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James Patterson, Howard Roughan

Luna De Miel

Título originaclass="underline" Honeymoon

Traducción: Isabel Margelí Bailo

Para Suzie y Jack.

Con amor, Jim

Para mi bella Christine.

Con amor, Howard

PRÓLOGO. Qué y quién

«Las cosas no siempre son lo que parecen.»

Hasta hace un minuto me encontraba perfectamente. De repente, estoy sufriendo una terrible agonía, hecho un ovillo y sujetándome el estómago. ¿Qué diablos me está pasando? No tengo la menor idea. Lo único que sé es lo que siento, y lo que siento es difícil de creer. Es como si de pronto la cara interior de mi estómago se estuviera cayendo a tiras con un escozor corrosivo. Estoy gritando y gimiendo, pero sobre todo estoy rezando… rezando para que esto acabe.

Pero no lo hace.

El ardor continúa, se está abriendo un orificio abrasador por el que la bilis gotea de mi estómago y cae crepitando sobre mis entrañas. El olor de mi propia carne al derretirse impregna el aire. «Me estoy muriendo», me digo a mí mismo. Pero no, es peor que eso. Mucho peor. Me estoy despellejando vivo, desde dentro hacia fuera. Y esto sólo es el principio. Como fuegos artificiales, el dolor asciende y estalla en mi garganta. Me deja sin aliento y lucho por respirar.

Entonces me desplomo. Mis brazos, inútiles, son incapaces de detener la caída. Golpeo el duro suelo de madera con la cabeza y me abro una brecha en el cráneo. La sangre, espesa y de un rojo ciruela, brota por encima de mi ceja derecha. Parpadeo unas cuantas veces, pero eso es todo. Ni siquiera me importa el boquete. Los doce puntos de sutura que necesito son lo último que me preocupa en este momento.

El dolor es cada vez peor, continúa extendiéndose. Atraviesa mi nariz. Se derrama por mis oídos. Se estampa contra mis ojos, donde puedo sentir los vasos reventando como burbujas.

Intento ponerme en pie, pero no puedo. Cuando finalmente lo consigo, intento correr; sin embargo, sólo logro avanzar a trompicones. Mis piernas son de plomo. El cuarto de baño está a unos tres metros. Como si estuviera a quince kilómetros.

No sé cómo pero lo hago. Lo alcanzo y cierro la puerta detrás de mí. Mis rodillas se doblan y me desplomo contra el suelo una vez más. Los fríos azulejos reciben mi mejilla con un horrible ¡crac! y mi molar posterior se parte en dos.

Veo el inodoro pero da vueltas, como todo lo que hay en el baño. Todo gira y agito los brazos para intentar agarrarme al lavabo y poder sostenerme. Imposible. Mi cuerpo empieza a estremecerse como si mil voltios sacudieran mis venas. Intento arrastrarme.

Ahora el dolor ya está en todas partes, incluidas las uñas, que hundo en el hueco que queda entre los azulejos para impulsarme poco a poco hacia delante. Con desespero, me aferró a la base del inodoro y con gran esfuerzo asomo la cabeza por encima del borde.

Por un momento, mi garganta se abre y respiro de forma entrecortada. Empiezo a tener convulsiones y los músculos de mi pecho se estiran y se retuercen. Uno a uno, se desgarran como si los estuvieran descuartizando con cuchillas de afeitar.

Alguien llama a la puerta. Rápidamente, vuelvo la cabeza. Cada vez llama con más insistencia. Ahora ya la está aporreando. Ojalá fuese la temible parca, que viniese a liberarme de este sufrimiento atroz.

Pero no lo es -todavía no, al menos-, y en este instante comprendo que tal vez no sepa lo que me ha matado esta noche, pero, por todos los diablos, sí sé quién lo hizo.

PRIMERA PARTE. Parejas perfectas

1

Nora podía sentir cómo la miraba Connor.

Siempre hacía lo mismo cuando ella preparaba las maletas para irse de viaje. Apoyaba su figura de casi dos metros en la puerta de su dormitorio, con las manos sepultadas en los bolsillos de sus pantalones y el ceño fruncido. Odiaba la idea de separarse de ella.

