Andrei Boikonski, gravemente herido en el campo de batalla de Austerlitz, está volviendo a la vida. En ese momento todo el universo del joven brillante se trastoca: no gracias a una reflexión racional, lógica, sino gracias a una simple confrontación con la muerte y a una larga mirada hacia el cielo. Son estos detalles (una mirada hacia el cielo) los que desempeñan un gran papel en los momentos decisivos que viven los personajes de Tolstói.
Más adelante, al emerger de su profundo escepticismo, Andrei vuelve otra vez a la vida activa. Este cambio ha estado precedido por una larga discusión con Pierre en el transbordador de un río. Pierre estaba entonces (éste era el estadio momentáneo de su evolución) positivo, optimista, altruista, y se oponía al misántropo escepticismo de Andrei. Pero durante su discusión se mostró más bien ingenuo, soltando lugares comunes, y fue Andrei quien, intelectualmente, estuvo brillante. Más importante que la palabra de Pierre fue el silencio que siguió a su discusión: «Al salir de la barca miró al cielo que le había mostrado Pierre. Por primera vez desde Austerlitz vio aquel cielo alto e infinito que contemplaba cuando estaba tendido en el campo de batalla. En aquel instante despertó algo alegre y joven en su alma, algo que llevaba largo tiempo adormecido». Esta sensación fue breve y desapareció enseguida, pero Andrei sabía que tal sentimiento, «aunque no pudiera distinguirlo, seguía viviendo en él». Y, un día, mucho más tarde, como un baile de destellos, una conspiración de detalles (una mirada al verdor de un roble, los alegres gritos de unas jóvenes escuchados al azar, recuerdos inesperados) iluminó este sentimiento (que «seguía viviendo en él») y lo abrasó. Andrei, ayer todavía feliz en su retiro del mundo, decide repentinamente «marchar en otoño a San Petersburgo, e imaginó diversas razones para hacerlo […]. Y el príncipe Andrei, con las manos a la espalda, caminaba largo rato por la estancia, ya ceñudo, ya sonriente, meditando sobre aquellas ideas no sujetas a la razón y rebeldes a concretarse en palabras, secretas como un crimen, que tenían razón con Pierre, con la gloria, con la jovencita de la ventana, con el roble, con la belleza femenina y el amor, ideas que venían a cambiar toda su vida. Cuando se le acercaba alguien en aquellos momentos de reflexión, parecía más frío y severo. […]. Parecía querer, mediante este exceso de lógica, vengarse en alguien de todo ese trajín ilógico y secreto que tenía lugar dentro de él». (He señalado en cursiva las fórmulas más significativas, M.K.) (Recordemos: semejante conspiración de detalles, fealdad en los rostros encontrados, comentarios escuchados al azar en el compartimiento del tren, recuerdo inoportuno, que, en la siguiente novela de Tolstói, desencadena la decisión de Ana Karenina de suicidarse.)
Otro gran cambio del mundo interior de Andrei Boikonski: mortalmente herido en la batalla de Borodinó, acostado sobre una mesa de operaciones en un campamento militar, se siente repentinamente invadido por un extraño sentimiento de paz y reconciliación, un sentimiento de felicidad que ya no lo abandonará; este estado de felicidad es tanto más extraño (tanto más hermoso) cuanto que la escena es de una extraordinaria crueldad, llena de detalles espantosamente precisos acerca de la cirugía en una época en que se desconocía la anestesia; y lo más extraño en este estado extraño: fue provocado por un recuerdo inesperado e ilógico: cuando el enfermero le quita la ropa «Andrei recuerda los días lejanos de su primera infancia». Y unas frases más adelante: «Después de tantos sufrimientos, Andrei sintió un bienestar que no conocía desde hacía tiempo. Los mejores instantes de su vida, en particular su primera infancia, cuando le quitaban la ropa, cuando lo acostaban en su pequeña cama, cuando su nodriza le cantaba nanas, que, con la cabeza metida en la almohada, él era feliz de sentirse vivir, estos instantes se presentaban en su imaginación no como el pasado, sino como la realidad». Sólo más tarde, vio Andrei, en una mesa cercana, a su rival, el seductor de Natacha, Anatol, a quien un médico le estaba cortando la pierna.
