Supongo que no debía de ver ese canal, porque no entendió el chiste. Aunque también es posible que la mirada inexpresiva del agente respondiera a una combinación de cansancio, resentimiento y falta de sentido del humor.
Mi objetivo era entrar y volver a salir de la forma más rápida y discreta posible, y eso implicaba un equipo reducido, nada de maquinaria ruidosa y empezar a las dos de la madrugada. Hacerlo a plena luz del día y al estilo de una superproducción era lo último que deseaba.
Además del policía impertérrito, contaba también con tres empleados del cementerio que, después de colocar un par de luces, cavaron durante una hora. Con nosotros había una persona más: un conductor del laboratorio de patología del FBI. Apenas parecía lo bastante mayor para tener credenciales.
Volví a mirar al policía que estaba conmigo.
– Parece que esta noche está todo muy muerto, ¿eh?
Ni una sonrisa, ni siquiera una risita entre dientes como respuesta.
«Tú mismo», pensé.
Así pues, volví mi atención al agujero abierto del suelo. Los tres tipos del cementerio estaban de pie encima del féretro medio desenterrado de Connor Brown y se disponían a fijar unas correas en las asas que a mí no me parecían lo bastante sólidas.
– ¿Están seguros de que esas cosas van a aguantar tanto peso? -pregunté.
Los tres miraron hacia arriba.
– Eso espero -dijo el más alto, que medía menos de metro setenta.
Su inglés apenas era aceptable, pero los otros dos sólo mostraban fluidez cuando asentían con la cabeza.
Después de atar las correas, los tres hombres escalaron el agujero hasta alcanzar el suelo. Levantaron un armazón de aluminio con una manivela incorporada y lo colocaron a horcajadas sobre la fosa antes de atar el otro extremo de las correas.
Y de repente, se oyó un ruido.
«¿Qué diablos ha sido eso?»
Aunque ninguno de nosotros pronunció palabra alguna, nuestras miradas dejaban muy claro que habíamos pensado lo mismo. Parecían ramitas al romperse, tal vez pisadas. ¿Acaso el Caballero Sin Cabeza había salido para una cabalgada nocturna?
Nos quedamos inmóviles y escuchando. Por encima de nosotros, las gruesas ramas de los robles se balanceaban, crujiendo y lamentándose. A nuestros pies, unas cuantas hojas revoloteaban impulsadas por el viento. Pero el ruido no se repitió.
Los tres empleados del cementerio, bastante menos asustados que el resto de los presentes, volvieron al trabajo y comenzaron a hacer girar la manivela. Poco a poco, el ataúd de Connor Brown empezó a elevarse.
Casi al instante, el viento arreció con más fuerza. Un frío repentino recorrió mi espina dorsal. Aunque no era excesivamente religioso, no pude evitar plantearme lo que estábamos haciendo. Importunar a los muertos. Alterar el orden de las cosas. Empezaba a tener un mal presentimiento respecto a todo aquello.
¡Crac!
El ruido desgarró el silencio de la noche y el viento transportó su eco. No se trataba de una ramita. Era un sonido diez veces más fuerte. Las asas de uno de los lados del féretro se habían desatado; a continuación, las bisagras chirriaron como si alguien hubiera rascado una pizarra con las uñas afiladas. El contenido se vació con un lento bamboleo: era el cadáver de Connor Brown.
– ¡Por todos los jodidos santos! -gritó a mi lado el policía.
Corrimos hacia el borde de la fosa, donde nos recibió un olor putrefacto. Automáticamente sentí que las náuseas se apoderaban de mi garganta y me obligaban a retroceder, no sin antes echar un vistazo. Y lo que vi fue un rostro descompuesto, de carne blanca y nervuda; los globos oculares sobresalían, vidriosos, de las cuencas vacías, pero miraban directamente hacia mí.
Los tipos del cementerio maldecían en una mezcla de inglés y español, mientras que el chico del laboratorio de patología se limitaba a sacudir la cabeza. Muy cerca de mí se encontraba el policía. Vomitando.
– ¿Qué diablos hacemos ahora? -pregunté.
