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Luego se echó hacia atrás y se estremeció ligeramente.

—¡Dios mío! ¡Mire! —exclamó, mientras su vista se dirigía a un punto situado sobre el hombro de Poirot—. Ahí... junto a usted... es un esqueleto... chasquea los huesos. Me llama... me hace señas.

Sus ojos, con las pupilas dilatadas, quedaron fijos bajo su radiante luz solar. De pronto se inclinó hacia un lado, como si fuera a desplomarse.

Y luego, dirigiéndose a Poirot, dijo con voz que más bien parecía la de un niño:

—¿No ha visto usted nada?

El detective sacudió la cabeza.

El joven prosiguió con voz ronca:

—El ver cosas no me conmueve mucho. Lo que me asusta es la sangre. La sangre en mi habitación... en mis ropas. Teníamos un loro y una mañana apareció en mi dormitorio con el cuello cortado... y yo estaba en la cama, sosteniendo en mi mano una navaja de afeitar manchada de sangre.

Se inclinó, aproximándose a Poirot.

—Y últimamente han ocurrido más muertes de ésas —murmuró—. En los alrededores... en el pueblo... en las colinas. Ovejas, corderos... un perro de pastor. Mi padre me encierra por las noches; pero algunas veces... la puerta está bien abierta por la mañana. Debo tener una llave escondida en algún sitio, pero no sé ahora dónde la escondí. No lo sé. No soy yo quien hace esas cosas... es alguien que entra dentro de mí... que toma posesión de mí... que me convierte de hombre en un monstruo sediento de sangre y que no puede beber agua...

De pronto ocultó la cara entre las manos.

Al cabo de unos momentos Poirot preguntó:

—Todavía no comprendo por qué no ha visitado usted a un médico.

Hugh Chandler sacudió la cabeza.

—¿No lo entiende usted? Físicamente soy fuerte. Tan fuerte como un toro. Puedo vivir durante muchos años... muchos años... encerrado entre cuatro paredes. ¡No podría soportarlo! Sería mejor acabar de una vez. Ya sabe que hay muchos medios para ello. Un accidente, al limpiar la escopeta... y cosas así. Diana me comprenderá... se dará cuenta de que he elegido una salida para esto.

Miró desafiante a Poirot, pero el detective no respondió al reto. En su lugar, preguntó blandamente:

—¿Qué es lo que come y bebe usted?

El joven echó hacia atrás la cabeza y lanzó una carcajada.

—¿Pesadillas producidas por una indigestión? ¿Es eso lo que piensa?

Poirot se limitó a repetir:

—¿Qué es lo que come y bebe usted?

—Todo lo que comen y beben los demás.

—¿Ninguna medicina especial? ¿Ni sellos ni píldoras?

—Nada de eso. ¿Cree usted, en realidad, que unas pildoritas pueden curar mis padecimientos? —Y citó burlonamente—: «¿No puedes entonces auxiliar a una mente enferma?»

Hércules Poirot replicó secamente:

—Yo voy a probar. ¿Hay alguien en esta casa que sufra de una afección a los ojos?

Hugh Chandler lo miró fijamente y dijo:

—Los ojos de mi padre le han causado un cúmulo de molestias. Tiene que ir al oculista muy a menudo.

—¡Ah!

Poirot meditó durante unos momentos y luego preguntó:

—Según supongo, el coronel Frobisher pasó la mayor parle de su vida en la India, ¿no es cierto?

—Sí; perteneció al Ejército de la India. Es un entusiasta de ese país. Y no cesa de hablar de él... de sus tradiciones... de sus costumbres.

Poirot volvió a murmurar:

—¡Ah!

Luego observó:

—Veo que se ha cortado en la barbilla.

—Sí; un corte bastante molesto. Mi padre me dio un sobresalto el otro día, cuando me estaba afeitando. Hace tiempo que tengo los nervios de punta. Y ahora me ha quedado esta rozadura. Me molesta mucho cuando me afeito.

—Debería usar crema suavizante —observó Poirot.

—Ya la utilizo. El tío George me la dio.

Rió de pronto.

—Hablamos como si estuviéramos en un instituto de belleza femenina. Lociones, cremas suavizantes, píldoras y trastornos de la vista. ¿Qué conseguiremos con ello? ¿Qué es lo que se propone usted, señor Poirot?

