Capítulo VIII
Los caballos de Diomedes
1
Sonó el teléfono.
—¿Es usted, Poirot?
El detective reconoció la voz del joven doctor Stoddart. Apreciaba a Michael Stoddart; le gustaba la timidez amistosa de su sonrisa; le divertía su ingenuo interés por los asuntos relacionados con el crimen y le respetaba como hombre infatigable y entendido en la profesión que había escogido.
—No sabe cuánto siento molestarle... —la voz titubeó.
—Pero algo le preocupa, ¿verdad? —suspiró Hércules Poirot agudamente.
—Así es —la voz de Michael Stoddart pareció reflejar su alivio—. Acertó usted.
—Eh bien, ¿en qué puedo ayudarle, amigo mío?
Stoddart habló con timidez y tartamudeó un poco al contestar:
—Me figuro... que será una gran desfachatez por mi parte si... le ruego que venga a estas horas de la noche... Pero me encuentro en un pequeño apuro y...
—Claro que iré. ¿A su casa?
—No... Me encuentro ahora en el callejón que hay detrás de ella. En el número diecisiete de Connigby Mews. ¿Es cierto que puede venir? No sabe cuánto se lo agradezco.
—Estaré ahí dentro de un momento —replicó Poirot.
2
Hércules Poirot recorrió el oscuro callejón mirando el número de las casas. Hacía rato que había sonado la una de la madrugada y, en su mayoría, el vecindario se había ido a la cama, aunque todavía se veía luz en una o dos ventanas.
Cuando llegó frente al número 17 se abrió la puerta y apareció el doctor Stoddart en el umbral.
—¡Es usted un hombre de palabra! —dijo—. ¿Quiere subir?
Una empinada escalera conducía al piso superior. En él, a la derecha, había un salón de grandes proporciones, amueblado con divanes, alfombras y cojines plateados de forma triangular. Gran cantidad de botellas y vasos estaban esparcidos por la habitación.
Reinaba el desorden por doquier, colillas por todas partes y algunos vasos rotos.
—¡Ah! —exclamó Poirot—. Mon chéri Watson, deduzco que aquí se ha celebrado una fiesta.
—Sí; la han estado celebrando —respondió Stoddart frunciendo el ceño.
—¿No estuvo usted en ella?
—No. He venido para cumplir mis órdenes profesionales.
—¿Qué ocurrió?
—Esta casa pertenece a una mujer llamada Patience Grace... la señora Patience Grace —dijo Stoddart.
—Parece un nombre encantador y algo anticuado —opinó Poirot.
—No hay nada de encantador ni de anticuado en la señora Grace. Tiene buena presencia, aunque algo vulgar. Se ha casado varias veces y ahora la acompaña un amiguito del que está celosa pues cree que se ha cansado de ella. Empezaron la fiesta bebiendo y la terminaron con drogas... Si uno toma esas porquerías en pequeña escala se siente un superhombre y todo lo ve de color de rosa. Se siente eufórico y cree que es capaz de hacer muchas más cosas que de costumbre. Pero si se absorbe gran cantidad, se produce la violenta excitación mental, acompañada de alucinaciones y delirio. La señora Grace tuvo un fuerte altercado con su amigo; un tipo desagradable llamado Hawker. El resultado fue que el individuo la mandó a paseo y se marchó y ella se asomó a la ventana y le disparó un tiro con un flamante revólver que algún imbécil tuvo la mala ocurrencia de poner en sus manos.
Hércules Poirot levantó las cejas.
—¿Y le acertó?
—¡Ni soñarlo! La bala dio a unas cuantas yardas de él. Pero hirió a un pobre vagabundo que andaba por allí rebuscando en los cubos de la basura. Le atravesó la parte carnosa del brazo. Como es natural, armó un escándalo de mil diablos y la pandilla de juerguistas se apresuró a hacerle entrar aquí. Se alarmaron al ver la sangre que derramaba y vinieron a buscarme.
—¿De veras?
