3
El detective Hearn miró a Poirot con curiosidad.
—No sabía que tuviera usted tanto interés por ese caso —dijo.
—¿Le advirtió el inspector jefe Japp que yo hablaría con usted respecto a ello?
Hearn asintió.
—Me dijo que vendría usted para cuidarse de otras cosas y que nos echaría una mano en este rompecabezas. Pero no le esperaba ahora, cuando todo se ha resuelto. Creí que estaría trabajando en sus propios asuntos.
—Mis asuntos pueden esperar. Lo que me interesa es este caso. Lo calificó usted de rompecabezas y ha dicho que ya está resuelto. Pero me parece que el problema sigue siendo el mismo.
—Bueno, señor; hemos encontrado a la niña y no está herida ni ha sido maltratada. Eso es lo principal.
—Pero no resuelve la cuestión de cómo ni por qué la encontraron, ¿verdad? ¿Qué es lo que dice ella? La reconoció un médico, ¿verdad? ¿Qué opina?
—Que la narcotizaron. Todavía no se ha repuesto del todo y, por lo visto, no recuerda casi nada de lo que le ocurrió después de salir de Cranchester. Parece como si todo ello le hubiera sido borrado de la memoria. El médico cree que, posiblemente, hubo una ligera contusión. Tiene un chichón en la parte posterior de la cabeza, lo que pudo producir una completa pérdida de la memoria.
—Lo cual resulta muy conveniente... para alguien —observó Poirot.
El inspector Hearn replicó con acento dubitativo:
—¿Cree usted que la chica nos oculta algo, señor
—¿Lo cree usted?
—No. Estoy seguro de que no. Es una buena chica... tal vez demasiado infantil para su edad.
—No. No está disimulando —Poirot sacudió la cabeza—. Pero me gustaría saber cómo salió del tren. Necesito conocer al responsable de ello... y enterarme de por qué lo hizo.
—En cuanto a eso último, parece aceptable que fue un intento de rapto, señor. Querían retenerla para pedir rescate.
—Pero no lo hicieron.
—Perdieron la cabeza cuando vieron la polvareda que se levantaba... y se apresuraron a dejarla al lado de la carretera.
Poirot preguntó, escéptico:
—¿Y qué rescate esperaban conseguir de un canónigo de la catedral de Cranchester? Los dignatarios de la Iglesia anglicana no son potentados.
El inspector Hearn comentó alegremente:
—En mi opinión, ha sido una chapuza hecha por gente inexperta.
—Ah, ¿ésa es su opinión?
Hearn se sonrojó.
—¿Cuál es la suya? —preguntó.
—Quiero saber a ciencia cierta cómo salió del tren.
La cara del oficial se ensombreció.
—Ése sí que es un verdadero misterio. Estuvo en el coche restaurante, charlando con las otras chicas, y cinco minutos después se desvaneció... «presto»... como en un juego de manos.
—Eso es, como por arte de magia. ¿Quién más iba en el coche donde reservó los departamentos la señorita Pope?
El inspector Hearn asintió.
—Es un buen detalle, señor. Muy importante, porque precisamente era el último coche del tren y tan pronto como volvió la gente del restaurante, cerraron las puertas de comunicación entre los coches. Lo hacen con objeto de que los pasajeros no se agolpen pidiendo té, antes de limpiarlo todo después de las comidas. Winnie King volvió a su coche con las demás. El colegio había reservado tres departamentos.
—¿Y quién ocupaba los restantes de aquel vagón?
Hearn sacó su libro de notas.
—La señorita Jordan y la señorita Butters, dos solteronas de mediana edad que iban a Suiza. Nada de particular respecto a estas dos; altamente respetables y muy conocidas en Hampshire, de donde provenían. Dos viajantes de comercio franceses; uno de Lyon y otro de París. Personas honorables ambos. Un joven llamado James Elliot y su esposa... ¡vaya señorita decorativa! El chico no tiene muy buena reputación; la policía sospecha que ha intervenido en algunas transacciones bastante dudosas; pero nunca se dedicó a raptar niños. Sea como fuere, se registró cuidadosamente el departamento donde viajaba el matrimonio, aunque no se encontraba nada en el equipaje que indicara su participación en el asunto. Al fin y al cabo, no sé de qué manera tenían que haberlo hecho. Además de los nombrados, estaba también una señora americana, la señora Van Suider, que iba a París. Aunque nada sabemos de ella, su aspecto no era sospechoso. Y éstos eran todos.
