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LIBRO SEXTO

34

Con el tiempo, Cully Cross había llegado a contabilizar perfectamente el «zapato» y había conseguido por fin la baza ganadora. Era realmente Xanadú Dos, se sentía pleno de vitalidad y tenía control absoluto sobre «el lápiz». Un «lápiz de oro». Podía disponer de todo, no sólo de habitaciones, comida, bebida, sino también de billetes de avión desde cualquier lugar del mundo, chicas de alto precio, poder para hacer desaparecer las cuentas de los clientes. Podía incluso regalar fichas de juego a los intérpretes y artistas de elevada categoría que actuaban en el Hotel Xanadú.

Durante aquellos años, Gronevelt había sido para él más un padre que un jefe. Su amistad se había fortalecido. Habían luchado cientos de veces juntos. Habían rechazado a los piratas, del interior y del exterior, que intentaban apoderarse del tesoro sagrado del Hotel Xanadú. Agentes de reclamaciones que querían quedarse con el dinero, jugadores que provistos de instrumentos magnéticos intentaban vaciar las máquinas tragaperras contra todas las leyes del azar; organizadores de giras que introducían estafadores y tramposos con documentos de identidad falsos, empleados que intentaban robar a la casa, falsificadores de boletos de keno. Cully y Gronevelt habían conseguido derrotarles a todos.

Durante aquellos años, Cully se había ganado el respeto de Gronevelt por su habilidad para atraer nuevos clientes al hotel. Había organizado un torneo mundial de veintiuno que se celebraba en el Xanadú. Había retenido a un cliente de un millón de dólares al año regalándole un Rolls Royce nuevo cada Navidad. El hotel cargaba el importe del coche a relaciones públicas, que se deducía de los impuestos. El cliente se sentía muy feliz recibiendo un coche de sesenta mil dólares que le habría costado ciento ochenta mil en dólares imponibles, una reducción de un veinte por ciento en sus pérdidas. Pero el mejor golpe de Cully había sido el de Charles Hemsi. Gronevelt se pasó años ufanándose de la habilidad de su protegido.

Gronevelt puso ciertas objeciones al hecho de que Cully saldase todas las deudas de Hemsi en Las Vegas a un precio de diez centavos por dólar. Pero acabó dando el visto bueno. Y, desde luego, Hemsi acudía a Las Vegas por lo menos seis veces al año y siempre se hospedaba en el Xanadú. En un viaje tuvo una fantástica racha en la mesa de dados y ganó setenta mil dólares. Utilizó ese dinero para pagar parte de su deuda, y así el Xanadú quedó cubierto. Pero luego Cully demostró su genio.

En uno de sus viajes, Charles Hemsi mencionó que su hijo se iba a casar en Israel. Cully estaba entusiasmado con su amigo e insistió en que el Hotel Xanadú se hiciese cargo de la factura de la boda. Cully le dijo a Hemsi que el reactor del Hotel Xanadú (otra idea de Cully, la de comprar el avión para absorber parte del negocio de los organizadores de giras) transportaría a todos los invitados a Israel y pagaría los hoteles allí. El Xanadú pagaría la fiesta de la boda, la orquesta, todos los gastos. Sólo había un problema: como los invitados procedían de diversos puntos de Estados Unidos, tendrían que coger el avión en Las Vegas. Pero podían alojarse en el Xanadú gratuitamente.

Cully calculó los gastos del hotel en doscientos mil dólares. Convenció a Gronevelt de que se recuperarían, y de que si no se recuperaban, asegurarían el que Charlie Hemsi y su hijo siguieran jugando allí toda la vida. La operación resultó un gran éxito. Llegaron a Las Vegas cien invitados a la boda, y antes de irse a Israel, se dejaron casi un millón de dólares en la caja del hotel.

Pero aquel día Cully pensaba exponer a Gronevelt un plan que podría proporcionar aún más dinero, un plan que obligaría a Gronevelt y a sus socios a nombrarle encargado general del Hotel Xanadú, el cargo oficial más importante después del de Gronevelt. Cully estaba esperando a Fummiro. Fummiro había amontonado deudas en sus dos últimos viajes. Tenía problemas de pago. Cully sabía por qué y tenía la solución. Pero sabía que debía dejar que Fummiro tomase la iniciativa; sabía que si él, Cully, sugería la solución, Fummiro se echaría atrás. La iniciativa debía partir de Fummiro. Daisy le había adoctrinado.

