A la mañana siguiente Poirot fue a Scotland Yard para hacer una visita a su viejo amigo el inspector Japp.
La forma con que Japp recibió sus preguntas fue algo sorprendente.
—¡Viejo zorro! —dijo el policía afectuosamente—. ¡No sé cómo se las arregla para enterarse de estas cosas!
—Pues le aseguro que no sé nada... nada en absoluto. Sólo es fútil curiosidad.
Japp pensó para su capote que aquello podía contárselo a su abuela.
—¿Quiere usted saber todo lo que se relaciona con ese club llamado «El Infierno»? Pues bien, aparentemente es uno más de los que hay por ahí. Ha tenido éxito y debe ganar mucho dinero, aunque los gastos deben ascender a una respetable cantidad. La propietaria es una rusa que se hace llamar condesa.
—Conozco a la condesa Rossakoff —replicó Poirot con frialdad—. Somos viejos amigos.
—Pero sólo hace de pantalla —prosiguió Japp—. No fue ella quien puso el capital. Tal vez fue el jefe de los camareros, un tal Arístides Papopoulos. Tiene parte en el negocio, pero no creemos tampoco que sea él quien esté detrás de todo ello. En realidad, no sabemos de quién se trata.
—¿Y para saberlo va allí todas las noches el inspector Stevens?
—¡Oh! Vio usted a Stevens, ¿verdad? Bonito zángano está hecho; divirtiéndose a costa de los pobres contribuyentes. Se ha encontrado una mina.
—¿Y qué piensa hallar allí?
—Estupefacientes. Distribuidores de drogas en gran escala. Lo bueno del caso es que los compradores no las pagan con dinero, sino con piedras preciosas.
—¡Aja!
—La cosa ocurre así, poco más o menos. Lady Tal, o la condesa Cual, tiene dificultad en conseguir dinero efectivo; o en todo caso, no quiere extraer crecidas sumas del Banco. Pero tiene joyas, que algunas veces son herencia de familia. Las lleva a un sitio para «limpiarlas» o «ajustarlas», y lo que hacen es quitar las joyas de sus engarces y reemplazarlas por piedras de imitación. Las gemas sueltas se venden luego aquí o en el Continente. La cosa no puede ser más sencilla; no se habla de robo, ni se organiza ningún escándalo. ¿Y qué pasa si tarde o temprano se descubre que una diadema o un collar son de piedras falsas? La pobre lady Tal está consternadísima y jura que el collar nunca se apartó de ella y que no tiene ni idea de cómo ni cuándo se efectuó la sustitución. Y allá va la pobre y sudorosa policía buscando doncellas despedidas, mayordomos recelosos y sospechosos limpiaventanas.
»Pero no somos tan simples como se figuran esas damas de la alta sociedad —prosiguió Japp—. Han ocurrido varios casos, uno tras otro, y en todos ellos hemos encontrado un denominador común: todas las mujeres afectadas mostraban los efectos de las drogas... Nerviosismo, irritabilidad, contracciones de los músculos, dilatación de las pupilas, etcétera, etcétera. Pero queda en pie la pregunta: ¿De dónde sacan la droga y quién es la persona que se la proporciona?
—Y según cree usted, la respuesta está en «El Infierno».
—Suponemos que es el cuartel general de la banda. Ya hemos descubierto dónde se hace el cambio de las joyas. Es un taller propiedad de «Golconda, S. L.». Superficialmente es bastante respetable, pues se dedican a la fabricación de bisutería fina. Hay un tipo asqueroso llamado Paul Varesco... ¡Ah! Ya veo que lo conoce.
—Lo vi... en «El Infierno».
—Ahí es donde me gustaría verlo... pero de verdad. Es de lo peor que hay; pero las mujeres, aun las decentes, se vuelven locas por él. Tiene cierta relación con la «Golconda» y estoy por decir que es él quien se esconde tras «El Infierno». Es un sitio ideal para su propósito, pues allí va gente de todas clases: mujeres elegantes, jugadores profesionales. Un lugar apropiadísimo.
—¿Cree usted que el cambio de las joyas por los estupefacientes se hace allí?
—Sí. Ya conocemos la parte que se relaciona con el escamoteo de las joyas; y ahora necesitamos saber lo que se refiere a las drogas. Es preciso averiguar quién es el que proporciona el material y de dónde proviene éste.
—¿No tiene idea de ello por ahora?
