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– Eso es muy típico de mí. Cuanto más compro, menos me entero de lo que ocurre a mi alrededor.

Steven se rió y cambió de tema. Mientras daba inicio a una charla insustanciaclass="underline" «Qué casualidad que nos encontremos aquí», Nora recordó su tendencia a comérsela con la mirada. ¿Cómo lo había olvidado? Sus ojos empezaban a babear. «¿Acaso babean los ojos? Los de Keppler sí.» Mientras tanto, controlaba la puerta de entrada por si llegaba Dale. Cabía la posibilidad de que estuviera a punto de avecinarse un auténtico desastre.

– Dígame, Olivia: ¿está comprando para usted o para un cliente? -preguntó Steven.

– Para un cliente -dijo mirando el reloj.

Entonces le vio. Dale Minton franqueaba la puerta de entrada en aquel instante, con tal desenfado que parecía el dueño de la tienda. Y lo cierto era que, de haberlo querido, podría haberlo sido.

– Vaya, ahí está -dijo.

Intentó que el pánico no se apoderase de ella, pero la idea de que Dale pudiera llamarla Nora delante de Steven y viceversa le crispaba los nervios.

– La dejo trabajar -dijo-. Pero prométame que me dejará invitarla a cenar un día de éstos.

Realmente, el tipo era un oportunista. Sabía, al igual que ella, que «Sí» era una respuesta muy rápida, pero «No» hubiera exigido inventarse una excusa.

– Sí -dijo Nora-. De acuerdo. Llámeme.

– Lo haré. Empiezo las vacaciones la semana que viene, pero cuando vuelva le recordaré su promesa.

Cuando Steven Keppler se dio la vuelta para marcharse, Dale todavía estaba a cierta distancia. Se había salvado por los pelos. Entonces…

– Ha sido un placer volver a verla, Olivia -gritó Steven en voz alta.

Nora le respondió con una débil sonrisa y se quedó mirando a Dale, completamente confuso.

– ¿Ese hombre la acaba de llamar Olivia? -preguntó.

Nora le rezó a la diosa de las ideas rápidas y sus plegarias fueron escuchadas. Se acercó a Dale y le susurró:

– Le conocí en una fiesta hace unos meses. Le dije que me llamaba Olivia… por razones obvias.

Aclarada la cuestión, Dale asintió y Nora sonrió, con la tranquilidad de saber que su doble vida seguía a salvo.

Al menos, de momento.

47

Una mujer rubia revoloteaba entre los muebles antiguos con los ojos ocultos por unas gafas oscuras. Estaba jugando a los detectives y, a decir verdad, se sentía ridícula. Pero debía vigilar a Nora Sinclair.

De haber estado en cualquier otra parte que no fuese Nueva York, habría llamado la atención. Pero estaba en el Upper East Side de Manhattan. Aquí armonizaba con el entorno y sólo era una clienta más curioseando en Hargrove and Sons.

La rubia se detuvo frente a un perchero de roble con ganchos de latón reluciente y simuló mirar el precio. Pero tanto sus ojos como sus oídos estaban fijos en Nora. ¿O era Olivia Sinclair? No sabía qué conclusiones sacar de la conversación entre Nora y el tipo calvo. «Cualquiera que responda a dos nombres distintos, probablemente es culpable de algo.»

Siguió vigilando a Nora, que ahora estaba junto a otro hombre. Extremando las precauciones, se alejó de ellos un par de veces. Aun así, se las arregló para escuchar parte de la conversación.

El hombre mayor era un cliente. Así pues, Nora era decoradora de interiores. Sus comentarios, sus sugerencias y las palabras que utilizaba demostraban que sabía de lo que hablaba. Sin embargo, la profesión de Nora nunca había sido puesta en duda. Era el resto de su vida lo que se cuestionaba. Su doble vida, sus secretos. Pero aún no había ninguna prueba de ello. Por esa razón, la mujer rubia había decidido echar un vistazo por sí misma,

– Disculpe, ¿puedo ayudarla en algo? ¿Busca algo en concreto?

La rubia se volvió y vio a una vendedora entrada en años pegada a su espalda. Llevaba una corbata de lazo, una chaqueta de tweed y unas gafas con montura metálica que parecían tan viejas como ella.

– No, gracias -dijo casi en un susurro-. Sólo estoy mirando. Pero no veo nada que me guste.

