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—Bueno —dijo Harold—. Gracias a Dios, nuestra policía no es de esa clase.

Y con una disposición de ánimo muy británico bajó al comedor.

7

Después de comer, Harold se reunía habitualmente con la señora Rice y su hija para tomar café. Decidió no introducir ningún cambio en esta costumbre.

Era la primera vez que veía a Elsie después de lo ocurrido la noche anterior. Estaba muy pálida y se notaba que todavía se encontraba bajo los efectos de la fuerte impresión, haciendo comentarios vulgares sobre el tiempo y el paisaje.

La conversación recayó sobre un nuevo huésped que acababa de llegar, cuya nacionalidad trataron de conjeturar. Harold opinaba que un bigote como aquél sólo podía ser francés. Elsie decía que era alemán, y la señora Rice creía que era español.

No había nadie más que ellos en la terraza, a excepción de las dos polacas, que estaban sentadas en uno de los extremos, haciendo ganchillo.

Como siempre que las veía, Harold sintió que un extraño estremecimiento de aprensión pasaba por él. Aquellas caras inexpresivas; aquellas narices aguileñas; aquellas manos que parecían garras...

Un «botones» se acercó y dijo que buscaban a la señora Rice. La mujer se levantó y lo siguió. Los dos jóvenes vieron cómo al llegar a la puerta del hotel saludaba a un policía de uniforme.

Elsie contuvo la respiración.

—¿Cree usted... que algo habrá salido mal?

Harold se apresuró a tranquilizarla.

—No; no creo que haya pasado nada.

Pero en su interior sintió un súbito acceso de miedo.

—¡Su madre está llevando el asunto maravillosamente!

—Ya lo sé. Mamá es una gran luchadora. Nunca admite la derrota —Elsie se estremeció—. Pero esto ha sido horrible, ¿verdad?

—Vamos; no tratemos más de ello. Ya pasó todo.

Elsie dijo en voz baja:

—Yo no puedo olvidar... que lo maté.

Harold replicó apresuradamente:

—No debe pensar en eso. Fue un accidente y usted lo sabe.

La cara de la joven adoptó una expresión ligeramente más serena. Harold añadió:

—Y de todas formas, ya pasó todo. El pasado es el pasado. Trate de no pensar más en ello.

La señora Rice volvió en aquel instante. Por el aspecto de su cara, los dos jóvenes vieron que todo iba bien.

—Me ha dado un susto atroz —dijo la mujer con tono jovial—. Pero sólo se trataba de una formalidad que debía cumplirse con los documentos. Todo va perfectamente, hijos míos. No hay nada que temer. Creo que debíamos pedir unas copas de licor para celebrarlo.

Pidieron las copas y cuando se las sirvieron, cada uno levantó la suya.

—Por el futuro —brindó la señora Rice.

Harold dirigió una sonrisa a Elsie y propuso:

—iPor su felicidad!

Ella sonrió a su vez y replicó:

—¡Y por usted... porque tenga muchos éxitos! Estoy segura de que llegará a ser un hombre eminente.

Se sentían alegres, casi aturdidos; era la reacción natural después del miedo pasado. ¡Las sombras habían desaparecido! Todo iba bien.

Las dos mujeres que estaban al otro lado de la terraza se levantaron. Enrollaron cuidadosamente su labor y luego se encaminaron hacia donde se sentaban los otros tres.

Hicieron unas ligeras reverencias y tomaron asiento al lado de la señora Rice. Una de ellas empezó a hablar y la otra fijó sus ojos en los dos jóvenes. En sus labios campeaba una ligera sonrisa que, según pensó Harold, no tenía nada de agradable.

El muchacho miró a la señora Rice, quien estaba escuchando a la otra hermana, y aunque él no entendía una palabra de lo que estaban diciendo, la cara de la oyente era lo bastante expresiva como para no dejar lugar a dudas. Toda la angustia y desesperación de antes se reflejaban en ella de nuevo. La mujer escuchaba y de vez en cuando contestaba con una breve palabra.

Al cabo de un rato, las dos hermanas se levantaron y después de inclinarse levemente, entraron en el hotel.

