«¡Qué repugnantes!», pensó. «Son como aves de presa...»
La señora Rice, que salía del hotel, le distrajo de estos pensamientos. El joven se levantó de un salto y le acercó una silla. La mujer le dio las gracias; tomó asiento y, como de costumbre, empezó a mover vigorosamente las agujas de la calceta.
—¿Ha visto a esas dos mujeres que acaban de entrar en el hotel? —preguntó Harold.
—¿Las de las capas? Sí; pasaron junto a mí.
—¿No cree que son dos personas muy extrañas?
—Pues... sí; tal vez sean algo raras. Creo que llegaron ayer. Son muy parecidas... deben ser gemelas.
—Quizá sean apreciaciones mías —comentó Harold—; pero siento de un modo instintivo que hay algo de maligno en ellas.
—¡Qué curioso! Cuando las vea otra vez me fijaré en ellas para comprobar si coincido con usted en esa impresión.
Y añadió:
—El conserje nos dirá quiénes son. No creo que sean inglesas.
—¡Oh, no!
La señora Rice miró su reloj y dijo:
—Es hora de tomar el té. ¿Tendría inconveniente en tocar el timbre, señor Waring?
—No faltaba más, señora Rice.
El joven se levantó, y cuando volvió a su asiento preguntó:
—¿Dónde está su hija esta tarde?
—¿Elsie? Hemos salido juntas a dar un paseo. Caminamos un poco junto al lago y luego volvimos por el pinar. Ha sido un magnífico paseo.
Un camarero salió en aquel momento y recibió orden de servir el té. La señora Rice siguió hablando, mientras hacía volar las agujas:
—Elsie ha recibido una carta de su marido. Puede ser que no baje a tomar el té.
—¿Su marido? —preguntó Harold sorprendido—. Siempre pensé que era viuda.
La señora Rice le dirigió una penetrante mirada y dijo con sequedad:
—No; Elsie no es viuda —y añadió con cierto énfasis—: ¡Por desgracia!
Harold se sobresaltó.
La mujer hizo un signo afirmativo con la cabeza, frunció el ceño y observó:
—La bebida tiene la culpa de muchas desgracias, señor Waring.
—¿Bebe su marido?
—Sí. Y hace muchas otras cosas más. Es terriblemente celoso y tiene un genio violento en extremo —suspiró—. Éste es un mundo lleno de desgracias, señor Waring. Le tengo mucho afecto a Elsie, pues es mi única hija... y ver cuan infeliz es, resulta una cosa nada fácil de soportar.
Harold comentó con emoción:
—Es una criatura tan dulce.
—Tal vez demasiado.
—¿Qué quiere decir?
La señora Rice contestó lentamente:
—Una persona feliz es más altiva. La dulzura de Elsie proviene, según creo, de un sentimiento de derrota. La vida ha sido muy dura con ella.
El joven preguntó con ligera vacilación:
—¿Y cómo... llegó a casarse con él?
—Philip Clayton era un chico muy atrayente —contestó la señora Rice—. Tenía... y todavía tiene... un aspecto encantador. Poseía además algo de dinero... y no hubo nadie que nos enterara de su verdadero carácter. Me quedé viuda hace muchos años y dos mujeres que viven solas no son los mejores jueces para apreciar la condición de un hombre.
—Desde luego; así es —observó Harold pensativamente.
Sentía que en su interior se levantaba una ola de indignación y lástima al propio tiempo. Elsie Clayton no podía tener más de veinticinco años. Rememoró la expresión clara y amistosa de sus ojos azules y el suave gesto apenado de su boca. Se dio cuenta, de pronto, que el interés que sentía por ella rebasaba el límite de la amistad.
Y estaba ligada a un bruto...
2
Aquella noche Harold se reunió con madre e hija después de cenar. Elsie Clayton llevaba un vestido color de rosa, apagado y mate. El joven vio que tenía los párpados enrojecidos. Había estado llorando.
La señora Rice anunció con viveza:
—Ya me enteré de quiénes son esas dos arpías, señor Waring. Son polacas... de muy buena familia; eso me ha dicho el conserje.