El detective contestó tranquilamente:

—Estoy tratando de hacer todo lo posible por Diana Maberly.

Las maneras de Hugh cambiaron. Su cara tomó una expresión seria. Volvió a poner una mano sobre el brazo de Hércules.

—Sí; haga lo que pueda por ella. Dígale que debe olvidarme. Dígale que no conseguirá nada esperando... Dígale alguna de las cosas que le acabo de contar... Dígale... ¡Oh, dígale que, por amor de Dios, se aparte de mí! Eso es lo único que por mí puede hacer ahora. ¡Alejarse... y tratar de olvidar!

5

—¿Tiene usted valor, señorita? ¿Se siente con ánimos suficientes? Porque va a necesitarlos.

Diana exclamó:

—Entonces, es cierto, ¿verdad? ¿Está loco?

Hércules Poirot replicó:

—No soy un alienista, señorita. Y, por lo tanto, no puedo decir si está cuerdo o loco.

Ella se aproximó más al detective.

—El almirante Chandler cree que sí lo está y George Frobisher también. Hasta el propio Hugh está convencido de ello...

Poirot la contempló.

—¿Y usted, señorita?

—¿Yo? ¡Yo digo que no está loco! Por eso...

Se detuvo.

—¿Por eso acudió usted a mí?

—Sí. No podía tener otra razón para ello, ¿no lo cree?

—Eso es justamente lo que me he estado preguntando hasta ahora, señorita.

—No lo entiendo.

—¿Quién es Stephen Graham?

Ella lo miró fijamente.

—¿Stephen Graham? ¡Oh!, es... tan sólo un conocido.

La joven cogió al detective por el brazo.

—¿Qué es lo que piensa usted? ¿Qué es lo que se imagina? Hasta ahora se ha limitado a estarse quieto, detrás de esos bigotes, con los ojos medio cerrados y sin decirme nada. Me asusta usted... ¡ah! estoy terriblemente asustada. ¿Por qué me hace sentir este temor?

—Tal vez porque yo también esté atemorizado.

Los ojos de profundo color gris se abrieron de par en par y se fijaron en él. La muchacha murmuró:

—¿Qué es lo que teme?

Hércules Poirot exhaló un profundo suspiro.

—Es mucho más fácil coger a un asesino que evitar un asesinato —replicó.

—¿Asesinato? —exclamó la joven—. No utilice esa palabra.

—No tengo más remedio que usarla.

Poirot cambió el tono de su voz, habló rápida y perentoriamente.

—Señorita, es necesario que usted y yo pasemos la noche en Lyde Manor. Espero que se encargará de arreglar los detalles precisos. ¿Lo podrá hacer?

—Sí... supongo que sí. Pero, ¿por qué?

—Porque no hay tiempo que perder. Me dijo antes que tenía valor, pues demuéstrelo ahora. Haga lo que le he dicho y no pregunte nada acerca de ello.

La muchacha asintió sin proferir palabra y se alejó.

Al cabo de unos momentos Poirot entró en la casa. Desde la biblioteca le llegó la voz de la muchacha y la de tres hombres. Subió por la ancha escalera. En el piso superior no había nadie.

No le costó mucho trabajo encontrar la habitación de Hugh Chandler. En uno de los rincones vio un lavabo con grifos de agua fría y caliente. Encima de él, sobre un estante de cristal, había unos cuantos tubos, tarros y botellas.

Hércules Poirot se puso a trabajar rápida y eficientemente.

Lo que debía hacer no le llevó mucho tiempo. Se encontraba ya en el vestíbulo cuando Diana salió de la biblioteca. La muchacha tenía la cara enrojecida y su aspecto demostraba la rebeldía que sentía interiormente.

—Ya está todo arreglado —dijo.

El almirante Chandler hizo pasar a Poirot a la biblioteca y cerró la puerta tras él.

—Oiga, señor Poirot —dijo—. Esto no me gusta nada.

—¿Qué es lo que no le gusta nada, almirante Chandler?

—Diana ha insistido en que ella y usted deben pasar aquí la noche. No quisiera parecer inhospitalario.

—No es cuestión de hospitalidad.

—Como le decía, no quisiera parecerlo... pero, francamente, no me gusta, señor Poirot. No... no quiero que se queden. No llego a comprender la razón de ello. ¿Qué posibles beneficios conseguiremos?