—¿Cuándo ocurrió eso?
—Hace casi un año. Todo fue muy repentino.
—¿Estaba Hugh Chandler contento de su profesión?
—Por completo.
—¿No hubo escándalo de ninguna especie?
—¿Promovido por Hugh? Ninguno. Progresaba en su carrera y no pudo comprender la actitud de su padre.
—¿Y qué razón dio el almirante Chandler?
—En realidad, nunca dio ninguna. Dijo que era necesario que Hugh aprendiera a administrar su hacienda; pero eso sólo fue un pretexto. Hasta George Frobisher se dio cuenta de ello.
—¿Quién es George Frobisher?
—El coronel Frobisher; el más viejo amigo del almirante y padrino de Hugh. Pasa largas temporadas en el Manor.
—¿Qué opinó el coronel Frobisher acerca de la determinación tomada por su amigo?
—Se quedó sin saber qué decir. No lo entendió en absoluto. Ni nadie llegó a comprenderlo.
—¿Ni siquiera Hugh Chandler?
Diana tardó unos instantes en contestar y Poirot aprovechó la pausa para continuar:
—Tal vez, entonces, quedara asombrado; pero ahora... ¿no opina nada? ¿Nada en absoluto?
La joven dijo con timidez:
—Hace una semana... me confesó... que... que su padre tenía razón. Que era la única cosa que podía hacer.
—¿Le preguntó la causa de ello?
—Desde luego. Pero no quiso decírmelo pese a mi insistencia.
Hércules Poirot reflexionó unos momentos y luego preguntó:
—¿Han ocurrido cosas insólitas en la comarca donde viven? ¿Cosas que tal vez empezaron hace un año? ¿Algo que dio motivo a gran cantidad de habladurías y conjeturas pueblerinas?
—No sé a qué se refiere —replicó ella con rapidez.
—Sería mejor que me lo contara sin ocultarme nada.
—No hubo nada... nada de lo que usted se imagina.
—¿De qué clase entonces?
—¡Creo que es usted odioso! A menudo suceden cosas raras en el campo. Venganza... o el tonto del pueblo... o alguien.
—¿Qué ocurrió?
La joven contestó de mala gana:
—Hubo cierto revuelo acerca de unas ovejas... aparecieron con el cuello cortado. ¡Oh, fue horrible! Pero todas ellas pertenecían a un granjero que tiene fama de tacaño. La policía creyó que se trataba de alguien que le tenía ojeriza.
—¿No cogieron al que lo hizo?
—No.
Y la chica añadió furiosamente:
—Pero si piensa usted que...
Poirot levantó una mano y observó:
—No tiene usted idea de lo que estoy pensando. Dígame, ¿consultó su novio con un médico?
—No. Estoy segura de que no lo hizo; me lo hubiera dicho.
—¿Acaso no era lo mejor que podía hacer?
Diana replicó despacio:
—No quiere... Aborrece a los médicos.
—¿Y su padre?
—No creo que su padre tenga mucha fe en ellos. Dice que son una pandilla de charlatanes y negociantes.
—¿Y qué tal aspecto tiene el almirante? ¿Se encuentra bien? ¿Es feliz?
La joven contestó con voz baja:
—Ha envejecido terriblemente en... en...
—¿En un año?
—Sí. Es una ruina... una sombra de lo que fue antaño.
Poirot asintió.
—¿Aprobaba el noviazgo de su hijo?
—Oh, sí. Las tierras de mi familia lindan con las suyas. Hemos vivido allí durante generaciones. Se alegró muchísimo cuando Hugh y yo nos prometimos.
—Y ahora, ¿qué dijo cuando se enteró de que había roto el compromiso?
La voz de la muchacha tembló.
—Le encontré ayer por la mañana. Estaba mortalmente pálido. Me cogió las manos entre las suyas y me dijo: «Ya sé que esto es muy duro para ti, hija mía. Pero el chico hace lo que debe... la única cosa que puede hacer.»
—Y, por lo tanto —comentó Poirot—, acude usted a mí.
Ella asintió.
—¿Puede usted hacer algo? —preguntó desasosegada.
—No lo sé —replicó el detective—. Pero, por lo menos, puedo ir allí y verlo todo personalmente.
