Ambos pedimos café, y yo añadí al pedido una porción de pastel de manzana. No era bueno para mi línea, pero imaginé que como estrategia serviría. Es decir, ¿quién podría desconfiar de un tipo que pide pastel de manzana?
Al mirar a Nora mientras la camarera se alejaba, supe que debía reducir al mínimo la cháchara insustancial. Su lenguaje corporal hablaba alto y claro: estaba tensa, contenida y con los nervios a flor de piel. Había venido a escuchar malas noticias y no tenía interés en prolongar el suspense.
Así que fui al grano.
– Me siento fatal -dije-. Todo el tiempo diciéndote que esta investigación sería rutinaria y que no había de qué preocuparse, y resulta que el otro día… -Mi voz se fue apagando al tiempo que sacudía la cabeza, exasperado.
– ¿Qué? ¿El otro día qué…?
– ¡Es ese maldito O’Hara! -exclamé. No grité, pero sí lo dije lo bastante fuerte para que un par de cabezas se volvieran hacia nosotros. Bajé la voz un tono-. No entiendo cómo permiten que un tío como ése se haga cargo de la investigación. Simplemente, no hay ninguna necesidad. -Nora me miraba y esperaba, cosa que habría jurado que no estaba acostumbrada a hacer-. Al parecer, se ha puesto en contacto con el FBI -dije.
Ella entornó los ojos.
– No lo comprendo.
– Yo tampoco, Nora. O’Hara debe de ser el tipo más receloso que he conocido nunca. Para él, todo el mundo forma parte de una conspiración. Ese hombre está chiflado.
– Fantástico. -Nora se reclinó en su asiento y enderezó los hombros. Sus ojos verdes parpadearon confundidos. Casi sentí lástima por ella-. ¿El FBI? ¿Qué significa eso?
– Algo que no tendría que soportar ninguna persona que pase por lo que tú estás pasando -dije. Entonces hice una pausa corta, elocuente y acaramelada-. Me temo que van a exhumar el cuerpo de tu prometido.
– ¿Qué?
– Sé que es terrible, y te aseguro que si pudiera hacer algo al respecto, lo haría. Sin embargo, no puedo. Por alguna razón, ese idiota de O’Hara se niega a aceptar que un hombre de cuarenta años pueda morir de un ataque al corazón de forma natural. Quiere realizar más pruebas.
– Pero ya realizaron una autopsia.
– Lo sé, lo sé…
– ¿Es que ese O’Hara duda de los resultados?
– No se trata de eso, Nora. Lo que él quiere son pruebas más exhaustivas. Las autopsias genéricas son… pues eso: genéricas; hay algunas cosas que no siempre ven la luz.
– ¿A qué te refieres? ¿Qué cosas?
La pregunta se quedó flotando en el aire, pues la camarera estaba de regreso. Mientras dejaba en la mesa los cafés y mi pastel de manzana, vi cómo el nerviosismo de Nora iba en aumento. Sus emociones parecían ser auténticas. Lo que no quedaba tan claro era qué las motivaba. ¿Las de una novia apenada… o las de una asesina que se enfrentaba al repentino riesgo de ser descubierta?
La camarera se marchó.
– ¿Qué cosas? -dije, repitiendo su propia pregunta-. Un montón de ellas, supongo. Por ejemplo, y hablo sólo hipotéticamente, si Connor abusaba de las drogas, o si tal vez había algunos condicionantes médicos preexistentes que no se hicieron constar en la solicitud del seguro. Tanto una cosa como la otra podrían llegar a invalidar la póliza.
– Ninguno de los dos era el caso.
– Tú lo sabes, y, hablando franca y extraoficialmente, yo también lo sé. Pero, por desgracia, John O’Hara no lo sabe.
Nora arrancó la tapa de papel de la tarrina de crema de leche. Vació el contenido en su café y añadió dos terrones de azúcar.
– ¿Sabes qué? Puedes decirle a O’Hara que se quede con el dinero. No lo quiero.
– Ojalá fuese tan simple, Nora. Centennial One está obligada por ley a entregar el importe de la póliza, haya o no discrepancias al respecto. Por extraño que suene, no tienes elección en este sentido.