—Yo diría que es la condesa rusa, pero no tenemos pruebas. Hace unas pocas semanas creímos que por fin habíamos conseguido algo. Varesco fue al taller de la «Golconda», recogió algunas piedras y después se dirigió hacia «El Infierno», llevándoselas consigo. Stevens lo estaba vigilando, pero no pudo ver cómo entregaba la droga. Cuando Varesco salió del local lo detuvimos... y no llevaba encima las piedras. Registramos el club y arrestamos a todos los que estaban dentro. Resultado: Ni drogas ni joyas.
—Un «fiasco» en realidad.
Japp dio un respingo.
—¡Y que lo diga! ¡Aquel registro casi nos hace enseñar la oreja! Mas por fortuna, en la redada cogimos a Paverel, el asesino de Battersea. Pura suerte, pues se le suponía en Escocia. Uno de nuestros sargentos lo reconoció. En fin, bien está lo que acaba bien; felicitaciones para nosotros y una estupenda propaganda para el club. Ahora está más concurrido que nunca.
—Pero las investigaciones sobre las drogas no han prosperado un ápice —comentó Poirot—. Tal vez hay un escondrijo por los alrededores.
—Puede ser, pero no lo hemos podido encontrar. No dejamos rincón sin registrar. Y confidencialmente, le diré que hasta hubo un registro extraoficial —Guiñó un ojo—. Esto es de la más estricta reserva. Cuestión de forzar una cerradura y entrar. Pero no hubo éxito. Nuestro «investigador» extraoficial casi resulta despedazado por aquel perrazo. Al parecer, duerme allí.
—¡Aja! ¿Cerbero?
—Sí. Vaya un nombre para un perro...
—Cerbero —murmuró Poirot pensativamente.
—¿Y qué le parece si nos echara una mano, Poirot? —sugirió—. Es un bonito problema y vale la pena probarlo. Aborrezco el tráfico de estupefacientes. Arruina a la gente en cuerpo y alma. Y eso sí que es «El Infierno» propiamente dicho.
—Esto lo complementaría todo... sí —habló Poirot como consigo mismo—. ¿Sabe cuál fue el duodécimo trabajo de Hércules?
—No tengo ni idea.
—La captura de Cerbero. Resulta apropiado, ¿no le parece?
—No sé de qué me está hablando, amigo mío; pero recuerde lo de «Cuidado con el perro, que muerde.»
Y Japp se echó hacia atrás soltando una carcajada.
4
—Necesito hablar con usted, pero con la máxima formalidad —dijo Poirot.
Era todavía temprano y, a pesar de ello, el club se hallaba casi lleno. La condesa y Poirot ocupaban una mesa cercana a la puerta.
—No conozco lo que es la formalidad —protestó ella—. La petite Alice; ésa sí que es siempre formal, pero, entre nous, la encuentro muy aburrida. ¿Qué diversión va a encontrar mi pobre Niki? Ninguna.
—Sepa que le tengo a usted mucho afecto —continuó Poirot inmutable—. Y no quisiera verla en ningún apuro.
—¡Pero qué cosas más absurdas dice! Puede considerarse que ahora estoy encaramada en la cima y el dinero me viene a las manos.
—¿Es suyo este negocio?
Los ojos de la condesa se volvieron un poco evasivos.
—Claro —replicó.
—Pero tiene usted un socio.
—¿Quién le ha dicho eso? —preguntó la condesa de pronto.
—¿Es Paul Varesco ese socio?
—¡Oh! ¡Paul Varesco! ¡Qué idea!
—Tiene pésimos antecedentes. ¿Se da usted cuenta de que este sitio es frecuentado por maleantes?
La condesa se echó a reír.
—Ya habló el bon bourgeois. ¡Claro que me he dado cuenta! ¿No ve usted que eso constituye la mayor atracción de este club? Esos jóvenes de Mayfair están cansados de ver siempre a los de su misma clase en el West End. Y vienen aquí para ver delincuentes: ladrones, chantajistas, confidentes... y tal vez a un asesino; al hombre que aparecerá en los periódicos del domingo la próxima semana. Les resulta emocionante, creen que están viendo la vida en toda su crudeza. Y lo mismo hace el próspero comerciante que se ha pasado la semana vendiendo ropa interior de señora. ¡Qué diferente es esto de su respetable vida y de sus respetables amigos! Y además, otra emoción más: En una mesa, acariciándose el bigote, hay un inspector de Scotland Yard; un inspector vestido de frac.