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Por dentro era aún peor. Suelo de vinilo por todas partes. Un sillón de piel de imitación de color negro y un sofá que seguramente había sido testigo de muy pocos encuentros interesantes. Si el agua corriente y la electricidad constituían una «cocina puesta al día», entonces no cabe duda de que eso era lo que tenía. Porque, por lo demás, dudaba que las encimeras de formica amarilla volvieran a estar de rabiosa actualidad.

Al menos, la cerveza estaba fría. Dejé la pizza en la mesa y saqué una del frigorífico antes de dejarme caer en el sillón lleno de bultos de mi «espacioso salón». Menos mal que no sufro de claustrofobia.

Descolgué el teléfono y marqué un número. Estaba seguro de que Susan todavía estaría en la oficina.

– ¿Te ha seguido? -preguntó de buenas a primeras.

– Durante todo el día -dije.

– ¿Te ha visto entrar en el apartamento?

– Sí, señora.

– ¿Todavía está ahí fuera?

Bostecé de forma exagerada.

– ¿Estás insinuando que tengo que levantarme del sillón y echar una mirada?

– Claro que no -respondió-. Puedes llevarte el sillón contigo.

Sonreí para mis adentros. Siempre me habían gustado las mujeres que te las colaban como ella lo hacía.

La ventana que había junto al sillón tenía una persiana enrollable vieja y raída que siempre estaba bajada. Con cuidado, levanté una de sus esquinas y eché un vistazo.

– Mmm… -murmuré.

– ¿Qué ocurre?

Nora había aparcado una manzana más abajo. Pero su coche ya no estaba.

– Supongo que ya ha visto bastante -dije.

– Eso es buena señal. Te cree.

– ¿Sabes? Me parece que me habría creído aunque tuviera un apartamento decente. ¿Tal vez algo en Chappaqua?

– ¿Acaso te estás quejando?

– Una mera observación.

– No lo entiendes: de esta forma, ella cree que tiene ventaja sobre ti -dijo Susan-. Vestir y conducir por encima de tus posibilidades te hace más humano.

– ¿Es que ya no basta con lo de ser agradable?

– Nora parece muy agradable, ¿no?

– Sí. La verdad es que sí.

– A las pruebas me remito.

– ¿He mencionado la encimera de formica amarilla?

– Vamos, no puede ser un lugar tan horrible -dijo Susan.

– Para ti es muy fácil decirlo. Tú no tienes que vivir aquí.

– Sólo es temporal.

– Qué suerte la mía. Diablos, ya sé dónde se esconde el porqué de este apartamento -dije-. ¡Es para que trabaje más deprisa!

– Admito que se me ha pasado por la cabeza.

– No se te escapa una, ¿eh?

– No si puedo evitarlo -respondió-. Hablando en serio: hoy has hecho un buen trabajo.

– Gracias.

Susan suspiró con el cansancio acumulado de todo el día.

– En fin, ya es oficial. Nora Sinclair ha entrado en la vida privada de Craig Reynolds. Y ahora, ¿qué?

– Muy fácil -dije-. Ahora me toca a mí.

38

Sólo quedaba un asiento vacío en primera clase. En circunstancias normales, Nora habría lamentado que no fuese el que estaba a su lado. Pero es que normalmente no tenía la suerte de compartir el reposabrazos con un hombre tan atractivo. De perfil se parecía un poco a Brad Pitt, aunque no había ninguna alianza de boda en su dedo, ni ninguna Jennifer colgada de su brazo.

Durante el despegue -ya sin su propio anillo de bodas- observó a su compañero de asiento, sentado junto a la ventana, con mirada furtiva. Estaba casi segura de que él hacía lo mismo. «Por supuesto que sí. ¿Qué hombre no lo haría?» Cuando se apagó la señal de permanecer con el cinturón abrochado, supo que el tipo estaba listo para hacer el primer movimiento.

– Yo soy un apilador -dijo.

Ella se giró con timidez, fingiendo que se acababa de dar cuenta de que no viajaba sola.

– ¿Perdone?

– En la mesa del café.

