Con voz baja y malhumorada, dijo:
—¡Oh!, estaban ustedes ahí... Quisiera hablar con usted, señor Poirot. Venga a mi despacho.
Frobisher salió a la terraza y el detective siguió al almirante. Tuvo la sensación de que había sido llamado al puente de mando para dar cuenta de la guardia.
El almirante le indicó uno de los grandes sillones y tomó asiento en el opuesto. Poirot había quedado impresionado por la inquietud, nerviosismo e irritabilidad de Frobisher, signos evidentes de una gran tensión mental. Pero ante el almirante Chandler percibió una sensación de quieta y profunda desesperación.
Lanzando un profundo suspiro, Chandler comentó:
—No puedo evitar mi desagrado por el hecho de que Diana le haya hecho intervenir en este asunto... ¡Pobre chica! Ya sé lo duro que esto es para ella. Pero... bueno... es una tragedia que sólo nos incumbe a nosotros y creo, señor Poirot, que comprenderá usted perfectamente que no estamos dispuestos a permitir que los extraños se mezclen en ello.
—Puede estar seguro de que comprendo a la perfección sus sentimientos.
—La pobre Diana no lo puede creer... Tampoco lo creía yo al principio. Y ahora posiblemente no lo creería si no supiera...
Se detuvo.
—¿Qué es lo que sabe?
—Que lo llevamos en la sangre. Me refiero a esa tara hereditaria.
—¿Y a pesar de ello, aprobó usted el noviazgo?
El almirante Chandler se sonrojó.
—¿Quiere usted decir que podría haberme negado entonces? Sí; pero cuando ocurrió no tenía yo ni la más mínima idea de lo que pasaría. Hugh se parecía en todo a su madre... Nada en él recordaba a los Chandler y yo esperaba que la semejanza con ella fuera completa. Desde su niñez nunca dio muestras de anormalidad hasta ahora. Yo no podía saber que... ¡la verdad es que existen indicios de demencia en casi todas las familias de rancio abolengo!
Poirot preguntó en tono suave:
—¿No ha consultado usted con un médico?
—¡No; y no voy a hacerlo! El chico está bastante seguro aquí, bajo mi vigilancia. No puedo encerrarlo entre cuatro paredes como si fuera un animal salvaje.
—Ha dicho usted que aquí está seguro, ¿pero lo están los demás?
—¿Qué quiere decir con ello?
Poirot no contestó, pero miró fijamente a los ojos tristes y oscuros del viejo marino.
Al cabo de unos momentos, Chandler opinó con melancolía:
—Cada uno entiende de su oficio. Usted busca a un criminal y mi hijo no lo es, señor Poirot.
—Todavía no.
—¿Qué pretende, al decir todavía no?
—Estas cosas van tomando incremento... Aquellas ovejas...
—¿Quién le contó lo de las ovejas?
—Diana Maberly. Y también su amigo, el coronel Frobisher.
—George hubiera hecho muy bien callándose.
— ¿Es un viejo amigo de usted, ¿verdad?
—Mi mejor amigo —rezongó el almirante.
—¿Y era también amigo de... su esposa?
Chandler sonrió.
—Sí. Creo que George estuvo enamorado de Caroline, cuando ella era todavía una chiquilla. No se ha casado, y me figuro que ésa es la razón. En fin, yo fui el afortunado... o al menos, así lo pensé. La conseguí... para perderla.
Lanzó un suspiro y sus hombros se encorvaron aún más.
—¿Estaba con usted el coronel Frobisher cuando su esposa se... ahogó? —preguntó Poirot.
Chandler asintió.
—Sí. No se encontraba bien y se quedó en casa. Salimos Caroline y yo. Nunca he llegado a comprender cómo zozobró la embarcación. Debió de abrírsele de pronto una vía de agua. Nos encontrábamos en medio de la bahía y la marea subía violentamente. La sostuve hasta que no pude más... —su voz se quebró—. Su cuerpo fue rescatado dos días más tarde. ¡Menos mal que no llevábamos con nosotros al pequeño Hugh! Por lo menos, eso fue lo que pensé entonces... Ahora... bueno, tal vez hubiera sido mejor que lo hubiéramos llevado; todo hubiera terminado aquel día...
Volvió a lanzar un nuevo suspiro, profundo y desesperado.
