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En aquella gran mesa se sentaban Ugo Kellino, Houlinan y Moisés Wartberg. Charlaban tranquilamente. Al fondo de la mesa había un tipo de mediana edad de enmarañado pelo blanco. Wagon me lo presentó como el nuevo director de la película. Se llamaba Simon Bellfort, nombre que identifiqué. Veinte años atrás había hecho una gran película de guerra. Inmediatamente después había firmado un contrato por mucho tiempo con TriCultura y se había convertido en el director de toda la basura de Jeff Wagon.

Al joven que le acompañaba nos lo presentaron como Frank Richetti. Su cara respiraba agudeza e ingenio y vestía una mezcla Polo Lounge-estrella Rock-hippie californiano. El efecto me resultaba asombroso. Correspondía perfectamente a la descripción que había hecho Janelle de los hombres atractivos que vagaban por Beverly Hills y que eran proxenetas y donjuanes. Ella les llamaba Ciudad Lobo. Pero quizás dijese eso sólo por divertirme. No entendía cómo una chica podía aguantar a un tipo como Frank Richetti. Era el productor ejecutivo de Simon Bellfort en la película.

Moisés Wartberg no perdió el tiempo en preámbulos. Con voz desbordante de energía, puso inmediatamente las cosas en su sitio.

– No me gusta el guión que nos dejó Malomar -dijo-. El enfoque me parece totalmente erróneo. No es una película de TriCultura. Malomar era un genio, él podría haber filmado esta película. No tenemos a nadie de su clase en los estudios.

Frank Richetti interrumpió, suave y encantador.

– No sé, señor Wartberg. Tiene usted aquí a algunos magníficos directores.

Sonrió amablemente a Simon Bellfort.

Wartberg le miró con frialdad. No volveríamos a oír hablar a Richetti. Y Bellfort se ruborizó un poco y apartó la vista.

– Tenemos presupuestado muchísimo dinero para esta película -continuó Wartberg-. Es una inversión que hay que asegurar. Pero no queremos que se nos echen encima los críticos. Que digan que destruimos la obra de Malomar. Queremos utilizar su reputación para la película. Houlinan emitirá una declaración de prensa que firmaremos todos los presentes, diciendo que la película se hará tal como Malomar quería que se hiciera. Que será una película de Malomar, un último tributo a su grandeza y a todo lo que ha aportado a la industria.

Wartberg hizo una pausa mientras Houlinan iba pasando copias de la declaración de prensa. El encabezamiento era magnífico: el membrete de TriCultura en resplandeciente rojo y negro.

Kellino dijo tranquilamente:

– Moisés, muchacho, creo que será mejor que digas que Merlyn y Simon trabajarán conmigo en el nuevo guión.

– Vale, ya está dicho -dijo Wartberg-. Y, Ugo, permíteme que te recuerde que no puedes entrar interviniendo en la producción ni en la dirección. Eso es parte de nuestro acuerdo.

– Por supuesto -dijo Kellino.

Jeff Wagon sonrió y se apoyó en su silla.

– La declaración de prensa es nuestra postura oficial. Pero, Merlyn, debo decirle que Malomar estaba muy enfermo cuando le ayudó a usted en este guión. Es horrible. Tendremos que escribirlo de nuevo, yo tengo algunas ideas. Tenemos mucho trabajo por delante. En este momento tenemos que saturar a los medios de comunicación con Malomar. ¿Estás de acuerdo, Jack? -preguntó a Houlinan.

Y Houlinan asintió.

Luego, Kellino me dijo con mucha sinceridad:

– Espero que colabores conmigo en esta película para que sea la gran película que quería Malomar.

– No -dije-. No puedo hacerlo. Trabajé en el guión con Malomar, y a mí me parece magnífico. Así que no puedo estar de acuerdo con ningún cambio ni con ninguna nueva redacción. Y no firmaré ninguna declaración de prensa en ese sentido.

Entonces intervino Houlinan, con mucha suavidad.

– Todos sabemos lo que sientes. Trabajaste muy unido a Malomar en este guión. Apruebo lo que acabas de decir, pienso que es maravilloso. Es raro que haya tanta lealtad en Hollywood. Pero recuerda que tienes un porcentaje en la película. Te interesa que sea un gran éxito. Si no eres amigo de la película, si eres enemigo de la película, estarás quitándote tu propio dinero.

