9
Cuando Harold bajó a la mañana siguiente, encontró a Hércules Poirot sentado solo en la terraza. A pesar de sus dudas, el joven se había dejado impresionar por las promesas del detective.
Harold se dirigió a él y preguntó con ansiedad:
—¿Qué ha pasado?
Poirot lo miró con ojos brillantes.
—Todo ha salido a pedir de boca.
—¿Qué quiere decir?
—Que todo se aclaró satisfactoriamente.
—¿Pero qué ha ocurrido?
El detective volvió a emplear su tono vago.
—He utilizado las castañuelas de bronce. O mejor dicho, expresándome en términos modernos, he hecho que vibraran los hilos metálicos... En resumen, utilicé el telégrafo. Sus pájaros de Estinfalia, monsieur, han sido puestos donde no podrán perjudicar a nadie durante algún tiempo.
—¿Estaban reclamadas por la policía? ¿Las han detenido?
—Precisamente.
Harold exhaló un profundo suspiro.
—¡Estupendo! Nunca pensé en ello —se levantó—. Voy a buscar a la señora Rice y a su hija para decírselo.
—Ya lo saben.
—Bien —Harold volvió a sentarse—. Dígame cómo...
Por el sendero del lago subían dos mujeres de perfil aguileño y flotantes capas sobre los hombros.
—¡Creí haberle oído decir que se las habían llevado! —exclamó el joven.
—Oh, ¿esas señoras? Son inofensivas por completo; dos damas polacas de muy buena familia, tal como le dijo el conserje. Su aspecto, tal vez, no sea muy agradable; pero eso es todo.
—¡Pues no lo comprendo!
—No; no lo comprenderá. Eran las otras señoras a las que buscaba la policía. La ingeniosa señora Rice y la llorosa señora Clayton. Eran ellas las aves de presa. Las dos vivían del chantaje, mon chéri.
Harold tuvo la sensación de que el mundo daba vueltas alrededor de él. Con voz desmayada preguntó:
—¿Pero el hombre... el hombre que resultó muerto...?
—No murió nadie. ¡Y no hubo tal hombre!
—¡Pero si yo lo vi...!
—No. La señora Rice, con su alta estatura y su voz profunda, representa muy bien los papeles masculinos. Fue ella quien hizo de marido... claro es que sin la peluca gris.
Se inclinó hacia delante y dio un golpecito en la rodilla del joven.
—No se debe ir por la vida con tal cantidad de buena fe, amigo mío. La policía de un país no se soborna tan fácilmente ni, tal vez, habrá manera de conseguirlo; mucho menos cuando se trata de un asesinato. Esas mujeres se aprovecharon de la ignorancia que, por lo general, tienen todos los ingleses de los idiomas extranjeros. Como habla francés y alemán, la señora Rice es la que siempre se ocupa de entrevistarse con el gerente y de llevar el asunto. Llega la policía y entra en su habitación, desde luego. ¿Pero qué sucede en realidad? Usted no lo sabe. Tal vez les dirá que ha perdido un broche o algo parecido. Cualquier excusa para hacerlos venir, con el fin de que usted los vea. Y en cuanto al resto de ello, ¿qué he de decirle? Telegrafía usted para que manden dinero, gran cantidad de él; y luego lo entrega a la señora Rice, quien se encarga de todas las negociaciones, ¡y eso es todo! Pero estas aves de presa son insaciables. Vieron que usted sentía una irracional aversión hacia esas dos infortunadas señoras polacas. Las damas en cuestión llegaron y sostuvieron una conversación inocente por completo con la señora Rice; pero ésta no supo resistir la tentación de volver a repetir el juego. Sabía que usted no entendía ni una palabra de lo que hablaron. Por consiguiente, tuvo usted que pedir más dinero; dinero que la señora Rice se encargaría luego de distribuir entre otras personas según pretendía.
Harold aspiró profundamente aire.
—¿Y Elsie?
—Desempeñó muy bien su papel. Siempre lo hace. Es una actriz consumada. Hace ver que todo es muy raro... muy inocente. No atrae hacia ella más que un sentimiento noble.
Y añadió pensativamente:
—Eso tiene siempre éxito cuando se trata de un inglés.
Harold Waring volvió a suspirar.
