– Así me gusta, eso está mejor. Por un instante he creído que eras otra persona.
– Hablando de eso, ¿qué posibilidades hay de que Nora se interese por tu alter ego?
– Ninguna: Craig Reynolds no es su tipo -respondí-. No gana suficiente dinero.
– Nunca se sabe. Me has dicho que está convencida de que estás de su parte. Teniendo eso en cuenta, tal vez quiera darse un garbeo por los bajos fondos, para variar.
– En ese caso, tengo el apartamento adecuado. Perfecto para sumergirse en los bajos fondos.
– No irás a empezar otra vez con eso, ¿verdad?
– No, pero si tengo que pasar mucho más tiempo en aquel vertedero, tendré que solicitar un plus de peligrosidad.
– O’Hara, si ésa resultara ser la parte más dura de tu trabajo, serías un hombre afortunado.
53
Nora empujó suavemente la puerta de la habitación de su madre en el centro psiquiátrico Pine Woods e hizo cuanto pudo por sonreír. Estaba de un humor terrible y lo sabía. Al igual que cualquiera que hubiera estado en contacto con ella, como Emily Barrows y la nueva enfermera, Patsy, las últimas que la vieron al entrar en la sala.
Trataba de olvidar que había quedado con Craig Reynolds para tomar café el día antes y actuaba como si éste no le hubiera informado de que iban a exhumar el cadáver de Connor.
– Hola, mamá.
Olivia Sinclair estaba sentada en la colcha y llevaba puesto un camisón amarillo. Miró a Nora con una sonrisa inexpresiva.
– Ah, hola.
Las nubes que habían estado cubriendo el cielo durante la mayor parte del día empezaban a diluirse. Ahora, la luz del sol se abría camino en la habitación a través de las persianas. Nora cogió una silla de la esquina y la acercó a la cama.
– Tienes buen aspecto, mamá.
Cualquier hija habría dicho lo mismo. La diferencia con Nora era que ella así lo creía. Hacía mucho tiempo que no utilizaba los ojos para mirar a su madre. Sólo los recuerdos. En cualquier caso, era una cuestión de hábito. Cuando encarcelaron a Olivia, a Nora le prohibieron visitarla. Conforme crecía, su madre quedó congelada en el tiempo. Nora pasó por varios hogares de acogida y la imagen que tenía de Olivia era una de las pocas constantes en su vida.
– Ya sabes que me gusta leer.
«Oh, mierda.»
– Lo sé, mamá. Me temo que esta vez me he olvidado de traerte un libro. Las cosas han… en fin, han…
Un cortacésped se puso en marcha en los jardines. La áspera vibración del motor hizo que Nora se sobresaltara. De repente, se sintió paralizada y le faltó el aliento. Lo único que parecía estar en funcionamiento eran sus lágrimas. Su fachada se derrumbó y el mundo exterior se abalanzó sobre ella. Se enjugó los ojos.
– Lo siento, mamá.
Por primera vez, Nora habló a su madre de un sueño recurrente, en el que veía a Olivia disparar a su padre. ¡Qué vivida permanecía aquella noche en su memoria! Lo que se dijo, lo que llevaba puesto cada uno, incluso el olor a azufre.
«¿Qué más da? Ni siquiera sabe quién soy.»
Nora cogió un pañuelo de papel de la mesilla de noche. Era como si un dique hubiera reventado. Sus lágrimas, sus emociones… todo se desbordaba. Estaba perdiendo el control y sentía un impulso irresistible de hablar con alguien.
Nora exhaló un profundo suspiro y dejó que sus pulmones se expandieran. Cuando acabó de soltar el aire, cerró los ojos y habló:
– He hecho cosas terribles, mamá. Necesito hablarte de ello.
Nora abrió los ojos; tenía la verdad en la punta de la lengua. Pero ahí se quedó: algo espantoso le estaba sucediendo a su madre. Saltó de la silla y corrió hacia la puerta. Salió precipitadamente al pasillo y gritó:
– ¡Socorro! ¡Deprisa, que alguien me ayude! ¡Mi madre se está muriendo!
54
Los ojos de la enfermera Barrows saltaron de la hoja de registro de medicaciones, y su cabeza giró bruscamente en la dirección de la que procedía el grito. Reconoció la voz de Nora de inmediato.