Por fin llegó Fummiro a la ciudad; tocó el piano por la mañana y se tomó la sopa para desayunar. No le interesaban las mujeres. Le interesaba el juego, y en tres días perdió todo lo que llevaba en metálico y firmó por otros trescientos mil dólares. Antes de irse, llamó a Cully. Fummiro fue muy cortés, aunque estaba algo nervioso. No quería perder la compostura. Temía que Cully pensase que no iba a pagar sus deudas de juego, y así, con mucho tacto, le explicó a Cully que tenía dinero suficiente en Tokio y que el millón de dólares era una bagatela para él. El único problema era sacar el dinero del Japón, convertir los yens japoneses en dólares norteamericanos.

– Así pues, señor Cross -le dijo a Cully-, si usted pudiese venir a Japón, yo le pagaría allí en yens, y estoy seguro de que usted hallaría el medio de traer el dinero a Norteamérica.

Cully quería convencer a Fummiro de la completa confianza y fe en él que tenía el hotel.

– Señor Fummiro -dijo-, no tiene usted ninguna prisa, su crédito es bueno. El millón de dólares puede esperar hasta la próxima vez que pueda usted venir a Las Vegas. En realidad, no hay ningún problema. Estamos encantados de tenerle aquí. Su compañía es un placer. No se preocupe, por favor. Permítame que me ponga a su servicio, y si desea algo, dígamelo, e intentaré complacerle. Es un honor para nosotros que nos deba ese dinero.

Fummiro se tranquilizó. No estaba tratando con un bárbaro norteamericano, sino con alguien que era casi tan educado como un japonés.

– Señor Cross -dijo-. ¿Por qué no viene a visitarme? En Japón lo pasaremos maravillosamente. Le llevaré a una casa de geishas, tendrá la mejor comida, la mejor bebida y las mejores mujeres. Será mi huésped personal y así podré corresponder en parte a la hospitalidad que siempre me ha brindado y, además, entregarle el millón de dólares para el hotel.

Cully sabía que el gobierno japonés tenía una legislación muy severa contra la fuga de capitales. Fummiro le proponía un acto delictivo. Esperó y se limitó a mover la cabeza, sin olvidarse de sonreír continuamente.

Entonces, Fummiro continuó:

– Me gustaría hacer algo por usted. Confío plenamente en usted, y ésa es la única razón de que le diga esto. Mi gobierno es muy severo en lo tocante a sacar dinero del país. Me gustaría sacar dinero mío. Si al recoger ese millón del Hotel Xanadú pudiese usted sacar otro millón para mí y depositarlo en la caja del hotel, recibiría usted cincuenta mil dólares.

Cully sintió la dulce satisfacción de contabilizar perfectamente el «zapato».

– Señor Fummiro -dijo con sinceridad-, lo haré por la amistad que nos une. Pero, por supuesto, he de hablar con el señor Gronevelt.

– Por descontado -dijo Fummiro-. Yo también hablaré con él.

A continuación, Cully llamó a las habitaciones de Gronevelt y su telefonista le dijo que Gronevelt estaba ocupado y no recibía llamadas aquella tarde. Dejó recado de que la cuestión era urgente. Esperó en su oficina. Tres horas después sonó el teléfono. Y era Gronevelt para decirle que fuera a su suite.

Gronevelt había cambiado mucho en los últimos años. Se había borrado el tono rojizo de su piel, dejando paso a un blanco espectral. Tenía la cara como la de un frágil halcón. Se había hecho viejo bruscamente, y Cully sabía que pocas veces se llevaba a una chica para pasar la tarde. Parecía cada vez más inmerso en sus libros y dejaba casi todos los detalles de la dirección del hotel a Cully. Pero aún se daba un paseo diario por el casino, revisando todos los sectores, observando a los talladores y a los empleados y a los jefes de sector con sus ojos de halcón. Aún era capaz de absorber la energía eléctrica del casino en su pequeño cuerpo.