante, hacer otra cosa, en medio de insensatas seducciones, que continuar y extraviarse aún más».

Y ahora he aquí la frase en alemán:

«Dort vergingen Stunden, Stunden gemeinsamen Atems, gemeinsamen Herzschiags, Stunden, in denen K. immerfort das Gefühl hatte, er verirre sich oder er sei so weit in der Fremde, wie vor ihm noch kein Mensch, einer Fremde, in der selbst die Luft keinen Bestandteil der Heimatluft habe, in der man vor Fremdheit ersticken müsse una in aeren unsinnigen Verlockungen man doch nichts tun kónne ais weiter gehen, weiter sich verirren».

Lo cual, en una traducción fiel, da lo siguiente:

«Allí pasaron horas, horas de alientos comunes, de latidos comunes, horas en las que K. tenía continuamente el sentimiento de extraviarse, o aun de que estaba más lejos en el mundo ajeno que nadie antes que él, en un mundo ajeno en el que ni siquiera el aire tenía elemento alguno del aire natal, en el que uno tenía que asfixiarse de extrañeza y en el que nada podía hacerse, en medio de insensatas seducciones, sino seguir yendo, seguir extraviándose».

Metáfora

Toda la frase no es sino una metáfora. Nada exige mayor exactitud, por parte de un traductor, que la traducción de una metáfora. Ahí es donde se alcanza el corazón mismo de la originalidad poética de un autor. La palabra en la que Vialatte falló es ante todo el verbo «hundirse»: «se había hundido tan lejos». En el libro de Kafka, K. no se hunde, «está». La palabra «hundirse» deforma la metáfora: la vincula de un modo demasiado visual a la acción real (aquel que hace el amor se hunde) y la priva así de su grado de abstracción (el carácter esencial de la metáfora de Kafka no busca una evocación material, visual, del movimiento amoroso). David, que corrige a Vialatte, conserva el mismo verbo: «hundirse». E incluso Lortholary (el más fiel) evita la palabra «estar» y la reemplaza por «avanzar más lejos».

En el libro de Kafka, K. mientras hace el amor se encuentra «in der Fremde», «en el extranjero» o también «en lo extraño» o «en lo ajeno»; Kafka repite dos veces la palabra, y la tercera vez utiliza su derivado «die Fremdheit»: (la extrañeza): en el aire de lo ajeno uno se asfixia de extrañeza. Todos los traductores al francés se sienten incómodos ante esta triple repetición: por eso Vialatte utiliza únicamente la palabra «extranjero» (étranger) y, en lugar de «extrañeza» (étrangeté), elige otra palabra: «en el que uno debía asfixiarse de exilio». Pero en el libro de Kafka no se habla en lugar alguno de exilio. Exilio y extrañeza son nociones distintas. Mientras hace el amor, a K. no se le echa de ningún lugar que fuera suyo, no se le destierra (por lo que no hay motivo para compadecerle); está donde está por su propia voluntad, está allí porque se ha atrevido a estar allí. La palabra «exilio» otorga a la metáfora un aura de martirio, de sufrimiento, la sentimentaliza, la melodramatiza.

Vialatte y David, en la última línea del fragmento en cuestión, reemplazan la palabra «gehen» (ir) por «caminar». Si «ir» pasa a ser «caminar», se aumenta la expresividad de la comparación y la metáfora pasa a ser ligeramente grotesca (el que está haciendo el amor se convierte en un caminante). Este lado grotesco no es malo por principio (personalmente me gustan mucho las metáforas grotescas y me veo muchas veces obligado a defenderlas contra mis traductores), pero lo grotesco no era sin duda lo que Kafka deseaba aquí.

La palabra «die Fremde» es la única que no soporta una simple traducción al pie de la letra. Efectivamente, en alemán «die Fremde» significa no sólo «un país extranjero», sino también, más general y más abstractamente, todo «lo que es ajeno», «una realidad ajena, un mundo ajeno». Si se tradujera «in der Fremde» por «en el extranjero», sería como si hubiera en la obra de Kafka la palabra «Ausland» (= un país distinto del mío). La tentación de traducir, para mayor exactitud semántica, la palabra «die Fremde» por una perífrasis de dos palabras en la traducción francesa me parece, pues, comprensible; pero en todas las soluciones concretas (Vialatte: «en el extranjero, en un país en el que»; David: «en un país extranjero»; Lortholary: «en esos parajes extranjeros») la metáfora pierde, una vez más, el grado de abstracción que tiene en el libro de Kafka, y su lado «turístico» queda señalado en lugar de ser suprimido.

La metáfora como definición fenomenológica

Hay que rectificar la idea de que a Kafka le gustaban las metáforas; sólo le gustaban las metáforas de cierto tipo, pero es uno de los grandes creadores de la metáfora que califico de existencial o fenomenológica. Cuando Verlaine dice: «La esperanza brilla como una brizna de paja en el establo», es una espléndida imaginación lírica. No obstante, es impensable en la prosa de Kafka. Porque lo que, con toda seguridad, no le gustaba a Kafka era la lirización de la prosa novelesca.

La imaginación metafórica de Kafka no era menos rica que la de Verlaine o Rilke, pero no era lírica, o sea: la animaba exclusivamente la voluntad de descifrar, de comprender, de captar el sentido de la acción de los personajes, el sentido de las situaciones en las que se encuentran.

Recordemos otra escena de coito, la de la señora Hentjen con Esch en Los sonámbulos de Broch: «He aquí que ella presiona su boca contra la suya como la trompa de un animal contra un cristal y Esch se estremeció de ira al ver que, para sustraérsela, guardaba su alma prisionera tras sus dientes apretados».

Las palabras «trompa de un animal», «cristal», están ahí no para evocar por comparación una imagen visual de la escena, sino para captar la situación existencial de Esch, quien, incluso en el abrazo amoroso, permanece inexplicablemente separado (como por un cristal) de su amante e incapaz de apoderarse de su alma (prisionera tras los dientes apretados). Es una situación difícil de captar, o que sólo puede captarse mediante una metáfora.

Al principio del capítulo IV de El castillo, está el segundo coito de K. con Frieda; éste también se expresa mediante una única frase (frase-metáfora) de la que improviso, lo más fielmente posible, una traducción: «Ella buscaba algo y él buscaba algo, rabiosos, haciendo muecas, hundida la cabeza en el pecho del otro buscaban, y sus abrazos y sus cuerpos encabritados no les hacían olvidar, sino que les recordaban el deber de buscar, como los perros desesperados hurgan la tierra hurgaban ellos sus cuerpos e, irremediablemente decepcionados, para obtener todavía una última felicidad, se pasaban a veces largamente la lengua por la cara».

Así como las palabras clave de la metáfora del primer coito eran «ajeno» y «extrañeza», aquí las palabras clave son «buscar» y «hurgan». Estas palabras no expresan una imagen visual de lo que ocurre, sino una inefable situación existencial. Cuando David traduce: «como perros hunden desesperadamente sus garras en el suelo, hundían ellos sus uñas en sus cuerpos», no sólo es infiel (Kafka no habla de garras ni de uñas que se hunden), sino que transfiere la metáfora del terreno existencial al terreno de la descripción visual; se sitúa así en una estética distinta a la de Kafka.