—Madame, madame —exclamó Hércules Poirot—. Va demasiado de prisa.
—¡Tonterías! Usted se propone algo.
—¿Está familiarizada con los clásicos, madame?
—¿Qué tienen que ver los clásicos con todo esto?
—Pues verá usted. Estoy emulando a mi ilustre predecesor Hércules. Uno de los «trabajos» que llevó a cabo fue la doma de los caballos de Diomedes.
—No me diga que ha venido a domar caballos; a su edad... y con esos zapatos de charol que siempre lleva. No creo que haya montado a caballo en su vida.
—Los caballos, madame, son simbólicos. Eran caballos salvajes que comían carne humana.
—¡Qué mal gusto! Opino que los antiguos griegos y romanos tenían muy mal gusto. No sé por qué los clérigos tienen tanta afición a los clásicos. Los citan a cada dos por tres; de una parte nunca sabes qué es lo que quieren decir y, por otra, me parece que el tema principal de todo lo clásico es impropio para gente de iglesia. La literatura demasiado pecaminosa... y todas estas estatuas sin una mala prenda encima. Y no es que yo haga mucho caso de ello, pero ya sabe cómo se enfadan los pastores de nuestras iglesias cuando ven entrar a una chica que no lleva medias... Veamos, ¿dónde estaba?
—No se lo puedo decir.
—Supongo, miserable, que no querrá confesar si la señora Larkin envenenó a su marido. ¿O tal vez Anthony Hawker es el asesino del baúl de Brington?
Miró al detective como si esperara que éste le hiciera alguna confidencia, pero la cara de Poirot permaneció impasible.
—Puede tratarse de una falsificación —especuló lady Carmichael—. Hace unos días vi a la señora Larkin en el Banco. Acababa de cobrar un cheque de cincuenta libras, y me pareció entonces una cantidad demasiado elevada para cobrarla en efectivo. No: no es eso... si hubiera sido una falsificadora hubiera ingresado el cheque en su cuenta, ¿verdad? Oiga, Hércules Poirot; si se queda ahí callado, mirándome como una lechuza, le tiro algo a la cabeza.
—Debe tener usted un poco de paciencia —dijo el detective.
4
Ashley Lodge, la residencia del general Grant, no era una casa de grandes dimensiones. Estaba situada en la ladera de una colina; tenía buenos establos y un jardín bastante descuidado.
Su interior estaba, como diría un corredor de fincas, «completamente amueblado». Panzudos Budas contemplaban a los visitantes desde diversas hornacinas. Bandejas y mesas de bronce de Benarés ocupaban la mayor parte del espacio disponible. Procesiones de elefantes adornaban las repisas de las chimeneas y afiligranados trabajos de bronce colgaban de las paredes.
En mitad de este hogar angloindio estaba sentado el general Grant, ocupando un raído sillón, mientras una de sus piernas, envuelta en vendajes, reposaba en otra silla.
—Gota —explicó—. ¿No tuvo nunca gota, señor... ejem... Poirot? ¡Le despierta a cualquiera un genio de mil diablos! Mi padre tuvo la culpa. Bebió Oporto toda su vida... igual que mi abuelo; y entre los dos me hicieron la pascua. ¿Quiere usted una copa? Toque esa campanilla para que acuda mi asistente.
Apareció un criado tocado con un turbante. El general Grant se dirigió a él llamándole Abdul, y le ordenó que trajera el whisky y un sifón. Cuando volvió el sirviente, su amo vertió una ración tan generosa que Poirot se vio obligado a protestar.
—Siento no poder acompañarle, señor Poirot —el hombre miró con tristeza el vaso—. El «wallah» médico me ha dicho que es veneno para mí. No creo que sea para tanto. Los médicos son unos ignorantes. Parece como si disfrutaran de privar a un hombre de lo que le gusta, tanto de comer como de beber. Y permite solamente que tome una porquería como es el pescado hervido. ¡Pescado hervido... puaf!
