—¿Cree usted que lo sería?
—Creo que sería espantoso. Puede imaginarse lo que se diría. Sería terrible... verdaderamente terrible para el pobre doctor Oldfield.
—¿No opina usted que, en realidad, pudiera ser una cosa favorable para él?
—¿Qué quiere usted decir?
—Si es inocente —dijo Poirot—, su inocencia quedaría probada.
El detective calló y esperó a que la insinuación enraizara en la mente de la enfermera Harrison. Vio cómo ella fruncía el ceño, perpleja, y luego se aclaraba su frente. Aspiró profundamente el aire y miró a Poirot.
—No había pensado en ello —dijo—. Al fin y al cabo, es la única cosa que se puede hacer.
Se oyeron unos golpes en el techo y la enfermera Harrison se levantó de un salto.
—Es mi paciente, la señorita Bristow. Ya se ha despertado de su siesta. Debo ir a ponerla cómoda antes de que le traigan el té y salga yo a dar mi paseo. Sí, monsieur Poirot; creo que tiene usted razón. Una autopsia aclarará de una vez para siempre este asunto. Pondrá las cosas en su sitio y se acabarán esos chismes contra el pobre doctor Oldfield.
Estrechó la mano de Poirot y salió precipitadamente de la habitación.
5
Hércules Poirot se dirigió a la estafeta de Correos y pidió una conferencia con Londres.
Una voz malhumorada sonó al otro extremo del hilo.
—¿Qué obligación tiene de ir sacando a la luz estos asuntos, mi querido Poirot? ¿Está seguro de que en este caso debemos intervenir nosotros? Ya sabe a qué se reducen muchas veces esas habladurías de pueblo... a nada en absoluto.
—Éste es un caso especial —respondió el detective.
—Bueno... si lo cree así... Tiene usted la desesperante costumbre de estar siempre en lo cierto. Pero si todo esto resulta luego una alarma infundada, no quedaremos muy satisfechos de usted, sépalo.
Poirot sonrió y murmuró:
—No. El que quedará satisfecho seré yo.
—¿Qué ha dicho? No le oigo.
—Nada. Nada de particular.
Colgó el teléfono.
Cuando salió de la cabina se apoyó en el mostrador de la oficina de Correos. Utilizando su tono de voz más atractivo, preguntó:
—¿Por casualidad podría decirme, madame, dónde reside actualmente la criada que estuvo con el doctor Oldfield? Creo que se llama Beatrice.
—¿Beatrice King? Desde entonces estuvo sirviendo en dos casas. Ahora está con la señora Marley, que vive al lado del Banco.
Poirot le dio las gracias y compró dos postales, un librito de sellos y un ejemplar de la cerámica local. Mientras efectuaba estas compras se las arregló para derivar la conversación hacia la muerte de la señora Oldfield. Se dio cuenta en seguida de la peculiar expresión furtiva que adoptó la cara de la encargada de la estafeta.
—Muy repentina, ¿verdad? —dijo la mujer—. Ha dado mucho que hablar, según creo lo habrá podido usted oír por ahí...
Por sus ojos pasó un destello de interés cuando preguntó:
—¿Tal vez será para eso por lo que quiere hablar con Beatrice King? Todos vimos algo raro en la forma tan imprevista con que fue despedida. Alguien creyó que la chica sabía algo... y tal vez sea así. Ella ha hecho algunas insinuaciones bastante claras.
Beatrice King era una muchacha bajita de aspecto mojigato y linfático. Su apariencia exterior era de estólida estupidez, pero sus ojos eran mucho más inteligentes de lo que sus maneras hubieran dejado sospechar. Parecía, sin embargo, que no sacaría nada de Beatrice. Se limitó a repetir :
—No sé absolutamente nada... No soy quién para decir lo que ocurrió allí... No sé qué es lo que quiere usted decir con eso de que oí una conversación entre el doctor y la señorita Moncrieffe. No soy de las que gustan escuchar detrás de las puertas y no tiene usted ningún derecho a decir que yo lo hice. No sé nada.
Poirot preguntó:
—¿Has oído hablar alguna vez del envenenamiento por arsénico?
Un estremecimiento rápido y un furtivo interés se reflejó en el rostro adusto de la muchacha.