Aun así, no solía decir nada. Se limitaba a quedarse ahí, en silencio, mientras Nora llenaba la maleta y tomaba de vez en cuando un sorbo de Evian, su agua favorita. Aquella tarde, sin embargo, no pudo evitarlo.

– No te vayas -dijo él con su profunda voz.

Nora se giró con una cariñosa sonrisa.

– Sabes que tengo que hacerlo. Sabes que también yo lo odio.

– Ya te estoy echando de menos. Di que no, Nora, no te vayas. Al diablo con ellos.

Desde el primer día, a Nora le cautivó lo vulnerable que Connor se permitía ser con ella. Algo que contrastaba sobremanera con su personaje público de rico inversor que triunfaba con su propia compañía en Greenwich y que tenía otra oficina en Londres. Sus ojos de cachorrillo se contradecían con el poder y el orgullo de aquel hombre leonino.

En efecto, a la edad relativamente joven de cuarenta años, Connor era el rey de casi todo lo que su vista abarcaba. Y en Nora, de treinta y tres, había encontrado a su reina, su alma gemela, su compañera perfecta.

– Sabes que podría atarte y evitar que te marcharas -dijo él, bromeando.

– Suena divertido -dijo Nora siguiéndole el juego. Levantó la parte superior de la maleta, que estaba abierta encima de la cama. Buscaba algo-. Pero ¿podrías ayudarme primero a encontrar mi cardigan verde?

Connor se rió entre dientes. Siempre se lo pasaba bien con ella, no importaba que los chistes fueran buenos o malos.

– ¿Te refieres al de los botones de perla? Está en el armario grande.

Nora soltó una carcajada.

– Te has estado poniendo mi ropa otra vez, ¿verdad?

Se dirigió al hondo vestidor. Cuando volvió, con el jersey verde en la mano, Connor se había sentado a los pies de la cama y la observaba con ojos burlones y brillantes.

– Oh, oh -dijo ella-. Conozco esa mirada.

– ¿Qué mirada?

– La que dice que quieres un regalo de despedida.

Nora lo pensó un momento antes de sonreír. Guardó el jersey en la maleta y caminó despacio hacia Connor, deteniéndose a propósito a apenas unos centímetros de su cuerpo. Tan sólo llevaba puesta la ropa interior.

– De mí, para ti -susurró en su oído al inclinarse hacia él.

No había mucho que quitar, pero de todos modos Connor se tomó su tiempo. Besó con delicadeza el cuello y los hombros de Nora; luego trazó con los labios una línea imaginaria que descendía hacia las curvas prominencias de sus pequeños pechos respingones. Allí se detuvo, acariciándole el brazo con una mano y extendiendo la otra para quitarle el sujetador.

Nora se estremeció y sintió un cosquilleo por todo el cuerpo. «Guapo, divertido y realmente bueno en la cama. ¿Qué más podría pedir una chica?»

Connor se arrodilló y besó a Nora en el estómago, dibujando sutiles círculos con la lengua alrededor de su ombligo. Entonces, con un pulgar apoyado a cada lado de sus caderas, empezó a bajarle las bragas, acompañando el avance con un beso tras otro.

– Eso… está… muy bien -murmuró Nora.

Ahora le tocaba a ella. Mientras el cuerpo esbelto y musculoso de Connor se alzaba ante sus ojos, empezó a desnudarlo. Deprisa, hábil y sensualmente. Durante unos segundos se quedaron quietos, desnudos, mirándose el uno al otro y fijándose en cada detalle. Dios, ¿qué podía ser mejor que eso?

De repente, Nora se rió. Le dio a Connor un travieso y súbito empujón y él cayó de espaldas sobre la cama. Estaba excitado. Un prodigioso reloj de sol humano sobre el edredón. Nora metió la mano en su maleta abierta, sacó un cinturón negro Ferragamo y lo tensó con las manos.

¡Flap!

– ¿Qué decías de atar a alguien? -preguntó.

2

Media hora más tarde, mientras se ponía un albornoz rosa, Nora bajó la amplia escalinata de la mansión de Connor, una casa de estilo neoclásico colonial, de tres pisos y 3.500 metros cuadrados. Era una vivienda impresionante, incluso para Briarcliff Manor y las otras poblaciones cercanas del refinado Westchester.