Harold preguntó con voz ronca:

—¿Qué ocurre?

La señora Rice contestó con tono monótono y desesperado:

—Esas dos mujeres nos amenazan con un chantaje. Anoche lo oyeron todo. Y ahora que hemos tratado de ocultar lo sucedido, todavía se pone peor la cosa...

8

Harold Waring se hallaba junto al lago. Había paseado febrilmente durante una hora, procurando con aquel esfuerzo físico acallar el clamor de desesperación que sentía.

Llegó por fin al lugar donde vio por primera vez a las dos lúgubres mujeres que tenían bajo sus pies la vida de él y de Elsie.

En voz alta, exclamó:

—¡Malditas sean! ¡Malditas sean esas arpías!

Una ligera tosecilla le hizo dar la vuelta. Se encontró frente al extranjero del bigote exuberante, que en aquel momento salía de entre los pinos.

Harold no supo qué decir. Aquel hombrecillo seguramente oyó la exclamación.

Con tono que le pareció ridículo, dijo:

—Oh... ejem... buenas tardes.

El otro contestó en perfecto inglés:

—Temo que para usted no serán muy buenas.

—Pues... yo... —Harold se turbó otra vez.

—Creo que se encuentra usted en un atolladero, monsieur. ¿Puedo ayudarle en algo?

—No; gracias; muchas gracias. Sólo me estaba desahogando un poco.

El extranjero replicó suavemente:

—No obstante, creo que puedo ayudarle. ¿Estoy en lo cierto al suponer que sus preocupaciones están relacionadas con las dos señoras que en este instante se encuentran en la terraza?

Harold lo miró con fijeza.

—¿Sabe usted algo de ellas? Y a todo esto, ¿quién es usted?

Como si confesara pertenecer a una ascendencia principesca, el hombrecillo anunció:

—Yo soy Hércules Poirot. ¿Podríamos adentrarnos un poco en el bosque? Cuénteme entretanto lo que le ocurre. Como le dije, creo que puedo ayudarle.

Harold no estaba todavía seguro de qué fue lo que le hizo confiar repentinamente en un hombre a quien acababa de conocer hacía unos pocos minutos. Tal vez fue la excesiva tensión que le dominaba. Pero, sea como fuere, ocurrió. Relató a Poirot toda la historia.

El detective escuchó en silencio y en una o dos ocasiones asintió gravemente. Cuando Harold calló, Poirot comentó vagamente:

—Los pájaros de Estinfalia, de férreos picos, que se alimentaban de carne humana y habitaban junto al lago... Sí; todo coincide exactamente.

—Perdón, ¿qué decía? —preguntó Harold, intrigado.

Quizá, pensó, aquel estrambótico hombrecillo estaba loco de remate.

Hércules Poirot sonrió.

—Estaba reflexionando. Tengo mi propio sistema de ver las cosas. Y por lo que se refiere a este punto, me parece que se encuentra usted en una situación bastante desagradable.

Harold replicó con impaciencia:

—¡Eso no es menester que usted lo diga!

El detective prosiguió:

—El chantaje es un asunto muy serio. Esas arpías le forzarán a pagar... y pagar... y pagará otra vez. Y si acaso las desafiara... bueno, ¿qué pasaría?

El joven comentó con amargura:

—Todo se descubriría. Arruinarían mi carrera, y una pobre chica que nunca hizo mal a nadie, se vería envuelta en este asunto infernal. Sólo Dios sabe cuál sería el final de todo ello.

—Por lo tanto —dijo Poirot—, debemos hacer algo.

Harold preguntó con malos modos:

—¿Qué?

Hércules Poirot inclinó hacia atrás la cabeza y casi cerró los ojos cuando habló, las dudas acerca de su buen estado mental cruzaron de nuevo por el pensamiento de Harold.

—Es el momento de utilizar las castañuelas de bronce.

—¿Está usted loco? —dijo el joven.

Mais non! Sólo hago lo posible para seguir el ejemplo de mi gran predecesor Hércules. Tenga paciencia durante unas pocas horas, amigo mío. Mañana me encontraré en situación de poder librarle de sus perseguidoras.