– Digamos que está un poco preocupada -respondió él-. El Estado no reconoce el derecho de las prometidas a reclamar, pero eso no le ha impedido a mucha gente…
Nora sacudió la cabeza.
– ¡No lo impugnaré, Mark, por Dios! No tengo ningún interés en esas propiedades. Era a Connor a quien quería. Voy a dejarlo muy claro: sus propiedades no me interesan. Puedes decírselo a «Lizzie».
El rostro de Mark era el bochorno personificado.
– Por supuesto -dijo-. Déjame decirte de nuevo que siento haber tenido que sacar el tema.
– ¿Así que por eso me ha estado evitando?
– No, creo que se debe a que está muy afectada. Ella y Connor crecieron muy unidos. Sus padres murieron cuando los dos eran muy jóvenes.
– Por curiosidad… ¿qué le ha dejado Connor?
Mark bajó la mirada y la clavó en sus mocasines negros con borlas.
– Se supone que no debo revelar una información como ésa, Nora.
– También se supone que en el funeral no deberías ofender a la mujer a la que Connor amaba.
Su sentimiento de culpa venció a su ética profesional.
– Básicamente, Elizabeth se queda con dos tercios de las propiedades, incluida la casa -dijo en voz más baja-. Como ya te he dicho, estaban muy unidos.
– ¿Y el resto?
– Sus primos de San Diego se llevan un buen pellizco. El resto es para distintas obras benéficas.
– Eso está bien -dijo Nora con un tono más dulce.
– Sí, así es -replicó Mark-. Connor era muy bueno en este sentido. Diablos, era bueno en muchos sentidos.
Nora asintió.
– Connor era maravilloso, Mark. Deberíamos entrar, ¿no crees?
24
El funeral fue hermoso, triste y muy emotivo. La capilla, con el ostentoso y cuidado club de campo Sleepy Hollow como escenario, era el lugar perfecto.
Al menos eso es lo que todo el mundo dijo a Nora. Puesto que no se organizó una fila para recibir el pésame, la gente se las arregló por su cuenta para acercarse a ella. A algunos de los amigos y socios de Connor ya los conocía; de otros había oído hablar. El resto se presentaron ellos mismos, con torpes expresiones de simpatía.
Tanto en la iglesia como en el cementerio, Elizabeth Brown se mantuvo a distancia. No es que Nora estuviera ansiosa por que desapareciera la tensión existente entre ambas; lo cierto era que la hermana de Connor le había hecho un favor. Sin darse cuenta, había reforzado la idea de que la última persona que querría ver muerto a Connor era la mujer que se habría hecho millonaria casándose con él.
En la casa de Westchester, donde los asistentes al funeral se habían reunido para comer y compadecerse, por fin Elizabeth se acercó a ella.
– Me he dado cuenta de que no bebes. Ni siquiera en un día como hoy -dijo Elizabeth.
Nora tenía un vaso de agua con gas en la mano.
– Oh, sí que bebo. Pero hoy prefiero beber agua.
– Lo cierto es que no hemos tenido ocasión de hablar esta mañana, ¿verdad? -dijo Elizabeth-. Quiero darte las gracias por organizado todo. Creo que yo no hubiera podido.
Sus ojos se inundaron de lágrimas.
– No hay de qué. Supongo que es lo lógico, puesto que vivo aquí. No me refiero a aquí, en la casa, sino…
– Lo sé, Nora. De hecho, hay algo de lo que quería hablarte.
Un hombre, uno de los socios de Connor en Greenwich, pasó por delante de ella. Elizabeth se interrumpió para que no la oyera.
– Ven -dijo Nora-. Salgamos un momento.
Condujo a Elizabeth a través de la puerta principal hacia los grandes escalones de piedra de la entrada. Por fin estaban las dos solas. ¿Había llegado el momento de sincerarse?
– Verás -dijo Elizabeth-, he hablado con Mark Tillingham. Parece ser que Connor me ha dejado la casa.
Nora tuvo una reacción brillante.
– ¿De veras? Bueno, así debe ser. Me alegro de que la familia pueda conservarla. Especialmente por ti, Lizzie.
