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Por la mañana, cuando Vallie me dio el abrazo de despedida, sintió algo en los bolsillos, pero le dije que eran unas notas para el artículo que me llevaba a Las Vegas.

14

Cully estaba esperándome en la puerta de la terminal. El aeropuerto era aún tan pequeño que pude ir andando desde el avión, pero habían iniciado la construcción de otra ala de la terminal. Las Vegas crecía. Y también crecía en importancia Cully.

Tenía un aire distinto. Más alto, más delgado, y vestía con elegancia, traje Sy Devore y chaqueta deportiva. Llevaba un corte de pelo distinto. Me quedé sorprendido cuando me dio un abrazo y me dijo:

– El mismo Merlyn de siempre.

Se rió de mi chaqueta deportiva Las Vegas Ganador y me dijo que tenía que librarme de ella.

Me había reservado una gran suite en el hotel con un bar provisto de bebida y flores en las mesas.

– Debes tener un montón de pasta -dije.

– Me va bien -dijo Cully-. He dejado el juego. Estoy al otro lado de las mesas. En fin, ya entiendes.

– Sí -dije.

Me parecía extraño Cully, tan distinto. No sabía si seguir con mi plan original y confiar en él. Un tipo puede cambiar mucho en tres años. Y, después de todo, nuestra relación sólo había sido de unas semanas.

Pero mientras bebíamos una copa juntos, dijo con verdadera sinceridad:

– No sabes cuánto me alegro de verte, muchacho. ¿Sigues pensando en Jordan?

– Continuamente -dije.

– Pobre Jordan -dijo Cully-. Consiguió ganar cuatrocientos grandes. Eso fue lo que me hizo dejar el juego. Y, sabes, desde que él murió he tenido una suerte tremenda. Si juego bien mis cartas, puedo acabar siendo el amo de este hotel.

– Déjate de cuentos -dije-. ¿Y Gronevelt?

– Soy su ayudante número uno -dijo Cully-. Confía muchísimo en mí. Confía en mí tanto como yo en ti. Y, por cierto, me vendría bien un ayudante. Cuando quieras trasladarte con tu familia a Las Vegas cuenta con un buen trabajo aquí conmigo.

– Gracias -dije.

Me sentía realmente conmovido. Al mismo tiempo, tenía mis dudas sobre su afecto hacia mí. Sabía que no era hombre que se preocupase así por las buenas de otra persona.

– Respecto al trabajo no puedo contestarte ahora -dije-. Pero vine a pedirte un favor. Si no pudieras hacerlo, no te preocupes, pero dímelo claramente. Sea cual sea la respuesta, pasaremos un par de días juntos y nos divertiremos.

– Cuenta con ello -dijo Cully-. Sea lo que sea.

Me eché a reír.

– Espera que te lo diga -dije.

Por un momento, Cully pareció enfadarse.

– Me importa un carajo lo que sea. Cuenta con ello. Si está en mi mano, cuenta con ello.

Le hablé de todo el asunto. Le expliqué que estaba aceptando sobornos y que tenía treinta y tres grandes en la chaqueta y que tenía que guardar el dinero por si se descubría todo el pastel. Cully me escuchó atentamente, mirándome a la cara. Al final, ante mi asombro, me miraba sonriendo de oreja a oreja.

– ¿De qué demonios te ríes? -dije.

Cully soltó una carcajada.

– Pareces un tipo confesándole a un cura que ha cometido un asesinato. Demonios, todo el mundo haría lo que estás haciendo si pudiera. De todos modos, he de confesar que me sorprende. No te imagino diciéndole a un tipo que tiene que pagarte.

Me di cuenta de que me ponía colorado.

– Nunca les he pedido dinero -dije-. Siempre me lo proponen ellos. Y nunca cojo el dinero directamente. Después de hacerles el favor, pueden pagarme lo prometido u olvidarse de mí. A mí me da igual -le sonreí-. Soy un tramposo modesto, no una puta.

– Bueno, bueno -dijo Cully-. En primer lugar creo que estás demasiado preocupado. A mí me parece un tipo de operación que puede seguir indefinidamente. Y aunque se descubriese el pastel, lo peor que puede pasarte es que pierdas el trabajo y te condenen. Pero tienes razón, hay que guardar la pasta en lugar seguro. Esos federales son unos auténticos sabuesos, y si lo encuentran te lo quitarán todo.

