—No me gusta pensar en ello, se lo aseguro, señora Rogers. Pues ya ve usted, siempre pensé que la señora Ferrier era una mujer que sabía lo que se hacía.
—¿Cree usted que todas esas atrocidades son verdad?
—Como le dije antes, no me gusta pensar eso de ella. ¿Quién lo iba a imaginar? Si hace tan sólo unos meses, en junio, inauguró una tómbola en Pelchester. Y estuve tan cerca de ella como lo estoy ahora de ese sofá. Tenía una Sonrisa tan agradable...
—Sí; pero yo digo que cuando el río suena...
—Desde luego, eso es verdad. ¡Dios mío!, parece como si no pudiera fiarse una de nadie.
8
Edward Ferrier, con la cara pálida y tensa, se dirigió a Poirot.
—¡Esos ataques a mi mujer... son obscenos... absolutamente obscenos! Voy a entablar una demanda contra ese vil periodicucho.
—Yo no le aconsejaría eso —observó Poirot.
—Pero convendrá conmigo en que esas condenadas mentiras deben acabar.
—¿Está usted seguro de que son mentiras?
—¡Maldita sea! ¡Sí!
Con la cabeza ligeramente ladeada, Poirot preguntó:
—¿Y qué dice su esposa?
Por un momento Ferrier pareció desconcertarse.
—Ella opina que lo mejor es no darse por enterados... Pero yo no puedo hacerlo. Todo el mundo habla...
—Sí; todo el mundo habla —replicó el detective.
9
Y entonces apareció la lacónica noticia en todos los periódicos.
«La señora Ferrier sufre una ligera depresión nerviosa y ha salido para Escocia con el fin de descansar.»
Conjeturas, rumores... informes fidedignos de que la señora Ferrier no estaba en Escocia; de que nunca estuvo allí.
Historias escandalosas acerca del verdadero paradero de la señora Ferrier.
Y la gente habló de nuevo.
—Te digo que Andy la vio. ¡En ese lugar tan indecente! Estaba borracha o había tomado drogas. La acompañaba Ramón... ese antipático gigolo argentino. ¡Ya ves!
Y más habladurías.
La señora Ferrier se había ido al extranjero con un bailarín argentino. La habían visto en París, atiborrada de drogas. Las tomaba desde hacía muchos años y bebía como un pez.
Lentamente, la recta mente inglesa, al principio incrédula, fue tomando una actitud condenatoria contra la señora Ferrier. Al fin y al cabo, parecía como si hubiera algo de cierto en todo lo que se decía. Aquélla no era la clase de mujer apropiada para ser la esposa del primer ministro. «¡Una Jezabel; ni más ni menos que una Jezabel!»
Y luego llegaron las fotografías.
La señora Ferrier, en París... en un club nocturno, recostada y con un brazo posado familiarmente sobre el hombro de un joven moreno, de tez oscura y aspecto depravado.
Y en otras circunstancias, medio desnuda en una playa, con la cabeza reclinada en el hombro de aquel lagarto de salón.
Debajo de la «foto»:
«La señora Ferrier se divierte...»
Dos días después se presentó una demanda de difamación contra el X-ray News.
10
Sir Mortimer Inglewood, abogado de la Corona, inició el caso por la parte demandante. El aspecto del abogado era grave y parecía poseído de virtuosa indignación. La conjura sólo igualable al famoso caso del Collar de la Reina, familiar a los lectores de Alejandro Dumas. El complot imaginado para difamar a la reina María Antonieta ante los ojos del populacho. Y esa conjura había sido tramada de nuevo para desacreditar a una noble y virtuosa señora que ocupaba en el país la posición de la mujer del César. Sir Mortimer habló con amargo menosprecio de fascistas y comunistas, pues ambos trataban de minar las democracias con toda clase de maquinaciones. Luego llamó a sus testigos.
El primero fue el obispo de Northumbria.