—Somos los últimos Chandler, señor Poirot. Cuando desaparezcamos nosotros no habrá más Chandler en Lyde. El día en que Hugh inició su noviazgo con Diana, tuve la esperanza de que... Bueno, es mejor que no hablemos de ello. ¡Gracias a Dios, no han llegado a casarse! ¡Eso es todo lo que puedo decir!
4
Hércules Poirot estaba sentado en uno de los bancos de la rosaleda, junto a Hugh Chandler. Diana Maberly acababa de dejarlos.
El joven volvió la cara, de correctos rasgos, aunque de torturada expresión, y miró a su interlocutor.
—Debe hacer lo posible para que ella comprenda lo que ocurre, señor Poirot —dijo.
Hizo una pausa y luego prosiguió:
—Ya sabe usted que Diana no es de las que se rinden. Nunca aceptará un hecho que no hay más remedio que admitir. Continuará creyendo que yo... estoy sano.
—Mientras sigue usted creyendo que no lo está, ¿eh?
El muchacho dio un respingo.
—Todavía no he perdido la cabeza por completo... pero esto va empeorando. Diana no lo sabe. Sólo me ve cuando estoy... estoy... bien.
—Y cuando... no lo está, ¿qué sucede?
Hugh Chandler exhaló un profundo suspiro y dijo:
—En ciertos aspectos... todo ocurre en sueños; y cuando sueño me vuelvo loco. Anoche, por ejemplo, yo no era un hombre. Primero era un toro enloquecido... corriendo bajo la deslumbrante luz del sol... sintiendo en mi boca el sabor del polvo y la sangre. Y luego era un perro... un perrazo de fauces babeantes. Estaba rabioso... Los niños se dispersaban y corrían al verme llegar y los hombres trataban de pegarme un tiro. Alguien me puso delante un gran barreño de agua y no pude beber. ¡No pude beber...!
Se detuvo.
—Me desperté... y me di cuenta de que lo que había soñado era verdad. Fui hacia el lavabo. Tenía la boca reseca... horriblemente reseca. Y una gran sed. Pero no pude beber, señor Poirot... No podía tragar... ¡Oh, Dios mío!, no era capaz de beber.
Hércules Poirot profirió un murmullo de simpatía. Hugh Chandler prosiguió. Tenía las manos fuertemente cogidas a las rodillas. La cabeza adelantada y los ojos medio cerrados, como si viera algo que avanzara hacia él.
—Y luego hay cosas que no son sueños. Cosas que veo cuando estoy completamente despierto. Espectros; formas horribles que me miran. Y algunas veces puedo volar; puedo abandonar la cama y atravesar el aire. Corro con el viento... y los malos espíritus me hacen compañía.
Poirot chasqueó la lengua.
Fue un ligero ruidito que parecía contener una disculpa para lo que le estaban contando.
Hugh Chandler se volvió hacia él.
—No hay ninguna duda en ello. Lo llevo en la sangre. Es la herencia de mi familia y no tengo escape. ¡Gracias a Dios que me di cuenta a tiempo, antes de que me casara con Diana! Me horroriza pensar que hubiéramos podido tener un hijo al que le habría legado ese horrible mal.
Puso una mano sobre el brazo de Poirot
—Debe hacer usted lo que pueda para que ella lo comprenda. Debe decírselo. Es preciso que me olvide. Es preciso. Algún día encontrará a otro. Tiene a Steve Graham... Está perdidamente enamorado de ella y es un buen chico. Será feliz con él... estará segura. Quiero... que sea feliz. Graham no tiene mucho dinero, desde luego; y la familia de ella tampoco. Pero cuando yo muera no tendrán por qué padecer.
La voz de Hércules Poirot lo interrumpió:
—¿Por qué no tendrán que padecer cuando usted se muera?
Hugh Chandler sonrió. Fue una sonrisa gentil y amable.
—Tengo la herencia de mi madre. Tenía mucho dinero propio y me lo legó. Le dejaré todo mi dinero a Diana.
Poirot se recostó en su asiento y dijo simplemente:
—¡Ah!
Y luego comentó:
—Pero usted puede vivir muchos años, señor Chandler.
El joven sacudió la cabeza y replicó con sequedad:
—No, señor Poirot. Yo no llegaré a viejo.