Lectura corriente de esta escena: «Andrei, herido, ve a su rival con una pierna amputada; este espectáculo lo llena de una inmensa piedad por él y por el hombre en general». Pero Tolstói sabía que estas repentinas revelaciones no se deben a causas tan evidentes y tan lógicas. Fue una curiosa imagen fugitiva (el recuerdo de su niñez cuando le quitaban la ropa de la misma manera que lo hacía el enfermero) la que desencadenó todo, su nueva metamorfosis, su nueva visión de las cosas. Segundos después, el propio Andrei olvidó sin duda este milagroso detalle, así como probablemente lo olvida enseguida la mayoría de los lectores que leen novelas con tan poca atención y tan mal como «leen» sus propias vidas.
Y otro gran cambio más, esta vez el de Pierre Bezújov, que toma la decisión de matar a Napoleón, decisión precedida de un episodio: se entera por sus amigos masones que, en el decimotercer capítulo del Apocalipsis, se identifica a Napoleón como el Anticristo: «Quien tenga inteligencia cuente el número de la Bestia porque es un número de hombre y su número es 666…». Si traducimos el alfabeto francés en números, las palabras l’empereur Napoleón dan el número 666. «Semejante profecía hizo honda impresión en Pierre. Con frecuencia se preguntaba qué es lo que acabaría con el poder de la bestia, es decir, de Napoleón; y sirviéndose de la representación de las palabras por medio de cifras, trató de hallar una respuesta. Escribió como contestación l’empereur Alexandre? La nation russe? Sumó las cifras de las letras, pero el resultado superaba en mucho a 666. Una vez que estaba ocupado en semejantes cálculos, escribió: Comte Pierre Bésouhof, y la suma de las cifras correspondientes a las letras fue diferente también. Cambió la ortografía: puso una z en lugar de s, añadió la preposición de y hasta el artículo le, pero tampoco halló el resultado apetecido. Entonces se le ocurrió que si la respuesta estaba en su nombre, habría que mencionar su nacionalidad. Escribió Le Russe Bésuhof y contó las cifras, pero obtuvo la suma 671; sobraban cinco unidades; el cinco era el valor de la letra e, precisamente la que se suprime en el artículo francés ante la palabra empereur. A pesar de que era una falta de ortografía, suprimió la letra e y escribió así: L’Russe Bésuhof, y obtuvo el resultado 666. Esto le emocionó.»
La manera meticulosa con la que describe Tolstói todos los cambios ortográficos que hace Pierre con su nombre para llegar al número 666 es irresistiblemente cómica: L’Russe es un maravilloso gag ortográfico. Las decisiones graves y valientes de un hombre indudablemente inteligente y simpático ¿pueden acaso tener su origen en una tontería?
¿Y qué han pensado del hombre? ¿Qué han pensado de ustedes mismos?
Cambio de opinión como acomodación al espíritu de los tiempos
Un día una mujer me anuncia, el rostro radiante: «¡De modo que ya no hay Leningrado! ¡Volvemos al viejo San Petersburgo!». Nunca me ha entusiasmado que vuelvan a bautizarse calles y ciudades. Estoy a punto de decirlo, pero en el último momento me retengo: en su mirada deslumbrada por la fascinante marcha de la Historia, intuyo de antemano un desacuerdo y no tengo ganas de pelearme, tanto más cuanto que en el mismo momento recuerdo un episodio que ella había sin duda olvidado. Esta misma mujer nos había visitado una vez a mi mujer y a mí, en Praga, después de la invasión rusa, en 1970 o 1971, cuando nos encontrábamos en la penosa situación de proscritos. Por su parte era una prueba de solidaridad que quisimos devolverle intentando entretenerla. Mi mujer le contó el chiste (por cierto curiosamente profético) de un ricachón norteamericano que se instala en un hotel moscovita. Le preguntan: «¿Ha ido ya a ver a Lenin en el mausoleo?». Y él contesta: «Hice que me lo trajeran al hotel por diez dólares». El rostro de nuestra invitada se había crispado. Siendo de izquierdas (sigue siéndolo), ella veía en la invasión rusa de Checoslovaquia la traición a los ideales por los que sentía apego y le parecía inaceptable que las víctimas con las que ella quería trabar amistad se burlaran de estos mismos ideales traicionados. «No lo encuentro divertido», dijo con frialdad, y sólo nuestra situación de perseguidos nos preservó de una ruptura.