Me interesó la primera parte de lo que había dicho. Una de mis pesadillas era que me meterían en la cárcel y Vallie y los niños se quedarían solos. Por eso le ocultaba todo a mi mujer. No quería que se preocupase. Además, no quería que tuviese mal concepto de mí. Para ella su marido era el artista puro e impecable.

– ¿Por qué crees que no iré a la cárcel si me cazan? -pregunté a Cully.

– Es un delito de cuello blanco -dijo Cully-. No se trata de asaltar un banco, ni de liquidar a un pobre cabrón que tiene una tienda, ni de defraudar a una viuda. Lo único que haces es sacarles pasta a unos mierdas que quieren acortar su período de servicio militar. Demonios, es algo increíble. Unos tíos que pagan para entrar en el ejército. Nadie lo creería. El jurado se moriría de risa.

– Sí, a mí también me parece divertido.

De pronto, Cully adoptó un aire absolutamente profesional, de hombre de negocios.

– Bueno, ahora dime qué es lo que quieres que haga yo. Cuenta con ello. Y si los federales te enganchan, promete que me avisarás inmediatamente. Yo te sacaré del lío. ¿De acuerdo?

Me sonrió afectuosamente.

Le expliqué mi plan: cambiar mi dinero en efectivo por fichas de mil dólares y jugar sólo pequeñas cantidades. Lo haría en todos los casinos de Las Vegas y luego, al cambiar las fichas por dinero, cogería sólo un recibo y dejaría el dinero en caja como crédito de juego. Al FBI nunca se le ocurriría mirar en los casinos. Y los recibos podía guardarlos Cully y entregármelos siempre que yo necesitase dinero.

Cully me sonrió.

– ¿Y por qué no me dejas a mí el dinero? ¿No confías en mí?

Sabía que bromeaba, pero le contesté en serio.

– Lo pensé -dije-. Pero, ¿y si te pasara algo? Si tuvieras un accidente de avión, por ejemplo. O si te volviera el gusanillo del juego… Confío en ti en este momento. Pero, ¿cómo puedo saber que no vas a volverte loco mañana o el año que viene?

Cully asintió aprobatoriamente. Luego preguntó:

– ¿Y tu hermano Artie? Tú y él estáis muy unidos. ¿No puede guardarte el dinero?

– A él no puedo pedírselo.

Cully asintió de nuevo.

– Sí, supongo que no puedes. Es demasiado honrado, ¿no?

– Lo es -dije.

No quería entrar en largas explicaciones de lo que pensaba.

– ¿Te parece bien mi plan? -pregunté-. ¿Crees que es válido?

Cully se levantó y empezó a pasear por la habitación.

– No está mal -dijo-. Pero es raro que alguien quiera tener crédito en todos los casinos. Resulta sospechoso. Sobre todo si el dinero queda depositado durante mucho tiempo. La gente sólo deja el dinero en caja hasta que lo pierde todo o se va de Las Vegas. Lo que tienes que hacer es lo siguiente: compra fichas en todos los casinos y deposítalas aquí, en nuestra caja. Ya sabes, puedes depositar tres o cuatro veces al día unos cuantos miles y coger un recibo. Así todos tus recibos serán de nuestra caja. Si los federales metiesen la nariz en el asunto o escribiesen al hotel, yo lo arreglaría. Yo podría protegerte.

Yo estaba preocupado por él.

– ¿Y no te meterás en un lío por esto? -le pregunté.

Cully suspiró pacientemente.

– Es mi trabajo de cada día. Tenemos un montón de problemas con hacienda, por las cantidades de dinero que pierden algunos. Me limito a enviarles comprobantes viejos. No hay forma de que puedan descubrirme. Ya me aseguro de que no haya datos que puedan utilizarse en mi contra.

– Dios mío -dije-. Yo no quiero que desaparezca mi comprobante. No podría hacer efectivos los recibos.

Cully se echó a reír.

– Vamos, Merlyn -dijo-. Eres sólo un tramposo de tres al cuarto. Los federales no vendrán a cazarte aquí con un equipo de auditores. Envían una carta o una citación. Y además, ni siquiera se les ocurrirá hacerlo. Si no, míralo desde otro ángulo. Si gastases la pasta y descubriesen que tus ingresos son superiores a tu sueldo, puedes decirles que son ganancias de juego. No podrán demostrar que no es así.