Harold miró al otro lado del salón, donde estaban sentadas las dos mujeres. Elsie preguntó, sin demostrar ningún interés:
—¿Aquellas dos señoras? ¿Las del cabello teñido? Tienen un aspecto bastante desagradable... No sé por qué.
Harold exclamó triunfalmente:
—Eso mismo pensé yo.
La señora Rice rió.
—Me parece que ambos desvarían. No se puede juzgar a la gente por su solo aspecto externo.
Elsie rió a su vez.
—Supongo que así será —dijo la hija—; pero, de todas formas, me hacen el efecto de dos buitres.
—¡Arrancando los ojos a los muertos! —dijo Harold.
—¡Oh. no! —exclamó Elsie.
El joven se apresuró a excusarse:
—Lo siento.
La señora Rice sonrió y dijo:
—Sea como fuere, no creo que se metan con nosotros.
—No tenemos ningún secreto pecaminoso —comentó Elsie.
—Tal vez lo tenga el señor Waring —añadió su madre guiñando un ojo.
Harold soltó una carcajada, inclinando la cabeza, hacia atrás.
—Ni de los más pequeños —dijo—. Mi vida es un libro abierto.
Y un pensamiento cruzó su mente:
—¡Qué tontos son los que abandonan el camino recto! Una conciencia limpia... eso es todo lo que se necesita en la vida. Con ello puede uno enfrentarse con el mundo y mandar al diablo a quien se interponga.
De pronto, sintió que su vitalidad aumentaba; se notó más fuerte, mucho más dueño de su destino.
3
Harold Waring, como muchos ingleses, era un mal políglota. Su francés dejaba mucho que desear y, además, lo hablaba con un terrible acento británico. De alemán e italiano no sabía nada.
Pero hasta entonces su poca habilidad lingüística no le había preocupado en gran manera. Siempre encontró que en la mayoría de los hoteles de Europa el personal hablaba inglés. ¿Para qué molestarse entonces?
Pero en aquel lugar tan apartado, donde la lengua nativa era un derivado del eslovaco, y aun el conserje sólo hablaba alemán, a veces le resultaba irritante que alguna de sus dos amigas le sirvieran de intérprete. La señora Rice, que sentía gran afición por los idiomas, podía hablar, incluso, un poco de eslovaco.
Harold decidió iniciar el estudio del alemán. Se propuso comprar algunos libros de texto y dedicar un par de horas cada mañana al estudio.
Hacía un buen día y después de escribir varias cartas, Harold miró el reloj y vio que tenía todavía tiempo para dar un paseo de una hora antes del almuerzo. Bajó hasta el lago y se adentró en el pinar. Al cabo de cinco minutos de caminar bajo los pinos, oyó un ruido inconfundible. No muy lejos de allí una mujer lloraba desconsoladamente.
Harold se detuvo un momento y luego se dirigió hasta donde provenían los gemidos. La mujer era Elsie Clayton. Estaba sentada sobre un tronco caído, con la cara entre las manos. Sus hombros se estremecían con la violencia de su pena.
El joven titubeó un instante y después fue hacia ella. Llamó suavemente:
—Señora Clayton... Elsie.
Ella se sobresaltó y levantó la mirada hacia él. Harold tomó asiento a su lado.
—¿Puedo ayudarla en algo? —preguntó afectuosamente—. ¿Hay algo qué pueda hacer?
Elsie sacudió la cabeza.
—No... no... Es usted muy amable. Pero nadie puede hacer nada por mí.
Harold preguntó con timidez:
—¿Tiene algo que ver con... su marido?
La joven asintió. Se enjugó los ojos y sacó la polvera, luchando para volver a recobrar el dominio de sí misma. Con voz trémula dijo:
—No quiero que mamá se preocupe. Se disgusta mucho cuando ve la poca felicidad de que disfruto. Por lo tanto, vine aquí para llorar a mi gusto. Ya sé que es una tontería. El llorar no resuelve nada. Pero... algunas veces... me parece que la vida es completamente insoportable.