La respuesta llegó en forma de escalera: el excavador tenía que bajar al fondo del agujero. La única forma de recuperar el cuerpo era cargar con él.
– Por favor, necesitamos ayuda -dijo el portavoz de los muchachos del cementerio.
Fue la decisión más fácil que había tomado nunca. Me volví hacia el policía, que aún estaba doblado hacia delante escupiendo los últimos restos de su cena, y él me miró con el rostro más pálido e incrédulo posible.
– ¿Yo? -jadeó-. ¿Ahí abajo?
Mi sonrisa lo decía todo.
«Lo siento, amigo; deberías haberte reído de los chistes del FBI.»
56
Nora no estaba segura de haber sido descubierta, pero no cabía duda de que habían oído algo. La ramita que se había partido bajo su pie al intentar acercarse había sonado como un petardo.
Cuando se volvieron para mirar, se tiró al suelo, detrás de la lápida más cercana. Apretó las rodillas contra el pecho y contuvo la respiración. ¿Tal vez era un buen momento para preguntarse si se había arriesgado demasiado presentándose allí?
Pero Nora sabía que no podía mantenerse al margen. Tenía que estar presente, por molesto y macabro que fuese. Extraer el cuerpo de Connor de las entrañas de la tierra… ¿realmente iban a seguir con ello?
Sí, así era.
Nora se estremeció. Según una leyenda, había una bruja enterrada por ahí, en algún lugar sin señalizar. Incluso con un jersey encima podía sentir el frío bloque de granito contra su espalda. Con cuidado, echó un vistazo desde detrás de la lápida. «¡Uf!» Habían vuelto al trabajo. Habían atado las correas a una especie de artilugio situado sobre la tumba de Connor y estaban empezando a levantar su féretro.
Siguió mirando con incredulidad. A cada vuelta de la manivela se sentía más contrariada. Hasta entonces, todo había ido como la seda. No tenía por qué preocuparse. Estaba libre y sin cargos. Y ahora, esto.
«¿Quién diablos se cree que es ese O’Hara? ¡Imbécil! ¡Cabrón!»
Lo que le llevaba a plantearse otra pregunta: «¿Dónde diablos está?».
Nora daba por supuesto que si seguía a Craig Reynolds aquella noche vería a O’Hara por primera vez. Era el principal motivo de que estuviera allí.
Pero no era ninguno de los tres hombres con palas. Seguramente, tampoco era el policía. Aparte de Craig, sólo quedaba otro hombre, y a duras penas se le podía llamar así. Era imposible que ese chico que no paraba de fumar fuese John O’Hara, pensó Nora.
En ese instante, la parte superior del féretro asomó por encima de la fosa. Al verlo, se giró, incapaz de mirar. Volvió a presionar con fuerza la espalda contra la lápida y oyó el latido de su corazón.
Pero eso no era nada comparado con lo que oyó después, un terrible chasquido que procedía de la tumba de Connor. Cada músculo del cuerpo de Nora se tensó. No sabía lo que había ocurrido, y una parte de ella prefería no saberlo.
Pero tenía que mirar, así que echó un vistazo desde detrás de la lápida.
Sus ojos se abrieron como platos, al igual que su boca. Estuvo a punto de gritar. El féretro de Connor colgaba de un extremo y la tapa estaba abierta. Su mente imaginó el resto y, al ver al policía vomitando, sintió deseos de hacerlo ella también. De hecho, estaba segura de que lo habría hecho de no ser porque la venció otro impulso.
«¡Corre!»
57
Al día siguiente, Nora regresó a Manhattan y fue directamente al centro de belleza Bliss, en el SoHo. Eligió un tratamiento corporal de zanahoria con sésamo y un masaje con aceite tibio. Luego se hizo la manicura y la pedicura. En general, nada relajaba más a Nora que unos cuantos mimos en el Bliss.
Pero tres horas y cuatrocientos dólares más tarde, no se sentía mejor. La noche anterior todavía planeaba sobre ella. Ya era última hora de la tarde y la idea de pasar la noche sola le daba escalofríos.