Tuve que echarme a reír al oír esto.

– Soy amigo de la película. Por eso no quiero que se modifique el guión. Vosotros sois los enemigos de la película.

Entonces, Kellino dijo brusca y ásperamente:

– Que se vaya a la mierda. No le necesitamos.

Por primera vez miré directamente a Kellino, y recordé la descripción que había hecho Osano de él. Su atuendo, como siempre, era maravilloso: traje de corte perfecto, magnífica camisa, suaves zapatos marrones. Estaba guapísimo, recordé que Osano había utilizado una palabra italiana del campo, cafone. «Un cafone», había dicho, «es el campesino que ha conseguido hacer mucho dinero y fama e intenta convertirse en miembro de la nobleza. Lo hace todo bien. Aprende buenas maneras, mejora su lengua y viste como un ángel. Pero por muy bien que vista, por mucho cuidado que tenga, por mucho que se limpie, lleva siempre pegado a los zapatos un trocito de mierda».

Y, mirando a Kellino, me di cuenta de lo bien que le iba tal descripción.

Wartberg le dijo a Wagon: «Resuelve esto», y luego salió.

Él no podía molestarse en andar discutiendo con un escritor medio tonto. Había ido a aquella reunión por cortesía hacia Kellino.

Entonces Wagon dijo suavemente:

– Merlyn es esencial en este proyecto, Ugo. Estoy seguro de que cuando se lo piense detenidamente, se unirá a nosotros. Doran, ¿por qué no volvemos a vernos todos de aquí a unos días?

– Claro -dijo Doran-. Ya te llamaré.

Nos levantamos para irnos. Le entregué mi copia de la declaración de prensa a Kellino.

– No sé que tienes en el zapato -dije-. Límpialo con esto.

Cuando salimos de los estudios TriCultura, Doran me dijo que no me preocupase, que él podría arreglarlo todo en una semana, que Wartberg y Wagon no podían permitirse tenerme como enemigo de la película. Llegarían a un acuerdo. Y no se discutiría mi porcentaje.

Le dije que me daba igual todo y que condujese más deprisa. Sabía que Janelle estaría esperándome en el hotel y me parecía que lo que más deseaba en el mundo era volver a verla; acariciar su cuerpo y besar su boca y tenderme a su lado, y oírle contar historias.

Me alegraba tener una excusa para quedarme una semana en Los Angeles y estar con ella seis o siete días. En realidad, la película me importaba un bledo. Con Malomar muerto, sabía que sería otra de las basuras de los estudios TriCultura.

Cuando Doran me dejó a la puerta del Hotel Beverly Hills, me puso una mano en el brazo y me dijo:

– Espera un momento. Tengo que decirte algo.

– Dime -contesté impaciente.

– Hace tiempo que pensaba decírtelo -explicó Doran-, pero creí que quizás no fuese asunto mío.

– Demonios -dije-, ¿de qué hablas? Tengo prisa.

Doran sonrió con cierta tristeza.

– Sí, ya lo sé. Te está esperando Janelle, ¿verdad? Pues es de Janelle de quien quiero hablarte.

– Mira -le dije-, lo sé todo de ella y no me importa nada lo que haya hecho, fuera lo que fuere. Me da absolutamente igual.

Doran hizo una pequeña pausa.

– ¿Conoces a Alice, la chica con la que vive?

– Sí -dije-. Es una chica agradable.

– Es un poco lesbiana -dijo Doran.

Tuve una extraña sensación de reconocimiento, como si yo fuese Cully contabilizando un "zapato".

– Sí -dije-. ¿Y qué?

– Pues Janelle es igual -dijo Doran.

– ¿Quieres decir que es lesbiana? -pregunté.

– La palabra es bisexual -dijo Doran-. Le gustan las mujeres y los hombres.

Pensé un momento en lo que me había dicho y luego sonreí y dije:

– Bueno, nadie es perfecto.

Salí del coche y subí a mi habitación, donde me esperaba Janelle, e hicimos el amor antes de ir a cenar. Pero esta vez no le pedí que me contase historias, no le mencioné lo que me había dicho Doran. No hacía falta. Me había dado cuenta de ello hacía mucho y lo había aceptado. Era mejor eso que el que anduviese jodiendo con otros hombres.