—¿Se comprobó definitivamente que el tren no se detuvo antes de salir de Amiens? —preguntó Poirot.
—No paró en ningún sitio. Aflojó la marcha en una ocasión, pero no lo suficiente para permitir que alguien saltara a la vía, a menos que se lastimara y a riesgo de matarse.
Hércules murmuró:
—Eso es lo que hace el problema tan interesante. La colegiala se esfumó tan pronto como salieron de Amiens. Y reapareció justamente en las afueras de esa población. ¿Dónde estuvo entretanto?
El inspector Hearn sacudió la cabeza.
—No tiene sentido. Y a propósito; me dijeron que preguntó usted algo acerca de unos zapatos... los de la muchacha. Llevaba los suyos cuando la encontraron, pero un empleado del ferrocarril encontró un par de ellos en la vía. Se los llevó a casa, pues parecía estar en buen uso. Zapatos recios y negros.
—¡Ah! —suspiró Poirot, como si sintiera un repentino alivio.
El policía preguntó con curiosidad:
—No comprendo el significado de los zapatos, señor.
—Vienen a confirmar una teoría —replico Poirot—. Una teoría acerca de cómo se llevó a cabo el juego de manos.
4
El colegio de la señorita Pope, como muchos otros de su clase, estaba situado en Neilly. Mientras contemplaba su respetable fachada, Hércules Poirot se vio envuelto por una ola de muchachas que salían por sus portales.
Contó veinticinco de ellas. Todas vestían uniforme de color azul oscuro y llevaban en la mano sombreritos ingleses de terciopelo de igual color, cuya banda ostentaba el distintivo, púrpura y oro, que la señorita Pope había elegido para su colegio. Las edades oscilaban entre los catorce y los dieciocho años. Los tipos eran de lo más variado; gordas y flacas, rubias y morenas, larguiruchas y garbosas. Al final, acompañada por una de las más jóvenes, venía una mujer de cabellos grises y aspecto inquieto que, según juzgó Poirot, debía ser la señorita Burshaw.
El detective se quedó mirando cómo se alejaban las muchachas y luego apretó el botón del timbre y preguntó por la señorita Pope.
La señorita Lavinia Pope era una persona completamente diferente de la señorita Burshaw. Tenía personalidad y sabía infundir respeto. Tenía esa patente superioridad sobre los demás que constituye uno de los más preciados dones de una directora de colegio.
Se peinaba con distinción el pelo gris y llevaba un traje severo, pero elegante. Era competente y parecía saberlo todo.
El salón donde recibió a Poirot daba idea de su cultura. Estaba amueblado con distinción y adornado con flores y algunas fotografías dedicadas por antiguas alumnas que ahora brillaban en el mundo; muchas de ellas ataviadas con el traje con que fueron presentadas en sociedad. En las paredes se veían también varias reproducciones de las mas famosas obras pictóricas y algunas acuarelas de excelente factura. La habitación estaba limpia y pulida en grado sumo. Hacía pensar al visitante que ni una mota de polvo tendría osadía de posarse sobre tan deslumbrante brillantez.
La señorita Pope recibió a Poirot con la competencia de una persona cuyos juicios raramente fallan.
—¿Monsieur Hércules Poirot? Conozco su nombre, desde luego. Supongo que habrá venido con motivo del desafortunado asunto de Winnie King. Ha sido un incidente muy penoso.
Pero ella no parecía muy apenada. Afrontaba el desastre en la única forma aconsejable, es decir, tratándolo con mucha competencia y reduciéndolo, por lo tanto, hasta hacerlo parecer casi insignificante.