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Volvamos a nuestra frase del tercer capítulo: es relativamente larga, con comas pero sin puntos y coma (en el manuscrito y en todas las ediciones alemanas). Lo que más me molesta en la versión que hizo Vialatte de esta frase es, pues, el punto y coma añadido. Representa el final de un segmento lógico, una cesura que intima a bajar la voz, a hacer una pequeña pausa. Esta cesura (aunque correcta desde el punto de vista de las reglas sintácticas) estrangula el soplo de Kafka. En cuanto a David, divide incluso la frase en tres partes, con dos puntos y coma. Estos dos puntos y coma son tanto más incongruentes cuanto que Kafka durante todo el tercer capítulo (si volvemos al manuscrito) no utilizó sino un único punto y coma. En la edición a cargo de Max Brod hay trece. Vialatte llega a treinta y uno. Lortholary, a veintiocho, más tres dos puntos.

Imagen tipográfica

Se puede ver el vuelo, largo y embriagador, de la prosa de Kafka en la imagen tipográfica del texto, que, muchas veces, durante páginas, no es sino un único párrafo «infinito» en el que incluso los largos pasajes del diálogo quedan encerrados. En el manuscrito de Kafka, el tercer capítulo está dividido en tan sólo dos largos párrafos. En la edición de Brod hay cinco. En la traducción de Vialatte, noventa. En la traducción de Lortholary, noventa y cinco. Se impuso en Francia a las novelas de Kafka una articulación que no es la suya: muchos más párrafos y por tanto mucho más cortos, que simulan una organización más lógica, más racional del texto, que lo dramatizan, separando claramente todas las réplicas dentro de los diálogos.

En ninguna traducción a otros idiomas, que yo sepa, se ha cambiado la articulación original de los textos de Kafka. ¿Por qué lo hicieron los traductores franceses (todos, unánimemente)? Debieron de tener sin duda una razón para ello. La edición de las novelas de Kafka en la colección La Pléiade lleva más de quinientas páginas de notas. No obstante, no encuentro ni una sola frase que dé razón de ello.

Y para terminar, una observación acerca de los tipos de letra pequeños y grandes

Kafka insistía en que sus libros fueran impresos en tipos de letra muy grandes. Hoy se recuerda con la sonriente indulgencia que provocan los caprichos de los grandes hombres. No obstante, no hay nada en ello que merezca una sonrisa; el deseo de Kafka estaba justificado, era lógico, serio, relacionado con su estética, o, más concretamente, con su manera de articular la prosa.

El autor que divide su texto en muchos párrafos pequeños no insistirá demasiado en los tipos de letra grandes: una página articulada con riqueza puede leerse con bastante facilidad.

Por el contrario, el texto que fluye en un párrafo infinito es muy poco legible. El ojo no encuentra lugares donde detenerse, donde descansar, las líneas «se pierden» fácilmente. Semejante texto, para ser leído con placer (o sea sin fatiga ocular), exige letras relativamente grandes que faciliten la lectura y permitan detenerse en cualquier momento para saborear la belleza de las frases.

Miro El castillo en la edición de bolsillo alemana: treinta y nueve líneas lamentablemente apretadas en una pequeña página de un «párrafo infinito»: es ilegible; o tan sólo es legible como información; o como documento; de ninguna manera como un texto destinado a una percepción estética. En anexo, en unas cuarenta páginas: todos los pasajes que Kafka, en su manuscrito, había suprimido. Ningún caso al deseo de Kafka de ver su texto impreso (por razones estéticas del todo justificadas) en letra grande; se rescatan todas las frases que él había decidido (por razones estéticas del todo justificadas) aniquilar. En esta indiferencia hacia la voluntad estética del autor se refleja toda la tristeza del destino póstumo de la obra de, Kafka.

