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Su portátil mostraba artículos de periódico que hablaban sobre el tiroteo de Nueva York. Había al menos una docena que comentaban la «batalla en el asfalto».

La historia tenía varias lagunas que no sorprendían al Turista. Había dejado a sus espaldas un montón de preguntas sin respuesta. Se habían volcado ríos de tinta a conjeturas y especulaciones, algunas de ellas razonables y la mayoría descabelladas. La breve nota que acompañaba a los artículos lo resumía todo: «El circo está en la ciudad. Mantente al margen. Estaremos en contacto».

Sonrió y volvió a leer las declaraciones contradictorias de los testigos. «¿Cómo es posible -escribía un periodista del News- que personas que se encontraban a menos de diez metros de distancia describan un mismo hecho de forma tan distinta?»

– ¿Cómo es posible? -dijo el Turista en voz alta.

Se recostó en la silla y puso los pies sobre la mesa. Tenía absoluta confianza en que su identidad permanecería en secreto. Había tomado las precauciones necesarias y no había dejado rastro. Podría haberse tratado de un fantasma.

Ahora sólo había una cosa que le preocupara, pero esa cosa le preocupaba mucho: ¿qué pasaba con la lista que se había copiado de la memoria Flash, con todas aquellas cuentas en paraísos fiscales que alcanzaban la cifra de 1,4 billones de dólares?

¿Acaso esa lista valía más que la vida del pobre capullo de la estación Grand Central? Eso parecía. ¿Valía lo que la vida de más personas, como, por ejemplo, la suya? Definitivamente, no. ¿Formaba parte de un gran rompecabezas que tal vez acabara cobrando sentido? Imposible saberlo… pero, por todos los diablos, así lo esperaba.

45

Jeffrey observó a Nora por encima de las velas, al otro lado de la mesa.

– ¿Estás segura de que te parece bien?

– Claro que sí -respondió ella.

– No sé, parecías un poco contrariada cuando te he propuesto que saliéramos en lugar de cenar en casa.

– No seas tonto. Esto es maravilloso.

Nora intentó que sus gestos concordaran con sus palabras, lo que requirió una buena dosis de teatro. En esos momentos debería haber estado en casa de él, cocinando su última cena. Ya se había preparado mentalmente para ello.

En cambio, ahora se encontraban en el restaurante favorito de Jeffrey. Nora nunca había estado tan nerviosa. Se sentía como un caballo de carreras, listo para salir al otro lado de una compuerta que se negaba a abrirse.

– Me encanta este sitio -dijo Jeffrey mirando a su alrededor.

Estaban en La Primavera, en el North End de Boston. La decoración era sencilla y elegante: manteles de lino blanco, cristalería reluciente, iluminación suave… Cuando uno se sentaba, tenía la sensación de que podía pedir agua del grifo, en lugar de embotellada. Pero, francamente, a Nora le importaba un comino qué agua le llevaran.

Jeffrey pidió ossobuco y Nora, risotto con setas porcini, aunque no tenía apetito. Para beber eligieron una botella de Poggiarello Chianti Clásico, reserva del 94. El vino que ella necesitaba. Cuando terminaron de comer, Nora desvió la conversación hacia el siguiente fin de semana. El trabajo que había dejado sin terminar pesaba sobre ella como una losa.

– Te olvidas -dijo Jeffrey- de que estaré trabajando, cariño. Es la feria del libro de Virginia.

– Tienes razón, no me acordaba. -Nora sentía deseos de gritar-. No puedo creer que vaya a dejarte suelto entre cientos de fervientes admiradoras.

Jeffrey cruzó las manos ante sí y se inclinó sobre la mesa.

– Escucha, he estado pensando -dijo-. Es sobre el modo en que hemos llevado nuestro matrimonio. O, mejor dicho, el modo en que yo lo he llevado: en secreto. Creo que he sido injusto contigo.

– ¿Te ha parecido que eso me molestaba? Porque…

– No, la verdad es que has sido muy comprensiva. Y eso hace que me sienta aún peor. Quiero decir que tengo la mujer más maravillosa del mundo, y ya es hora de que el mundo lo sepa.

Nora sonrió porque debía hacerlo, pero en su interior saltaron todas las alarmas.

– ¿Qué hay de tus fans? -preguntó-. La semana que viene, todas esas mujeres de Virginia irán a ver al soltero más sexy y cotizado según la revista People.

– ¡Que les den!

– Cielo, eso es precisamente lo que les gustaría -dijo Nora.

Jeffrey cogió las manos de ella y las apretó con suavidad.

– Te has mostrado comprensiva y yo he sido increíblemente egoísta. Pero eso se acabó.

Nora comprendió que sería imposible convencerle. Al menos, en ese momento. Típico de los hombres. Había decidido lo que era mejor para ella y no había nada más que hablar.

– Te diré lo que haremos -dijo ella-. Irás a tu feria del libro, enloquecerás a las damas con tus miradas, tu encanto y tu erudición, y volveremos a hablar de esto cuando regreses.

– De acuerdo -respondió él en un tono que daba a entender lo contrario-. Sólo hay un problema.

– ¿De qué se trata? -preguntó Nora.

