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Yo seguía atrapado en el carril de la izquierda y se me estaba acabando el espacio. Muy deprisa.

A la mierda.

Di un frenazo. Si no podía meterme por delante, lo intentaría desde atrás. Las dos toneladas de mi furgoneta comenzaron a vibrar salvajemente mientras veía cómo el camión de los colchones, de al menos diez toneladas, viraba de forma brusca. Entonces comprendí que pretendía meterse en mi carril.

No oí los cláxones detrás de mí. Ni el chirrido de los neumáticos. El único sonido que escuchaba era el de mi corazón, que latía cada vez más fuerte a medida que mi furgoneta rozaba la parte trasera del camión, metal contra metal.

Salieron chispas. Las ruedas estaban fuera de control. Salí disparado de un lado a otro y estuve a punto de volcar. Y lo habría hecho de no ser por un pequeño detalle.

¡Chof!

Mi rostro golpeó el airbag y los bidones amarillos hicieron el resto. Y aunque me dolía horrores, yo sabía que era un hijo de puta con suerte.

El tráfico comenzó a circular de nuevo mientras salía de la furgoneta. Al igual que yo, los demás habían salido ilesos, con apenas unos rasguños. Había agua por todas partes, auténticos charcos, pero eso era todo.

«Idiota.» Estaba furioso conmigo mismo. Recobré la calma e hice una llamada.

– La he perdido.

– ¿Qué?-dijo Susan, furiosa.

– He dicho que…

– Te he oído. ¿Cómo has podido perderla?

– He tenido un accidente.

Su tono de voz se tiño de preocupación.

– ¿Estás bien?

– Sí, estupendamente.

– En ese caso, ¿cómo diablos has podido perderla?

– Esa mujer conduce como una maníaca.

– ¿Y tú no?

– En serio, tendrías que haberla visto.

– Yo también hablo en serio -exclamó-. No deberías haberla perdido.

Me repetía a mí mismo que tenía que conservar la calma. Sin embargo, Susan no me lo ponía fácil. Aunque sentía tentaciones de coger su ira y lanzársela a la cara, me di cuenta de que haría mejor aguantando el tipo.

– Tienes razón -le dije-. He metido la pata.

Se tranquilizó un poco.

– ¿Crees que puede haberte visto?

– No. No es que estuviera intentando despistarme. Simplemente, conduce deprisa.

– ¿Cuánto equipaje llevaba?

– Una maleta pequeña con ruedas. La ha subido a bordo.

– Muy bien. Déjalo todo y regresa a Nueva York. Vaya a donde vaya, es de esperar que tarde o temprano regrese a la casa de Connor Brown.

Decidí que cambiar de tema sería una buena idea.

– ¿Hemos conseguido el permiso para cavar? -pregunté.

– Sí, es cosa hecha, enseguida lo tendremos -dijo-. Te mantendré al corriente.

Me despedí y supuse que ahí terminaría la conversación. Pero se trataba de Susan. Por si no me había quedado claro que estaba decepcionada, me lanzó otro dardo.

– Feliz vuelo de regreso -dijo-. Ah, y procura no volver a meter la pata en lo que queda de día.

Después de oír cómo colgaba, sacudí la cabeza lentamente. Me puse a caminar arriba y abajo para tratar de calmar mi rabia, pero no lo conseguía. Cuanto más caminaba, peor me sentía. La tensión comenzó a acumularse en mi cuerpo y, antes de que me diera cuenta, salió a través de mi puño.

¡Pam!

Así fue como mi furgoneta alquilada perdió una ventanilla.

43

Nora miró otra vez el retrovisor. Algo había ocurrido ahí atrás, tal vez un accidente. Si era así, se repitió a sí misma, se trataba de una mera coincidencia que nada tenía que ver con aquel cosquilleo que sentía en el estómago, el que la estaba incomodando desde la salida de Avis. La sensación de que «no estaba sola».

Ahora, al llegar al centro de Back Bay, esa sensación empezaba a desaparecer.

El tráfico en la avenida Commowealth pasaba de arrastrarse lentamente a detenerse por completo. Había una manifestación en Newbury y las otras calles lo estaban pagando. Nora se vio obligada a dar tres vueltas antes de encontrar un sitio.