Mientras sorteaba el mostrador del puesto de enfermeras, llamó a Patsy, que estaba en el almacén.
Al llegar al pasillo, Emily vio a Nora agitar los brazos con desesperación. Había unos veinticinco metros entre ella y la habitación de Olivia Sinclair, pero Emily empezó a recorrerlos más deprisa de lo que debería haberle permitido su fornida figura.
– ¿Qué ocurre? -chilló Emily-. ¿Qué ha pasado?
– No lo sé -gritó Nora-. Está…
Emily la adelantó y entró corriendo en la habitación. Lo que vio parecía una escena sacada de El exorcista: Olivia Sinclair estaba tendida en la cama sufriendo convulsiones; el cuerpo extendido por completo, los brazos y las piernas temblaban y se retorcían espasmódicamente. El traqueteo de la cabecera metálica era casi ensordecedor.
Sobreponiéndose a cuanto ocurría en aquellos instantes, incluido el ataque de pánico de Nora, Emily Barrows recobró la calma al instante. Al ver a Patsy aparecer por la puerta, se dirigió a ella.
– Échame una mano -dijo a la joven enfermera. Patsy se acercó con pasos rápidos y nerviosos-. ¿Es tu primer ataque epiléptico? -preguntó Emily. Patsy asintió-. Está bien, te diré lo que has de hacer. Primero, la giras y la pones sobre un costado para que no se asfixie en caso de que vomite -dijo Emily. Luego se cruzó de brazos y asintió con la cabeza a Patsy, que, una vez más, estaba paralizada-. No te quedes ahí parada, querida.
Lanzándose a la acción, Patsy levantó a Olivia y la puso de lado.
– Bien, ¿y ahora qué?
– Ahora te esperas.
– ¿A qué?
– A que termine.
– ¿Quiere decir que esto es todo lo que tengo que hacer?
– Exacto. No intentes contenerla. Sólo controla el tiempo: nueve de cada diez veces durará sólo cinco minutos y, si dura más, llamamos al doctor.
Nora permanecía de pie, doblemente sorprendida por el hecho de que Emily hubiera convertido el ataque de su madre en una lección de enfermería.
– ¡Tiene que haber algo más que pueda hacerse!
– No lo hay, Nora, de verdad. Créeme, parece mucho peor de lo que es.
– ¿Qué me dice de la lengua? ¿No es posible que acabe tragándose la lengua?
Emily sacudió la cabeza, intentando ser paciente.
– Eso es un mito -dijo-. No existe ni siquiera una posibilidad remota de que ocurra.
Nora seguía sin darse por satisfecha. Estaba a punto de insistir en que trajeran a un médico cuando, de repente, todo cesó. La cama, el ruido, las convulsiones de su madre…
La habitación quedó en silencio. Emily acomodó a Olivia. La tumbó de nuevo sobre la espalda y le recostó la cabeza sobre unas cuantas almohadas. Nora se acercó corriendo, agarró la mano de su madre y le dio un apretón. Y por primera vez, según podía recordar, sintió realmente que también ella le apretaba la mano.
– Ya ha pasado todo, mamá -dijo Nora con suavidad-. Ya ha pasado todo.
– Vamos, vamos… -susurró la enfermera Barrows con una mano tranquilizadora sobre el hombro de Nora-. Sé que has pensado que se iba a morir, pero, créeme, querida: cuando se esté muriendo, lo sabrás. Lo sabrás.
55
«¿Dos metros bajo tierra?»
La verdad es que no sé de dónde sacaron esa expresión. Desde luego, no del cementerio de Sleepy Hollow, donde se halla emplazada la vieja iglesia holandesa de Northern Westchester. A pesar de los dos metros de tierra excavados junto a la lápida de Connor Brown, seguía sin haber rastro del ataúd. Sólo cuando la pila de tierra fue el doble de alta oí por fin el ruido sordo de la pala golpeando la madera.
Al menos no era yo quien cavaba en aquel viejo y célebre cementerio, donde se supone que están enterrados Washington Irving y varios Rockefeller.
– Esa serie de televisión debería haberse llamado «Cuatro metros bajo tierra» -dije al policía que se encontraba de pie junto a mí.