2
El aspecto físico de Hugh Chandler fue lo que más impresionó a Poirot. Alto, magníficamente proporcionado, con un formidable pecho, anchas espaldas y cabellera de matiz leonado. Se veía que rebosaba fuerza y vitalidad.
Al llegar Diana a su casa, junto con Poirot, telefoneó inmediatamente al almirante Chandler y a continuación ella y el detective se dirigieron a Lyde Manor, donde encontraron el té esperándolos en la terraza, y con el té, a tres hombres. Allí estaba el almirante de pelo blanco, envejecido; con los hombros encorvados como si soportaran una carga excesiva; de ojos oscuros y angustiados. Su amigo, el coronel Frobisher, ofrecía un fuerte contraste con él. Un hombrecillo reseco y fuerte, de pelo rojizo que blanqueaba en las sienes. Inquieto, irascible, arisco como un fox terrier, y con un par de ojillos en los que brillaba la astucia. Tenía la costumbre de fruncir las cejas al tiempo que inclinaba y adelantaba la cabeza, mientras miraba con aquellos ojos sagaces a su interlocutor. El otro hombre era Hugh.
—Buen ejemplar, ¿verdad? —dijo el coronel Frobisher.
Habló en voz baja al darse cuenta de que Poirot contemplaba detenidamente al joven.
El detective asintió con la cabeza. Estaba sentado junto a Frobisher. Los otros tres habían colocado sus sillas al extremo opuesto de la mesa y conversaban animadamente, aunque de una forma algo artificiosa.
—Sí; es magnífico —murmuró Hércules Poirot—. Magnífico... Un toro joven. Puede decirse que es el toro dedicado a Poseidón... Un perfecto ejemplar de vigorosa masculinidad.
—Parece bastante robusto, ¿verdad?
Frobisher suspiró. Sus agudos ojillos se volvieron y contemplaron a Hércules Poirot. Al cabo de un rato, dijo:
—Sé quién es usted y a qué se dedica.
—No es ningún secreto.
Poirot agitó una mano con gesto majestuoso. Pareció dar a entender que no «viajaba de incógnito», sino bajo su verdadero nombre.
Después de unos instantes, Frobisher preguntó
—¿Le ha traído la muchacha para que se encargue... del asunto?
—¿Del asunto?
—Lo del joven Hugh... Sí; ya veo que lo sabe todo. Mas lo que no acabo de comprender es por qué acudió la chica a usted... Tal vez no pensó que estas cosas caen fuera de su esfera de acción; que un médico estaría mucho más indicado.
—Yo me encargo de todo lo que se presente... Se sorprendería usted si supiera de la diversidad de casos en que he intervenido.
—Lo que quise decir es que no comprendo del todo qué espera ella de usted.
—La señorita Maberly es una luchadora tenaz —dijo Poirot.
El coronel Frobisher hizo un caluroso gesto de asentimiento.
—Sí; lo es. Una chica excelente. No se rinde jamás; pero de todas formas, ya sabe usted que hay cosas contra las que no es posible luchar...
Su cara tomó de pronto una expresión envejecida y cansada.
Poirot bajó la voz todavía más y murmuró discretamente :
—Tengo entendido que se han dado casos de demencia en la familia, ¿no es eso?
El otro asintió.
—Algún caso de vez en cuando —dijo—. Por lo general, media una generación o dos entre ellos. El abuelo de Hugh fue el último.
Poirot dirigió una rápida mirada hacia donde estaban los otros tres. Diana llevaba la conversación, riéndose y haciendo burla de Hugh. Cualquiera hubiera asegurado que ninguno de ellos tenían la menor congoja que los turbara.
—¿En qué forma se presenta la locura? —preguntó suavemente el detective.
—El abuelo se volvió loco furioso al final. Hasta los treinta años no dio señal alguna de ello... era perfectamente normal. Pero luego empezó a volverse loco. Hasta que la gente se dio cuenta de ello y gran cantidad de rumores empezaron a circular por ahí. Después ya se contó que estaban ocurriendo cosas que se trataba de ocultar. Bueno —se encogió de hombros—, acabo más loco que un cencerro. ¡Pobre diablo! Pero tenía manías homicidas y tuvieron que encerrarlo.