Apoyó los codos en la mesa. Entonces, la cabeza le cayó entre las manos. Cuando la volvió a levantar, pude ver una lágrima surcando su mejilla. Susurró:
– ¿Van a desenterrar el ataúd de Connor? ¿Es eso lo que van a hacer?
– Lo siento mucho -dije, y lo cierto era que me sentía fatal. ¿Y si era inocente?-. Ahora comprenderás por qué no quería hablar de esto por teléfono. Lo único que puedo decirte es que, si yo fuese O’Hara, jamás haría algo así.
Al pronunciar estas palabras, mientras ella se secaba las lágrimas con su servilleta, no pude evitar pensar en lo que me decía mi padre: «Las cosas no siempre son lo que parecen».
Seguía sin saber si las lágrimas de Nora eran reales o no, pero había algo de lo que estaba seguro: aquella mujer había acabado por despreciar a John O’Hara. Y cuanto más le odiara, más fácil me resultaría ganarme su confianza. Tuve que admitir que era bastante irónico.
Y es que John O’Hara no estaba en Chicago, en la oficina central de Seguros de Vida Centennial One. Nada de eso; John O’Hara estaba sentado en un reservado de la cafetería Blue Ribbon, comiéndose un trozo de pastel de manzana y respondiendo al nombre de Craig Reynolds.
Y los seguros no eran precisamente mi campo.
TERCERA PARTE. Juegos más que peligrosos
52
Susan aullaba en mi oído. Estaba cabreada.
– ¿Qué significa eso de que le has dicho que íbamos a exhumar el cadáver de Connor?
– Créeme, eso nos favorece -dije-. Ahora más que nunca, Nora piensa que estoy de su parte. Además, tú misma me dijiste que desenterrar el cuerpo representaba un riesgo porque ella podía descubrir todo el engaño.
– Lo que dije es que representaba un pequeño riesgo.
– Y lo que yo digo es que nosotros le hemos dado la vuelta al asunto para que juegue a nuestro favor.
– «Nosotros» no hemos hecho nada, O’Hara. Tú lo has hecho por tu cuenta sin consultar antes conmigo.
– Está bien, me he precipitado un poco.
– No, te has precipitado mucho. Pero ése es tu estilo, ¿verdad? Por eso siempre te metes en líos -gruñó-. Existe una razón para que tengamos un plan de ataque, y es que ambos sepamos lo que el otro está haciendo.
– Vamos, Susan, admite al menos que es una baza a nuestro favor.
– No se trata de eso. Necesito que actúes como parte del equipo, ¿comprendes? Ya no eres un policía secreto.
Dudé un poco, pero entonces dije:
– Tienes razón. Soy un agente federal secreto.
– No por mucho tiempo si lo proclamas a los cuatro vientos. No me gustan los cowboys.
Durante varios segundos, ninguno de los dos dijo una palabra. Rompí el silencio.
– ¿Sabes? Me gustaba más cuando me ponías por las nubes.
Susan me dedicó una risita frustrada.
– Dime, genio: ahora que Nora sabe que estamos a punto de desenterrar a su prometido, ¿cuál será tu próximo paso? -me preguntó.
– Muy fácil -respondí-. Esperaremos los resultados. Si el laboratorio concluye que se cometió un asesinato, ya sabremos quién lo hizo.
– Necesitarás probar que fue ella.
– Pero resulta que es mucho más fácil encontrar algo cuando sabes lo que estás buscando.
– ¿Y si el laboratorio no descubre nada?
– Entonces le daré a Nora las buenas noticias y trabajaré aún más duro para conseguir que se delate.
– Olvidas una cosa.
– ¿De qué se trata?
– Tal vez sea inocente.
– ¡Y lo dice alguien que piensa que todo el mundo es culpable!
– Sólo quiero decir que…
– No, te entiendo. Cualquier cosa es posible. Pero esa mujer ha mantenido relaciones con al menos dos tipos que han muerto en dos estados diferentes. Si es una coincidencia, entonces Nora Sinclair ha tenido muy mala suerte con los hombres.
– Estúpida de mí -dijo-. Atémosla bien a la silla eléctrica.