Durante el trayecto en autobús desde el aeropuerto se había vuelto a poner su anillo de casada. Tras la revisión habitual en el espejo que llevaba en el coche, se dispuso a salir. Sacó la maleta y cerró el techo del coche. «Nena, es la hora del espectáculo.»

Como de costumbre, Jeffrey estaba trabajando cuando ella entró. Ya había aprendido que sólo había tres cosas que podían apartarle de su escritorio: la comida, el sueño y el sexo, y no en ese orden necesariamente.

En lugar de llamarle, Nora se dirigió en silencio hacia la parte de atrás de la casa. Entre lo concentrado que estaba y la música de fondo, seguro que no la oiría.

Abrió la puerta que había junto a la antecocina y se metió en el pequeño patio. Las altas espalderas, cubiertas de hiedra y flor de lis, así como de otras plantas estratégicamente colocadas, aislaban aquel acogedor rincón.

Le bastó un minuto para prepararse. Recostada en los almohadones de una chaise longue de mimbre, cogió el móvil y llamó. Segundos después, oyó sonar el timbre en el interior. Finalmente, Jeffrey contestó.

– Soy yo, cielo -dijo ella.

– Por favor, no me digas que no vas a venir.

Ella se rió.

– No, no pensaba hacerlo.

– Espera un momento; ¿dónde estás?

– Echa un vistazo afuera.

Miró hacia arriba hasta que vio a Jeffrey aparecer en la ventana de su biblioteca. Él se quedó con la boca abierta y luego empezó a reír, y Nora pudo oír su risa claramente a través del teléfono.

– Oh… mi… -dijo él.

Nora estaba desnuda en la chaise longue y sólo llevaba puestos los zapatos de tacón. Le susurró al auricular:

– ¿Ves algo que te guste?

– La verdad es que veo muchas cosas. Y ninguna que no me guste.

– Bien. No te hagas daño al bajar corriendo la escalera.

– ¿Quién ha dicho que voy a usarla?

Jeffrey abrió la ventana, se colgó del exterior y bajó, vacilante, por las tuberías de cobre. Todo un atleta, la verdad. Como a Nora le gustaba.

Fuera cual fuese el récord mundial de un hombre quitándose la ropa, sin duda quedó superado. Luego, Jeffrey se acercó a ella muy despacio y se subió a la chaise longue. Hundió las manos en los almohadones y rodeó la espalda de ella con sus musculosos brazos. Era un hombre muy sexy cuando se conseguía apartarle de su ordenador.

Nora cerró los ojos, y los mantuvo cerrados durante todo el tiempo que estuvieron haciendo el amor. Quería sentir algo por Jeffrey. Lo que fuese. Pero no sentía nada.

«Vamos, Nora, sabes lo que hay que hacer. Has estado otras veces en esta situación.»

Esta vez, la voz que oía dentro de su cabeza no sonaba como la de un viejo amigo. Más bien era como la de un extraño desagradable, alguien a quien casi no conocía. Intentó no hacerle caso, pero no sirvió de nada; sonó aún más fuerte. Más insistente. Más autoritaria.

Después de alcanzar el orgasmo, Jeffrey se apartó de ella, casi sin aliento.

– Qué sorpresa tan agradable. Eres la mejor.

«Pregúntale si tiene hambre, Nora.»

Le entraron ganas de gritar para acallar aquella vocecilla interior. Pero no habría sido más que una pérdida de tiempo. Sólo había una forma de qué parase, y ya sabía cuál era.

– ¿Adónde vas?-preguntó Jeffrey.

Nora se había levantado de la chaise longue sin decir una palabra. Se dirigía hacia el interior de la casa.

– A la cocina -dijo girándose hacia él-. Voy a ver qué puedo preparar para cenar: me apetece cocinar para ti.

44

«Dios mío, ¿qué voy a hacer ahora? Esto es un completo desastre.»

El Turista estaba sentado en una habitación pequeña y sombría y se estaba bebiendo otra Heineken. Ya llevaba cuatro. ¿O era la quinta? En aquel momento, no le parecía que tuviese mucha importancia llevar la cuenta. Ni tampoco el partido televisado de los Yankees. O comerse la pizza de cebolla y salchichas que empezaba a enfriarse en la mesa que había frente a él.