—¿Eso es, entonces, lo que había en la botella de la medicina? —inquirió.
—¿Qué botella?
—Una de las botellas de medicina que preparó la señorita Moncrieffe para la señora. La enfermera estuvo muy preocupada... me di cuenta de ello. Probó la medicina, la olió, la vertió en el lavabo y volvió a llenar la botella con agua del grifo. Era una medicina parecida al agua. Y una vez que la señorita Moncrieffe le preparó una tetera a la señora, la enfermera se la llevó otra vez a la cocina y la vació, porque dijo que el té no estaba hecho con agua hirviendo. Claro que todo eso fueron cosas que acerté a ver. Entonces pensé que eran debidas a las costumbres minuciosas y exigentes que tienen algunas enfermeras; pero ahora no sé... tal vez era algo más que eso.
Poirot asintió y dijo:
—¿Te gustaba la señorita Moncrieffe, Beatrice?
—No le hacía nunca caso... Es un poco egoísta. Y siempre he sabido qué está loca por el doctor. No había más que ver la forma cómo lo miraba.
Poirot movió de nuevo la cabeza afirmativamente.
Volvió a la posada y dio determinadas instrucciones a George.
6
El doctor Alan García, analista del Departamento oficial, se frotó las manos e hizo un guiño a Hércules Poirot.
—Bueno —dijo—. Supongo que esto le satisfará, monsieur Poirot. Es usted el hombre que siempre tiene razón.
—Muy amable —replicó el detective.
—¿Qué es lo que le puso a usted sobre la pista? ¿Habladurías acaso?
—Como dicen ustedes... «Entra el rumor, lleno de lenguas pintadas sobre él.»
Al día siguiente Poirot tomó una vez más el tren para Market Loughborough.
El pueblecito hervía de agitación, con el zumbido de una colmena. La excitación había empezado aunque suavemente, cuando se hicieron los preparativos para la exhumación.
Y ahora que los descubrimientos de la autopsia habían trascendido, la conmoción había llegado a su más alto grado de temperatura.
Hacía cerca de una hora que Poirot estaba en la posada y justamente acababa de tomar una sustanciosa comida compuesta por carne y un «pudding» de riñones, regado todo ello con buena cerveza, cuando le avisaron que una señora quería hablar con él.
Era la enfermera Harrison. Tenía el rostro blanco y ojeroso.
Se dirigió en derechura hacia Poirot.
—¿Es verdad...? ¿Es verdad lo que dicen, monsieur Poirot?
—Sí. Se ha encontrado arsénico en cantidad más que suficiente para causar la muerte.
La enfermera Harrison exclamó:
—Nunca pensé... ni por un momento pensé... —y se echó a llorar.
Poirot comentó con dulzura:
—Ya sabe usted que siempre la verdad ha de resplandecer.
Ella sollozó.
—¿Lo ahorcarán?
—Tienen que probarse muchas cosas todavía... —contestó el detective—. Oportunidad... acceso al veneno... vehículo con que fue administrado...
—Pero suponiendo, monsieur Poirot, que él no tenga nada que ver con ello... nada en absoluto...
—En ese caso —Poirot se encogió de hombros—, será absuelto.
La enfermera Harrison dijo lentamente:
—Hay algo... algo que, según creo, debí decirle antes... Mas no pensé que, en realidad, pudiera haber resultado esto. Fue una cosa... rara.
—Ya sabía yo que había algo más —respondió Poirot—. Sería conveniente que me lo dijera ahora.
—No es mucho. Solamente que un día, cuando bajé al dispensario a buscar una cosa, Jean Moncrieffe estaba haciendo algo...
—¿De veras?
—Parece una tontería. Tan sólo fue que ella estaba rellenando su estuche de polvos para la cara... un estuche esmaltado, de color rosa...
—¿Sí?
—Pero no lo estaba rellenando de polvos... polvos para la cara quiero decir. Estaba vertiendo en él unos polvos que contenía una de las botellas del armario de los venenos. Cuando ella me vio se sobresaltó y cerró el estuche y lo guardó en el bolso, y puso rápidamente la botella en el armario para que no viera lo que era. Yo hubiera dicho que todo ello no tenía ningún significado..., pero ahora sé que la señora Oldfield fue envenenada... —calló de pronto.