El doctor Henderson era una de las más conocidas figuras de la Iglesia anglicana; un hombre de gran piedad e integridad de carácter. Tenía amplio criterio; era tolerante y pasaba por ser un gran predicador. Todos los que lo conocían sentían por él profundo respeto y cariño.
Subió al estrado y juró que durante las fechas mencionadas, la señora de Edward Ferrier había estado en palacio, invitada por su esposa y por él. Agotada por su intensa actividad haciendo buenas obras, le había sido recomendado un reposo absoluto. Su visita se mantuvo en secreto para evitar cualquier molestia por parte de la prensa.
Un médico eminente siguió al obispo y atestiguó que había ordenado a la señora Ferrier un completo descanso, con ausencia de toda preocupación.
Un practicante testimonió luego que había atendido a la señora Ferrier en la residencia del obispo.
El siguiente testigo que compareció fue Thelma Andersen.
Un estremecimiento recorrió la sala cuando la testigo subió al estrado. Todos notaron en seguida el extraordinario parecido físico de aquella mujer con la señora Ferrier.
—¿Se llama usted Thelma Andersen?
—Sí.
—¿Es usted súbdita danesa?
—Sí. Vivo en Copenhague.
—¿Trabaja usted en un café de dicha capital?
—Sí, señor.
—Haga el favor de explicarme lo que ocurrió el día dieciocho de marzo último.
—Un caballero se acercó a la mesa donde yo estaba. Era inglés y me dijo que trabajaba para un periódico de su país titulado el X-ray News.
—¿Está usted segura de que mencionó ese nombre?
—Sí; estoy segura... porque al principio creí que se trataba de una revista médica. Pero no; parece que no es así. Luego me dijo que había una actriz inglesa que necesitaba encontrar una «doble» y que yo era justamente el tipo adecuado. No voy mucho al cine y no reconocí el nombre que me dijo. Pero me aseguró que era muy famosa; que no se encontraba bien y que por lo tanto precisaba que alguien se presentara por ella en algunos sitios públicos. Al final me prometió que mis servicios serían pagados generosamente.
—¿Cuánto dinero le ofreció aquel caballero?
—Quinientas libras en moneda inglesa. Al pronto no lo creí... Pensé que se trataría de algún ardid; pero me pagó al momento la mitad de la suma ofrecida. Como es lógico, me apresuré a comunicar al dueño del café que dejaba el empleo.
La relación prosiguió. La llevaron a París, donde la facilitaron buenas ropas y fue provista de una «escolta». Un caballero argentino muy solícito... muy respetuoso y atento.
Al parecer, la mujer se había divertido. Vino en avión a Londres y frecuentó varios clubs nocturnos acompañada por el caballero de tez morena. En París la fotografiaron junto a él. Admitió que algunos de los sitios en que estuvieron no eran muy refinados... ¡De veras, no eran nada respetables!... Y algunas de las «fotos» que se tomaron tampoco eran de buen gusto. Pero, según le dijeron, aquellas cosas eran necesarias para la publicidad... y el señor Ramón había sido siempre muy respetuoso.
Contestando a varias preguntas, declaró que nunca se mencionó el nombre de la señora Ferrier y que no supo jamás que aquella señora era a la que había estado suplantando. Creía que en todo ello no había nada malo. Identificó algunas fotografías que le fueron mostradas y dijo que habían sido hechas durante su estancia en París y la Riviera.
Se veía que Thelma Andersen hablaba de buena fe. Era una mujer agradable, aunque ligeramente tonta. Cuando comprendió lo que había hecho, su disgusto quedó bien patente para todos.
La defensa no convenció a nadie. Fue una frenética negación de haber tenido algún trato con la Andersen. Las «fotos» en cuestión habían sido enviadas a la Redacción de Londres, donde supusieron que eran auténticas. El discurso en que Mortimer presentó sus conclusiones definitivas levantó el entusiasmo. Describió el asunto, calificándolo de cobarde conjura política planeada para desacreditar al primer ministro y a su esposa. Todas las simpatías debían verterse sobre la infortunada señora Ferrier.