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—Es una idea —comentó lentamente Poirot.

—No soy inteligente, desde luego —explotó la mujer—. Pero... sé disimular bien. Tiene que ser así, pues de otra forma pronto se quedaría una sin el empleo de señora de compañía. Y he comprobado que al parecer más estúpida de lo que una es, da siempre buenos resultados.

Hércules Poirot se echó a reír.

—Me encanta usted, señorita —dijo al fin.

—¡Oh, señor Poirot! ¡Qué buena persona es usted! ¿Puedo tener esperanzas? Justamente acabo de heredar una pequeña suma... muy pequeña; pero nos permite a mi hermana y a mí mantenernos, aunque frugalmente, sin tener que depender de lo que yo gane.

—Debo considerar primero en qué asuntos podrían emplearse mejor sus aptitudes —explicó Poirot—. Supongo que usted no lo sabrá tampoco, ¿verdad?

—Debe usted leer el pensamiento, señor Poirot. Últimamente he estado muy preocupada por una amiga mía. Tenía el propósito de consultar con usted. Es posible que lo considere como fantasías de una vieja... como imaginaciones mías. Tal vez sea yo propensa a exagerar las cosas y ver un propósito deliberado donde no hay más que una coincidencia.

—No creo que exagere usted las cosas, señorita Carnaby. Cuénteme lo que sea.

—Tengo una amiga; una amiga muy querida, aunque en los últimos años casi no la he visto. Se llama Emmeline Clegg. Se casó con un caballero que vivía en el norte de Inglaterra y él murió hace unos pocos años dejándola en muy buena posición económica. Después de morir su marido mi amiga se sentía desgraciada y sola; y me temo que en cierto aspecto, es una mujer simple y tal vez crédula. La religión, señor Poirot, puede constituir una gran ayuda y apoyo moral... pero con ello me refiero a la religión ortodoxa.

—¿A la Iglesia griega? —preguntó Poirot.

—La señorita Carnaby pareció sorprenderse.

—No. No es eso. A la Iglesia anglicana. Y a la Iglesia Católica Romana, por lo menos están reconocidas por todos. Y los metodistas y congregacionistas son corporaciones conocidísimas y respetables. De lo que estoy hablando es de esas sectas estrambóticas que crecen como la hierba. Hay en ellas algunas cosas que incitan al sentimentalismo; pero a veces me pregunto si existirá un verdadero sentimiento religioso detrás de su llamativa fachada.

—¿Cree usted que su amiga está siendo embaucada por una secta de esa clase?

—Lo creo. Es más, estoy segura de ello. Se denomina «El Rebaño de Ovejas». Tienen su cuartel general en el Devonshire; en una hermosa finca junto al mar. Los devotos acuden allí para hacer lo que ellos llaman un retiro, el cual suele durar una quincena. Durante dicho tiempo se celebran servicios religiosos y ceremonias. Tienen tres grandes fiestas al año: «La llegada de los Pastos», «La Madurez de los Pastos» y «La Cosecha de los Pastos».

—El nombre de la última es particularmente estúpido —observó Poirot—. Los pastos no se cosechan.

—Todo el asunto es de una estupidez asombrosa —convino calurosamente la señorita Carnaby—. A la derecha del movimiento está «El Gran Pastor». Es un tal doctor Andersen. Creo que es un hombre atractivo y de buena presencia.

—Lo cual interesará mucho a las mujeres, ¿verdad?

—Me temo que sí —suspiró la mujer—. Mi padre era también un hombre distinguido. Y esto producía algunas veces serias dificultades en la parroquia. Rivalidad en el bordado de los ornamentos y en el reparto de los trabajos relativos al cuidado de la iglesia...

Sacudió la cabeza, como rememorando aquellos tiempos.

—Los componentes del «Gran Rebaño» son mujeres en su mayoría, ¿no es cierto?

—Tres cuartas partes por lo menos. Los hombres son principalmente unos chiflados. El éxito del movimiento depende de las mujeres y de los fondos que aportan entre ellas.

—¡Ah! —dijo Poirot—. Ya llegamos al fondo de la cuestión. Con franqueza, ¿cree usted que el asunto puede considerarse como un negocio bien organizado?

