Выбрать главу

Sheila se estremeció y exhaló un suspiro.

—Es terrible si se considera así. ¡Y sin embargo, es verdad! Nunca me di cuenta de ello hasta aquella noche en Londres, cuando me habló el doctor Stoddart. Fue tan sincero... y lo expuso con tanta seriedad... Entonces vi claro cuan perverso era lo que había estado haciendo... Antes de ello, yo creía que... era una cosa como beber en horas prohibidas... algo que la gente estaba dispuesta a pagar; pero que no tenía ninguna consecuencia fatal.

—¿Y ahora? —preguntó Poirot.

—Haré lo que me ordene —contestó Sheila Grant—. Hablaré con las otras —y añadió—: No creo que el doctor Stoddart quiera volver a dirigirme la palabra.

—Al contrario —dijo el detective—. Tanto el doctor Stoddart como yo estamos dispuestos a ayudarla en todo lo que podamos. Puede tener usted confianza en nosotros. Pero hay que hacer una cosa. Hay una persona que debe ser destruida, aniquilada por completo; y sólo usted y sus hermanas pueden lograrlo. Las pruebas que pueden presentar ustedes cuatro constituyen el único medio para poder condenarla.

—¿Se refiere usted... a mi padre?

—A su padre no, mademoiselle. ¿No le he dicho nunca que Hércules Poirot lo sabe todo? La fotografía de usted fue fácilmente identificada por la policía. Usted es Sheila Kelly... una joven reincidente ladrona de establecimientos comerciales, que fue enviada a un reformatorio hace algunos años. Cuando salió del reformatorio conoció a un nombre que se hacía llamar general Grant y que le ofreció este empleo... el empleo de «hija». Le prometió mucho dinero; mucha diversión y una vida fácil. Todo lo que debía hacer usted era introducir el uso del «rapé» entre sus amigos, pretendiendo siempre que se lo había dado otra persona. Sus «hermanas» estaban en el mismo caso.

Hizo una pausa.

—Vamos, mademoiselle —prosiguió—. Ese hombre debe ser desenmascarado y sentenciado. Después...

—Sí. Y después, ¿qué?

Poirot tosió y dijo, mientras sonreía:

—Será usted dedicada al servicio de los dioses...

7

Michael Stoddart miró asombrado a Poirot.

—¿El general Grant? ¿Es posible?

—Precisamente, mon chéri. Como dijo usted, toda la mise en scéne era demasiado artificiosa. Los Budas, los bronces de Henares y el criado indio. ¡Y también la gota! Es una enfermedad pasada de moda. Sólo la tienen los caballeros de mucha edad; no el padre de unas muchachas de diecinueve años.

»Pero, además —continuó—, quise asegurarme de ello. Cuando me levanté para irme, hice como si tropezara, y para sostenerme me cogí al pie enfermo del general. Tan perturbado estaba el hombre por lo que acababa de decir, que ni siquiera se dio cuenta de ello. Sí; es demasiado artificial ese general. Tout de méme, fue una idea ingeniosa. El coronel angloindio retirado del servicio activo; un conocidísimo tipo de comedia que sufre del hígado y tiene un genio pésimo. Pero fue a residir, no entre otros oficiales del ejército, sino a un milieu demasiado caro para cualquier militar retirado. Donde había gente rica, de Londres; un excelente mercado para colocar la «mercancía». ¿Y quién iba a sospechar de cuatro vivarachas y atractivas muchachas? Si algo se descubría serían condenadas como víctimas... De eso podía estar seguro.

—¿Cuál era su propósito cuando fue a visitar al general? ¿Quería ponerle sobre aviso?

—Sí. Deseaba ver qué era lo que sucedería. No tuve que esperar mucho. Las chicas recibieron órdenes. Anthony Hawker, que era una de sus víctimas, debía de ser quien pagara las consecuencias. Sheila debía hablarme del frasco que Tony dejó en el vestíbulo. Casi no tuvo ocasión de hacerlo... pero la otra muchacha lanzó un colérico «¡Sheila!» y ésta justamente pudo balbucear la advertencia que me destinaba.