«¿Es que piensas declararte otra vez delante de todo el restaurante?»

– Ayer me entrevistaron los del New York Magazine. Decidí confesarlo todo y les hablé de ti y de la boda en Cuernavaca. Deberías haber visto a la periodista, estaba impaciente por publicar la primicia. Me preguntó si podía concederle una foto de los dos para la revista. Y le dije que sí.

La cara de póquer de Nora acabó por venirse abajo.

– ¿De veras?

– Sí -dijo, estrechando un poco más fuerte las manos de ella.

– ¿Es eso un problema?

– No, claro que no.

«No es un problema -pensó-. Es un gran problema.»

46

Nora regresó a Manhattan a última hora de la tarde siguiente. Echaba de menos la comodidad y la tranquilidad de su apartamento, además de los objetos que había adquirido a lo largo de los años. Echaba de menos lo que consideraba su «vida real».

Mientras se preparaba un baño escuchó los mensajes del contestador. Durante su ausencia lo había consultado de vez en cuando. Había cuatro nuevos. Los tres primeros estaban relacionados con el trabajo y eran de clientes problemáticos. El último era de Brian Stewart, su compañero del vuelo en primera clase hacia Boston, el que se parecía a Brad Pitt.

El mensaje era corto y dulce, como a ella le gustaban. Brian aseguraba que le había encantado conocerla y decía que esperaba volver a verla. «Regresaré a la ciudad a finales de semana y me encantaría salir contigo una noche. Será divertido, te lo prometo.»

«Si insistes, Brian…»

Nora tomó un baño caliente. Después pidió comida china y revisó el correo electrónico. Antes de que terminaran las noticias de las once, se había quedado profundamente dormida en el sofá, como un bebé. Y durmió hasta tarde.

A la mañana siguiente, poco antes de mediodía, Nora se dejó caer por Hargrove and Sons, en el Upper East Side. Le parecía un establecimiento demasiado rancio, cuyos dependientes daban la sensación de ser más viejos que las antigüedades que vendían. Pero era una de las tiendas favoritas de su cliente, el veterano productor de cine Dale Minton, y éste había insistido en que se encontraran allí.

Nora dio un vistazo durante unos minutos. Tras pasar por el enésimo sofá a cuadros escoceses, alguien le dio un golpecito en el hombro.

– ¡Olivia, es usted!

Frente a ella tenía a Steven Keppler (el abogado de mediana edad, tarifas modestas y calva mal disimulada), visiblemente entusiasmado.

– Eh… hola -dijo Nora. Rápidamente rastreó su fichero mental y dio con el nombre-. ¿Cómo está, Steven?

– Estupendamente, Olivia. La estaba llamando, ¿no me ha oído?

Ella le quitó importancia.

– Eso es muy típico de mí. Cuanto más compro, menos me entero de lo que ocurre a mi alrededor.

Steven se rió y cambió de tema. Mientras daba inicio a una charla insustanciaclass="underline" «Qué casualidad que nos encontremos aquí», Nora recordó su tendencia a comérsela con la mirada. ¿Cómo lo había olvidado? Sus ojos empezaban a babear. «¿Acaso babean los ojos? Los de Keppler sí.» Mientras tanto, controlaba la puerta de entrada por si llegaba Dale. Cabía la posibilidad de que estuviera a punto de avecinarse un auténtico desastre.

– Dígame, Olivia: ¿está comprando para usted o para un cliente? -preguntó Steven.

– Para un cliente -dijo mirando el reloj.

Entonces le vio. Dale Minton franqueaba la puerta de entrada en aquel instante, con tal desenfado que parecía el dueño de la tienda. Y lo cierto era que, de haberlo querido, podría haberlo sido.

– Vaya, ahí está -dijo.

Intentó que el pánico no se apoderase de ella, pero la idea de que Dale pudiera llamarla Nora delante de Steven y viceversa le crispaba los nervios.

– La dejo trabajar -dijo-. Pero prométame que me dejará invitarla a cenar un día de éstos.

Realmente, el tipo era un oportunista. Sabía, al igual que ella, que «Sí» era una respuesta muy rápida, pero «No» hubiera exigido inventarse una excusa.

– Sí -dijo Nora-. De acuerdo. Llámeme.

– Lo haré. Empiezo las vacaciones la semana que viene, pero cuando vuelva le recordaré su promesa.

Cuando Steven Keppler se dio la vuelta para marcharse, Dale todavía estaba a cierta distancia. Se había salvado por los pelos. Entonces…

– Ha sido un placer volver a verla, Olivia -gritó Steven en voz alta.

Nora le respondió con una débil sonrisa y se quedó mirando a Dale, completamente confuso.

– ¿Ese hombre la acaba de llamar Olivia? -preguntó.

Nora le rezó a la diosa de las ideas rápidas y sus plegarias fueron escuchadas. Se acercó a Dale y le susurró:

– Le conocí en una fiesta hace unos meses. Le dije que me llamaba Olivia… por razones obvias.

Aclarada la cuestión, Dale asintió y Nora sonrió, con la tranquilidad de saber que su doble vida seguía a salvo.

Al menos, de momento.