48

Después de perder a Nora en Boston aquel sábado, el resto del fin de semana podía resumirse en una sola palabra: basura.

En la lista de estupideces espontáneas cometidas aquellos días, enfrentarme a la ventanilla de un coche alquilado ocupaba un lugar destacado. Afortunadamente no me había roto la mano, al menos según mi exhaustiva autoevaluación médica. Rigurosa como pocas, consistió en una sola pregunta: «¿Todavía puedes mover los dedos, pedazo de idiota?».

Cuando, al fin, llegó el lunes por la mañana, me pasé por la casa de Connor Brown para ver si Nora ya había vuelto. No lo había hecho. A última hora de la tarde hice el mismo trayecto y obtuve el mismo resultado; después de eso decidí que ya era hora de telefonearla al móvil.

Saqué la libretita donde tenía apuntado el número que me había dado Nora y lo marqué desde el coche. Contestó un hombre.

– Lo siento, creo que me he equivocado -dije-. Quería hablar con Nora Sinclair.

El hombre no conocía a nadie que se llamara así. Después de colgar, comparé mi libreta con las llamadas registradas en mi teléfono móvil. Sí, había marcado el número correcto. Pero no era el de Nora.

«Vaya.»

Me quedé mirando el volante unos segundos antes de volver a coger el teléfono y marcar de nuevo. Esta vez me respondió una agradable y juvenil voz femenina.

– Buenos días. Seguros de Vida Centennial One.

– Muy convincente, Molly -dije.

– ¿De veras?

– De veras. Si no lo supiera, creería que te estás limando las uñas.

Molly era mi nueva recepcionista. Después de que Nora me siguiera hasta el trabajo, se decidió que en la «oficina» no podía haber sólo una persona.

– Hazme un favor, ¿quieres? -pregunté-. Averigua el número del móvil de Nora.

– ¿Es que no está en su carpeta?

– Tal vez, pero quiero asegurarme de que no lo haya cambiado recientemente.

– Está bien, dame diez minutos.

– Te daré cinco.

– ¿Crees que éstas son maneras de tratar a tu nueva recepcionista?

– Tienes razón -dije-. Lo dejaremos en cuatro.

– Es injusto.

– Tic, tic, tic…

Molly había finalizado sus estudios hacía dos años. Aunque todavía estaba muy verde, según decía Susan, y se equivocaba de vez en cuando, había demostrado que aprendía deprisa. Así que no me sorprendió que me llamara al cabo de tres minutos.

– Sigue siendo el mismo número que tenemos -dijo Molly.

Me lo leyó y lo comparé con el que me había dado Nora.

No pude evitar una sonrisa. Sólo variaban los dos últimos dígitos: estaban al revés. Interesante. Tal vez me hubiera confundido. O quizá fuera eso lo que Nora quería que pensara. O al menos, que lo considerase una posibilidad.

– ¿Necesitas alguna otra cosa? -preguntó Molly.

– No, eso es todo. Gracias.

Me despedí y apunté el teléfono correcto en mi libreta. A propósito o no, Nora se las había arreglado para eludirme otra vez. Y ahora, ¿qué?

En los inicios de mi carrera aprendí que a veces hay que hacer una distinción entre la información que uno tiene y la información que puede usar. Esta era una de esas veces. Yo tenía el número correcto de Nora, pero debía actuar como si no lo tuviera.

Con la mano magullada le escribí una nota que dejé en la puerta principal de la casa de Connor Brown. Estaba casi seguro de que la vería. La pregunta era cuándo.

49

Hacia finales de semana, Nora volvió a Briarcliff Manor porque tenía que acabar de cerrar la casa. A pesar de que la hermana de Connor le había pedido que se quedara todo el tiempo que ella quisiera, Nora prefería darse prisa. En realidad, esperaba no tener que volver a ver a esa bruja.

En cambio, le iba a tomar la palabra a Elizabeth Brown en cuanto a quedarse con los muebles. Los 3.500 metros cuadrados de muebles. Como decoradora de interiores, Nora sabía lo que valía el conjunto. Y el conjunto valía mucho dinero. Una pequeña fortuna, en realidad. Fortuna que ella estaría encantada de embolsarse en aras de aplacar la culpabilidad de Lizze, o lo que quiera que fuese. Todo lo que necesitaba era un poco de ayuda.