Michael Stoddart se levantó y empezó a pasear por la habitación.

—Sepa usted que no voy a perder de vista a esa chica. He formado una buena teoría sobre las tendencias criminales de los adolescentes: Si se fija usted en la vida hogareña de cualquier familia, casi siempre encontrará...

Poirot le interrumpió:

Mon chér! —dijo—, profeso el más profundo respeto por su ciencia. Y no tengo ninguna duda de que sus teorías darán un resultado admirable, por lo que respecta a la señorita Sheila Kelly.

—Y a las demás también.

—Las demás, tal vez. Puede ser. De la única de que estoy seguro es de la pequeña Sheila. La domará, no lo dude. A decir verdad, ya come en su mano...

Michael Stoddart se ruborizó y dijo:

—¡Qué sarta de tonterías está usted diciendo, Poirot!

Capítulo IX

El cinturón de Hipólita

1

Una cosa conduce a otra, como suele decir Hércules Poirot, sin mucha originalidad por cierto. Y añade que esto no se puso nunca tan de manifiesto como en el caso del Rubens robado. No le interesó mucho aquel asunto del cuadro, pues, por una parte, Rubens era un pintor que no le gustaba y, de otra, las circunstancias del robo fueron de lo más vulgares. Se hizo cargo del caso para quedar bien con Alexander Simpson, con quien acababa de trabar amistad y, además, por ciertas razones privadas no muy ajenas a los clásicos.

Después de producirse el robo, Alexander Simpson lo mandó llamar y vertió sobre él todas sus cuitas. El Rubens acababa de ser descubierto. Era una obra maestra desconocida hasta entonces, pero no había duda respecto a su autenticidad. Fue expuesto en las Galerías Simpson y robado en pleno día. Por aquel entonces, los obreros parados seguían la táctica de detenerse en los cruces de las principales calles y penetrar en el Ritz. Unos cuantos de ellos invadieron las Galerías Simpson y se tendieron en el suelo enarbolando una pancarta que decía: «El arte es un lujo. Dad de comer a los hambrientos.» Acudió la policía y se arremolinaron los curiosos. Hasta que los manifestantes no salieron de allí ante la fuerza del brazo de la Ley nadie se dio cuenta de que el nuevo Rubens había sido cortado limpiamente de su marco y había desaparecido.

—Es un cuadro pequeño —explicó el señor Simpson—. Cualquiera pudo ponérselo bajo el brazo y llevárselo, mientras los demás contemplaban a esos idiotas de obreros parados.

Se descubrió que aquellos obreros habían sido pagados para que tomaran parte, aunque inocente, en el robo. Les dijeron que fueran a manifestarse en las Galerías Simpson, pero no se enteraron de la razón hasta que pasó todo.

Hércules Poirot pensó que fue una treta muy divertida, mas no veía qué era lo que podía hacer en aquel asunto. La policía, según indicó, podía ocuparse muy bien de aquel robo tan claro.

—Óigame, Poirot —rogó Alexander Simpson—. Conozco al que robó el cuadro y sé adonde irá a parar.

Según el propietario de las Galerías Simpson, fue robado por una banda de aventureros internacionales, que trabajaba por cuenta de cierto millonario, el cual no tenía ningún inconveniente en adquirir obras de arte a precios sorprendentemente bajos... sin preguntar nada. El Rubens, dijo Simpson, sería llevado a Francia, donde pasaría a poder del millonario. La policía inglesa y la francesa estaban alerta; pero Simpson opinaba que no conseguirían nada.

—Y una vez que el cuadro obre en poder de ese perro sarnoso, se complicarán todavía más las cosas —añadió—. Los hombres acaudalados deben ser tratados con toda clase de miramientos. Y ahí es donde entra usted. La situación se volverá de una delicadeza extrema y usted es el hombre apropiado.

Por último, sin ningún entusiasmo, Hércules Poirot se vio obligado a aceptar la tarea. Convino en salir inmediatamente para Francia. No tenía gran interés por la misión que lo llevaba; pero gracias a ella se vio mezclado en el caso de la Colegiala Desaparecida, el cual sí que le interesó en alto grado.