—Tengo que aprender todos los idiomas europeos que existen. ¡No quiero que nadie me tome el pelo por segunda vez!
Capítulo VII
El toro de Creta
1
Hércules Poirot miró a su visitante. Ante él tenía una cara en la que destacaba una barbilla agresiva; unos ojos más bien grises que azules y un pelo negrísimo. Unas facciones propias de la Grecia clásica.
Se fijó en la buena hechura del traje, un tanto usado, que ella llevaba; en el raído bolso de mano y en la inconsciente arrogancia que tenía en sus maneras, tras la excitación patente que embargaba a la joven.
El detective pensó:
«Sí; toda una señora rural... pero sin blanca. Le debe haber ocurrido algo extraño para que acuda a mí.»
Diana Maberly habló con voz que tembló ligeramente.
—No... no sé si podrá usted ayudarme, monsieur Poirot. Se trata... de una situación verdaderamente extraordinaria.
—¿De veras? —animó Poirot—. Cuéntemelo todo.
—He venido a verle porque no sé qué hacer —le dijo ella—. No sé, siquiera, si se puede hacer algo.
—¿Me permite que sea yo quien juzgue ese punto?
El color subió de pronto a las mejillas de la joven. Con rapidez y casi sin aliento, dijo:
—He acudido a usted porque el hombre a quien estaba prometida desde hace poco más de un año, ha roto nuestro compromiso.
Se detuvo y lo miró desafiante.
—Debe usted pensar —añadió— que no estoy bien de la cabeza.
Poirot sacudió la suya con lentitud.
—Al contrario, señorita. No tengo ninguna duda de que es usted muy inteligente. Desde luego, mi mótier en la vida no es pacificar riñas de enamorados, y yo sé muy bien que está usted perfectamente enterada de ello. Por lo tanto, debe existir algo muy raro en esa ruptura de compromiso. Es eso, ¿verdad?
La muchacha asintió, y con voz clara y precisa, dijo
—Hugh rompió nuestro compromiso porque piensa que se va a volver loco. Cree que los locos no deben casarse.
Hércules Poirot levantó un poco las cejas.
—¿Y no está usted de acuerdo?
—No lo sé... Al fin y al cabo, ¿qué es estar loco? Todos lo estamos un poco.
—Eso dicen —convino con cautela.
—Sólo cuando uno empieza a imaginarse que es un huevo escalfado o algo parecido, es cuando deben encerrarlo.
—¿Y su novio no ha llegado a tal extremo?
—Yo no advierto nada extraño en Hugh. ¡Es la persona más cuerda que conozco! Formal... sensato...
—Entonces, ¿qué es lo que le hace pensar que se está volviendo loco? —Poirot hizo una pausa antes de proseguir—. ¿Tal vez se han dado casos de demencia en la familia?
Como si le repugnara hacerlo, Diana inclinó la cabeza en mudo asentimiento.
—Creo que su abuelo estuvo algo chiflado y alguna que otra tía abuela. Pero ya sabe que en casi todas las familias pasan esas cosas. Algunos son medio tontos y otros demasiado listos.
Sus ojos tenían una expresión suplicante.
Hércules Poirot sacudió la cabeza con tristeza.
—Lo siento mucho por usted, mademoiselle.
La joven adelantó la barbilla y exclamó:
—¡No quiero que me compadezca! ¡Lo que quiero es que haga algo!
—¿Y qué desea de mí?
—No lo sé... pero hay en todo esto alguna cosa que no es normal.
—¿Quiere usted contarme, mademoiselle, todo lo referente a su novio?
Diana habló con rapidez.
—Se llama Hugh Chandler y tiene veinticuatro años. Su padre es el almirante Chandler. Viven en Lyde Manor, una finca que pertenece a la familia desde los tiempos de la reina Isabel. Hugh es hijo único. Ingresó en la Marina, pues todos los Chandler han sido marinos; es una especie de tradición familiar, desde que sir Gilbert Chandler navegó con sir Walter Raleigh en mil quinientos y pico. Hugh se alistó en la Armada como si ello fuera algo inevitable. Su padre no hubiera consentido otra cosa. Y sin embargo, fue su propio padre quien insistió en que renunciara a dicha carrera.