Indignado, el general movió su pie enfermo, lo que le hizo lanzar un alarido de agonía y dolor y algunas fuertes expresiones.
Pidió perdón por su léxico.
—Me siento como un oso con dolor de cabeza. Mis chicas dejan el campo libre cuando tengo uno de los ataques de gota. No creo que deba recriminarles por ello. He oído decir que conoce usted a una de ellas.
—Si; he tenido ese gusto. ¿Tiene usted varias hijas?
—Cuatro —replicó el general lúgubremente—. Ni un chico entre ellas. Cuatro deslumbrantes muchachas. En estos días constituyen un problema.
—Tengo entendido que todas son encantadoras.
—No están mal del todo... no están mal. Pero nunca puedo saber qué es lo que se proponen. No se puede dominar a las muchachas en estos tiempos. Son tiempos de indisciplina... demasiada libertad. ¿Qué puede hacer uno? No puedo encerrarlas, ¿no le parece?
—Supongo que gozarán de popularidad entre el vecindario.
—Algunas de las viejas no las pueden ver —dijo el viejo militar—. Hay mucho borrego disfrazado de cordero por estos alrededores. Uno debe tener cuidado. Casi me pesca una de esas viudas de ojos azules. Solía rondar por aquí, ronroneaba como un gato... «¡Pobre general Grant... qué vida tan interesante ha debido pasar!» —el general levantó un dedo y se lo aplicó a la nariz—. Es demasiado descaro, señor Poirot. Pero, al fin y al cabo, éste es un rincón del mundo que no está del todo mal. Me gustaba el campo cuando se vivía en el campo... sin automóviles, ni jazz, ni la vociferante y latosa radio. Jamás permití que instalaran una en casa. Un hombre tiene perfecto derecho a gozar de un poco de paz en su propio hogar.
Suavemente, Poirot condujo la conversación hasta que se refirió a Anthony Hawker.
—¿Hawker? ¿Hawker? No le conozco. Sí; sí le conozco. Un tipo de aspecto asqueroso; tiene los ojos demasiado juntos. No se fíe de nadie que sea incapaz de mirarle a la cara.
—Es amigo de su hija Sheila, ¿verdad?
—¿De Sheila? No lo sabía. Las chicas nunca me dicen nada —arrugó el entrecejo, mientras los ojos azules y penetrantes miraban sin pestañear a Hércules Poirot—. Oiga, señor Poirot, ¿a qué viene todo esto? ¿Tendría inconveniente en decirme para qué ha venido a verme?
Poirot contestó lentamente:
—Eso va a ser un poco difícil... tal vez ni yo mismo lo sepa. Sólo le diré esto: su hija Sheila y quizá todas sus hijas tienen amistades poco recomendables.
—Se han unido a una pandilla de sinvergüenzas, ¿verdad? Algo me temía yo. He oído algunas cosas por ahí —miró patéticamente a Poirot—. Pero, ¿qué he de hacer yo, señor Poirot? ¿Qué he de hacer yo?
El detective sacudió perplejo la cabeza.
El general Grant prosiguió:
—¿Y qué es lo que pasa con esa pandilla a la que se han juntado?
Poirot contestó con otra pregunta:
—¿No ha notado, general, si alguna de sus hijas ha estado caprichosa y excitada... y luego deprimida, nerviosa y de un talante...?
—¡Maldita sea! Habla usted como si fuera médico. No; no me di cuenta de nada de todo eso.
—Menos mal —dijo Poirot con gravedad.
—¿Qué diablos significa todo eso, caballero?
—¡Drogas!
—¿Qué?
La palabra pareció un rugido.
Poirot prosiguió:
—Se ha intentado convertir a su hija Sheila en una adicta de las drogas. El hábito se adquiere rápidamente. Una semana o dos son suficientes. Cuando una persona se habitúa a ellas es capaz de pagar y hacer cualquier cosa, con tal de conseguir nuevas dosis. Puede imaginarse qué sabrosos resultados económicos conseguirá el encargado de repartirlas.