—Le eché un gran remiendo al brazo. No era cosa seria. Luego, entre dos de los individuos empezaron a embaucarle y al final accedió a tomar un par de billetes de cinco libras y a olvidarse de lo que había pasado. Al pobre diablo le arreglaron la noche. Tuvo un magnífico golpe de suerte.
—¿Y usted?
—Yo tuve que trabajar un poco más. La señora Grace tenía por entonces un agudo ataque histérico. Le di algo para calmarla y la mandé a la cama. Había otra chica que tampoco se encontraba bien... una muchacha joven a quien, asimismo, tuve que atender... Y entretanto, los demás empezaron a desfilar todo lo aprisa que podían.
Hizo una pausa.
—Entonces —comentó Poirot— tuvo usted tiempo para recapacitar sobre lo que había ocurrido.
—Exactamente —contestó Stoddart—. Si se hubiera tratado de una pandilla de borrachines no me hubiera preocupado lo más mínimo. Pero tratándose de drogas...
—¿Está usted seguro de que tomaron drogas?
—Por completo. No podía equivocarme. Encontré restos de una cajita de laca; pero lo que interesa es saber de dónde provienen. Recuerdo que hace unos días habló usted de un gran incremento que se observa entre los adictos de las drogas.
Hércules Poirot asintió y dijo:
—La policía se interesará mucho por esta fiesta.
Michael Stoddart replicó con acento intranquilo:
—Eso es precisamente...
Poirot lo miró, como si hubiera despertado en él un súbito interés.
—Pero a usted... no le conviene que la policía intervenga, ¿verdad? —observó.
Stoddart murmuró:
—Hay gente inocente que se ve mezclada en estas cosas... y se encuentra en un verdadero apuro.
—¿Es la señora Grace por quien siente tanta solicitud?
—¡Válgame Dios! No. Ésa sabe cuidar muy bien de sí misma.
—Entonces, es la otra... la muchacha... —dijo Poirot lentamente.
—Desde luego —replicó el médico—. En cierto aspecto, también es una buena pieza. Es decir, ella misma se describe así. Pero, en realidad, es muy joven y un poco alocada... tan sólo chiquilladas. Se ha mezclado con una pandilla como ésta porque se ha figurado que ello es elegante, moderno, o cualquier cosa por el estilo.
Una ligera sonrisa asomó a los labios de Poirot.
—¿Tuvo ocasión de conocer a esa joven antes de ahora? —preguntó con suavidad.
Michael Stoddart asintió. Parecía un colegial cogido en falta.
—La encontré en Mertonshire, en un baile. Su padre es un general retirado, de los de «¡Rayos y truenos, matadlos a todos!», un pukka sahib... Ya sabe a qué tipo me refiero. Son cuatro hermanas; todas ellas un tanto indómitas... y yo creo que el padre tiene la culpa. El sitio donde viven no es de los más convenientes; cerca de una fábrica de armamentos. Hay por allí gente de dinero que no tiene ninguno de los sentimientos anticuados de la gente que vive en el campo. Ricos y viciosos por lo general. Las chicas se han encontrado con mala compañía.
Poirot lo contempló pensativamente durante unos momentos y luego dijo:
—Ahora me doy cuenta de por qué deseaba mi presencia. ¿Quiere que me encargue del asunto?
—¿Lo hará? Creo que debe intentarse algo..., pero le confieso que me gustaría mantener a Sheila Grant apartada de esto.
—Tal vez pueda hacerse algo. Me encantaría ver a esa joven.
—Venga por aquí.
Salieron de la habitación. Desde una puerta salió una voz quejumbrosa.
—Doctor... por amor de Dios, doctor; que me voy a volver loca.
Stoddart entró en el dormitorio y Poirot le siguió. El cuarto presentaba un aspecto caótico. Polvos de tocador derramados por el suelo; tarros y botes de crema por doquier y ropas tiradas sobre los muebles. En la cama estaba tendida una mujer de cabellos rubios, teñidos, y cara de aspecto estúpido y vicioso.
—Un millón de insectos me corren por el cuerpo... se lo aseguro —exclamó—. Me voy a volver loca... Déme algo, por lo que más quiera.