Le obsequió con una amplia sonrisa y señaló con la cabeza el Architectural Digest que ella tenía abierto en su regazo. En la página de la derecha había una fotografía de una espaciosa sala de estar.

– ¿Lo ve? Las revistas están esparcidas por toda la mesa -dijo-. Es un hecho; en este mundo sólo hay dos tipos de personas: las apiladoras y las esparcidoras. ¿Usted de qué tipo es?

Nora le miró fijamente sin pestañear. Como iniciador de conversaciones, se había ganado varios puntos por su originalidad.

– Bueno, eso depende. ¿Quién quiere saberlo?

– Tiene toda la razón -le dijo riendo ligeramente-. No debería revelarle información personal a un completo desconocido. Me llamo Brian Stewart.

– Nora Sinclair.

Él le tendió la mano, robusta y bien cuidada, y ella se la estrechó.

– Ahora que ya nos conocemos, Nora, creo que me debe una respuesta.

– En ese caso, le alegrará saber que soy una apiladora.

– Lo sabía.

– ¿De veras?

– Así es. -Se inclinó ligeramente, aunque no demasiado-. Parece muy centrada.

– ¿Es un cumplido?

– Para mí, sí lo es.

Ella sonrió. Tal vez Brad Pitt fuese más guapo, pero Brian Stewart era encantador. Razón suficiente para continuar la conversación.

– Dígame, Brian, ¿quién le espera hoy en Boston?

– Una docena de emprendedores capitalistas. Y un bolígrafo.

– Resulta prometedor. Supongo que el bolígrafo es para que usted firme.

– Algo parecido.

Nora esperaba que él le contara más detalles, pero no lo hizo. Así que sonrió burlonamente.

– ¡Pensar que he confesado que soy una apiladora sólo para que se vuelva tímido conmigo!

Él se revolvió en su asiento, divertido.

– Una vez más, tiene usted razón. Está bien: el año pasado vendí mi empresa de software. Y esta noche voy a lanzar otra nueva. A… bu… rri… do.

– No estoy de acuerdo. De todas formas, felicidades. Y esos emprendedores capitalistas… ¿están invirtiendo en usted?

– Tal como yo lo veo, ¿por qué invertir tu dinero cuando otros están deseando invertir el suyo?

– No podría estar más de acuerdo.

– ¿Y usted, Nora? ¿Qué va a hacer hoy en Boston?

– He quedado con un cliente -dijo-. Soy decoradora de interiores,

Él asintió con la cabeza.

– ¿La casa de su cliente está en la ciudad?

– Así es, pero no es ésa la que voy a decorar. Acaba de construirse un chalé en las islas Caimán.

– Bonito lugar.

– Todavía no lo conozco. Pero pienso visitarlo muy pronto.

Nora abrió la boca como si fuese a decir algo más, pero se detuvo.

– ¿Qué iba a decir? -le preguntó él.

Ella puso los ojos en blanco.

– Nada, una tontería.

– Adelante, dígalo.

– Cuando hablé a una de mis amigas de este cliente, dijo que si estaba construyendo en las Caimán seguramente era para poder controlar el dinero que tenía allí escondido para estafar a Hacienda. -Sacudió la cabeza con una convincente ingenuidad-. Quiero decir que no me gustaría verme involucrada en ningún asunto sucio.

Brian Stewart sonrió con mirada de complicidad.

– No es tan horrible como piensa. Se sorprendería de la cantidad de gente que tiene cuentas en paraísos fiscales.

– ¿De veras?

Él se acercó un poco más, hasta que su cara quedó muy cerca de la de ella.

– Me declaro culpable -susurró. Luego cogió su copa de champán-. Será nuestro secreto, ¿de acuerdo?

Nora también cogió su copa y ambos brindaron. Brian Stewart empezaba a parecer alguien a quien Nora podía desear conocer mejor.

– Por los secretos -dijo ella.

– Por los apiladores -dijo él.

39

– ¿Qué querrá tomar? -preguntó.

Levanté la vista y miré a la azafata. Estaba cansado y aburrido hasta la desesperación, pero intenté ser amable de todos modos. La muchacha y su carrito de bebidas por fin habían llegado junto a mí.