– Oh, eres muy amable. Sin embargo, no tengo intención de vivir aquí -dijo Elizabeth. Hizo una pausa y dejó caer la cabeza, incapaz de terminar la frase. Las lágrimas resbalaban por sus mejillas-. No podría.
– Lo comprendo -declaró Nora-. Deberías ponerla a la venta, Lizzie.
– Supongo que sí. Pero no tengo prisa. De eso es de lo que quería hablarte -dijo-. En primer lugar, quiero que te sientas libre de utilizar la casa todo el tiempo que lo desees. Sé que es lo que Connor hubiera querido.
– Eso es muy generoso de tu parte -dijo Nora-. No tienes por qué hacerlo. Me siento abrumada…
– Le he pedido a Mark que pague todos los gastos de mantenimiento con el dinero del testamento. Es lo menos que podemos hacer -dijo Elizabeth-. Y Nora, quiero que conserves todos los muebles. Son lo que os unió a Connor y a ti por primera vez.
Nora sonrió. El sentimiento de culpabilidad de Elizabeth se reflejaba en cada una de sus palabras. Inmediatamente después de la muerte de Connor, había pensado que su prometida se estaba preparando para sacar tajada. Pero ahora que creía lo contrario se mostraba generosa para admitir su equivocación. Y lo había hecho, pensaba Nora. Al menos, técnicamente.
«Yo ya he sacado mi tajada.»
Siguieron hablando de pie delante de la mansión hasta que Elizabeth se dio cuenta de la hora que era. Su vuelo de vuelta a California salía en menos de tres horas.
– Será mejor que me vaya -dijo-. Es el día más triste de mi vida, Nora.
Ésta asintió.
– Sí, y el de la mía. Por favor, no dejes de llamar.
Elizabeth se despidió -nada menos que con un abrazo- y se dirigió a su coche de alquiler, estacionado en el camino de entrada. Nora la observó con los pies muy juntos y los brazos cruzados sobre la cintura. Sin embargo, más allá de su inamovible aspecto, su corazón latía aceleradamente debido al entusiasmo. ¡Lo había conseguido! El crimen y el dinero.
Nora giró sobre sus manolos y se dirigió al interior de la casa. Dio dos pasos y luego se detuvo: le pareció haber oído algo. Un sonido procedente de las cercas y los árboles. Una especie de «clic».
Miró a su alrededor y escuchó con atención… Nada. Decidió que debía de tratarse de un pájaro. En cuanto dio el primer paso hacia el interior de la casa, una cámara digital Nikon D1-X sonó unas cuantas veces más desde su escondrijo entre los rododendros.
Clic, clic, clic…
Nora Sinclair no era la única que tenía un buen plan.
SEGUNDA PARTE.El agente de seguros
25
«Las cosas no siempre son lo que parecen, hijo.»
Era una frase que a mi padre le encantaba repetirme cuando yo era pequeño. Por supuesto, también le encantaba decirme que sacara la basura, que recogiera las hojas con el rastrillo, que apartara la nieve con la pala, que no arrastrara los pies y que me pusiera derecho. Pero en cuanto a dejar una impresión significativa, todo lo demás quedaba en un segundo plano, muy por detrás de esa pequeña advertencia. Tan sencilla como cierta, según me ha enseñado la experiencia.
Pues bien, yo estaba sentado en mi recientemente obtenido despacho, más parecido a un armario de la limpieza con pretensiones de despacho. Era tan estrecho que hasta Houdini se habría quejado. En mi ordenador estaban las fotos que había tomado con la cámara digital. Una tras otra. Nora Sinclair, muy elegante, vestida de negro de pies a cabeza. Nora en la iglesia de Santa María. En el cementerio de Sleepy Hollow. De nuevo en la modesta casita de Connor Brown. Las últimas fotos eran de ella en la escalera de entrada, hablando con la hermana del pobre tipo, Elizabeth. Elizabeth era alta y rubia y parecía una nadadora californiana. Nora era morena y no tan alta, pero más hermosa. Las dos estaban deslumbrantes, incluso ataviadas para un funeral. Parecían estar llorando, y luego se habían abrazado.
¿Qué buscaba yo exactamente? No lo sabía, pero cuanto más observaba esas fotografías, mejor oía la voz de mi padre resonando en mi cabeza. «Las cosas no siempre son lo que parecen.»