—Francamente, señor Poirot, lo creo. Y otra cosa me preocupa. Mi pobre amiga está tan embaucada por esa secta que ha hecho un testamento en el que deja todo cuanto tiene al nuevo movimiento religioso.

Poirot preguntó secamente:

—¿Y eso... se lo sugirieron?

—A decir verdad, no. Fue idea de ella. El «Gran Pastor» le ha mostrado una nueva forma de vivir y por lo tanto, todo cuanto ella posee será para la «Gran Causa» cuando muera. Lo que en realidad me preocupa...

—Sí. Continúe...

—Varias de las devotas son mujeres adineradas. Y en el pasado año han muerto tres de ellas, ni más ni menos.

—¿Legaron todo su dinero a la secta?

—Sí.

—¿Y no han protestado sus parientes? Era lógico que hubieran entablado un pleito.

—Pues verá usted, señor Poirot. Por regla general, las mujeres que pertenecen a la asociación no tienen a nadie en el mundo. Es gente que carece de parientes próximos y amigos.

Poirot asintió con aspecto pensativo.

La señorita Carnaby prosiguió precipitadamente:

—No tengo ningún derecho a insinuar nada, desde luego. Por lo que he podido averiguar, no hubo nada sospechoso en esas tres muertes. Una, según creo, fue producida por una pulmonía, después de un ataque gripal; y otra se atribuyó a una úlcera gástrica. No existieron circunstancias anormales y las defunciones no ocurrieron en «El Santuario de las Colinas Verdes», sino en el domicilio de cada una de ellas. No dudo de que todo fue normal por completo; y sin embargo... no me gustaría que le sucediera algo malo a Emmie.

Juntó las manos y miró suplicante a Poirot.

El detective guardó silencio durante unos momentos. Cuando habló se notó un cambio en su voz. Tenía un tono grave y profundo.

—¿Quiere darme, o averiguar, los nombres y direcciones de esas mujeres pertenecientes a la secta que murieron recientemente?

—No faltaba más, señor Poirot.

—Señorita, creo que es usted una mujer de gran valor y decisión —dijo él lentamente—. Tiene buenas dotes teatrales. ¿Estaría dispuesta a encargarse de un trabajo cuya ejecución lleva consigo seguramente un considerable peligro?

—Nada me gustaría más —exclamó la emprendedora señorita Carnaby.

Poirot advirtió:

—De existir algún riesgo en ello, no creo que será pequeño. Comprenda usted, o todo queda en agua de borrajas, o se trata de algo verdaderamente serio. Y para averiguarlo es necesario que se convierta usted en un miembro del «Gran Rebaño». Le sugiero que exagere el importe del legado que recibió hace poco. Es usted ahora una mujer de buena posición económica, sin ningún objeto definido en la vida. Discuta con su amiga Emmeline acerca de la religión que ella adoptó... y asegúrele que todo son tonterías. Entonces le entrará un ardiente deseo de convertirla a usted. Permita que la convenza para que vaya al «Santuario de las Colinas Verdes». Y una vez allí deberá usted rendirse ante los poderes persuasorios y la influencia magnética del doctor Andersen. Creo que puedo encargarle con confianza este papel.

La señorita Carnaby sonrió con modestia y murmuró:

—Me parece que lo desempeñaré muy bien.

2

—Bueno, amigo mío, ¿qué es lo que ha averiguado?

El inspector jefe Japp miró pensativamente al hombrecillo que había hecho la pregunta y replicó con acento desilusionado:

—Nada de lo que a mí me gustaría, Poirot. No sabe cómo aborrezco a esos chiflados de largos cabellos y nuevas ideas religiosas. Sólo se ocupan de embaucar a las mujeres, con esas sartas de tonterías. Pero ese tipo es cuidadoso; no hay nada que pueda achacársele. El asunto parece cosa de locos, pero es inofensivo.

—¿Se enteró de los antecedentes del doctor Andersen?

—Le he dado un repaso a su historial. Fue un buen químico, que prometía mucho, pero lo despidieron de una Universidad alemana. Al parecer, su madre era judía. Le gustó siempre el estudio de las religiones y mitos orientales, gastaba en ello su tiempo libre y ha escrito varios artículos sobre el particular... Algunos de ellos verdaderas tonterías.