Traducciones de «La frase» al francés

Alexandre Vialatte

«Des heures passérent la, des heures d’haleines mélées, de battements de coeur communs, des heures durant lesquelles K. ne cessa d’éprouver l’impression qu’il se perdait, qu’il s’était enfoncé si loin que nul étre avant lui n’avait fait plus de chemin; á 1’étranger, dans un pays oú l’air méme n’avaitplus ríen des éléments de l’air natal, oú l’on devait étouffer d’exil et oú l’on ne pouvait plus rienfaire, au milieu d’insanes séductions, que continuer á marcher, que continuer á se perdre.»

Claude David

«Des heures passérent la, des heures d’haleines mélées, de battements de coeur confondus, des heures durant lesquelles K. ne cessa d’éprouver 1’impression qu’il s’égarait, qu’il s’enfoncait plus loin qu’aucun étre avant lui; il était dans un pays étranger, oú l’air méme n’avait plus ríen de commun avec l’air du pays natal; 1’étrangeté de ce pays faisait suffoquer et pourtant, parmi de folies séductions, on ne pouvait que marcher toujours plus loin, s’égarer toujours plus avant.»

Bemard Lortholary

«La passérent des heures, des heures de respirations mélées, de coeurs battant ensemble, des heures durant lesquelles K. avait le sentiment constan! de s’égarer, ou bien de s’étre avancé plus loin que jamáis aucun homme dans des contraes étrangéres, oú l’air luiméme n’avait pas un seul élément qu’on retrouvát dans l’air du pays natal, oú l’on ne pouvait qu’étouffer á forcé d’étrangeté, sans pouvoir pourtant faire autre chose, au milieu de ees séductions insensées, que de continuer et de s’égarer davantage.»

Milán Kundera

«Lápassaient des heures, des heures d’haleines communes, de battements de coeur communs, des heures durant lesquelles K. avait sans cesse le sentiment qu’il s’égarait, ou bien qu’il était plus loin dans le monde étranger qu ‘aucun étre avant luí, dans un monde étranger oú l’air méme n ‘avait aucun élément de l’air natal, oú l’on devait étouffer d’étrangeté et oú l’on ne pouvait ríen faire, au milieu de séductions insensées, que continuer á aller, que continuer á s’égarer.»

Quinta Parte. En busca del presente perdido

1

En medio de España, en algún lugar entre Barcelona y Madrid, dos personas están sentadas en el bar de una pequeña estación: un norteamericano y una chica. No sabemos nada de ellos salvo que esperan el tren para Madrid, donde la chica habrá de someterse a una operación, sin duda (la palabra no se pronuncia jamás) un aborto. No sabemos quiénes son, qué edad tienen, si se quieren o no, no sabemos cuáles son las razones que les han llevado a esta decisión. Su conversación, aun cuando se reproduce con extraordinaria precisión, no da pie a que comprendamos nada de sus motivos ni de su pasado.

La chica está tumbada y el hombre intenta calmarla: «Es una operación que sólo impresiona, Jig. Ni siquiera es realmente una operación». Y luego: «Iré contigo y me quedaré todo el tiempo contigo…». Y luego: «Estaremos muy bien después. Exactamente como estábamos antes».

Cuando siente la mínima irritación por parte de la chica, dice: «Bueno. Si no quieres, no debes hacerlo. No quisiera que lo hicieras si no quieres». Y finalmente, otra vez: «Debes comprender que no quiero que lo hagas si no quieres. Puedo perfectamente admitirlo si eso significa algo para ti».

Detrás de las respuestas de la chica, se intuyen sus escrúpulos morales. Dice mirando al paisaje: «Y pensar que podríamos tener todo esto. Podríamos tenerlo todo y cada día lo ponemos más difícil».

El hombre quiere tranquilizarla: «Podemos tenerlo todo. […]».

«No. Y una vez que se te lo han llevado, nunca vuelve.»

Y, cuando el hombre le asegura otra vez que la operación no presenta peligro, ella dice: