– Me temo que no regresará.
– ¿Qué quiere decir?
– Acabo de verla salir del restaurante.
Más desconcertado todavía, se volvió hacia la salida con mirada escrutadora. Hizo ademán de levantarse.
– No se moleste -dijo ella-. Hace cinco minutos que se ha ido.
El hombre volvió a sentarse.
– No lo entiendo. ¿Es usted amiga suya o algo por el estilo?
– No, yo no diría tanto. -Se deslizó en la silla en la que había estado sentada Nora-. Aun así, ¿le importa si le hago un par de preguntas?
60
Nora necesitaba salir de Nueva York al menos durante unos días. Afortunadamente, tenía un lugar al que ir.
El tráfico era fluido en la I-95, que iba directa hacia el norte, y aún lo era más después de que se desviara hacia la 395. Sin embargo, una hora y media al sur de Boston, más o menos, la cosa cambió. Un camión con remolque había volcado y se había formado una cola kilométrica. Nora recordó por qué prefería volar.
Aun así, no le importaba. Después de lo del cementerio y la cena con Brian Stewart, el don Juan con más pretensiones que dinero, lo que Nora quería era un poco de estabilidad en su vida. Mantener las ruedas en la carretera. Invertir el día en conducir hacia Boston no le parecía una mala idea. Ni tampoco pasar la noche con su maridito.
– ¡Caray, cuánto te he echado de menos! -dijo Jeffrey, saludándola en la entrada de su casa de Back Bay.
La estrechó entre sus brazos, la besó en los labios, en las mejillas, en el cuello y vuelta a empezar.
– Casi estoy tentada de creerte -bromeó Nora-. Pensé que te habrías olvidado de mí después de tu feria del libro y todas aquellas admiradoras de Virginia.
– ¿Cómo podría olvidarme de esto, y de esto, y de esto…? -preguntó Jeffrey.
– No podría estar más de acuerdo -dijo Nora.
Siguieron besándose y bromeando el uno con el otro a medida que avanzaban escaleras arriba hasta llegar al dormitorio principal. Con la ropa esparcida por el suelo y los cuerpos sudorosos, aquella tarde hicieron el amor y volvieron a hacerlo después, a la noche.
Lo máximo que alguno de los dos se alejó de la cama fue cuando Jeffrey corrió a abrir la puerta al repartidor que traía cena vietnamita.
Comieron ensalada de algas, pollo cuu long y ternera al limón a la par que miraban abrazados Con la muerte en los talones. Nora adoraba a Hitchcock, a quien consideraba uno de los más perversos cabrones de todos los tiempos. Sin embargo, Jeffrey se había dormido mientras Cary Grant se quedaba colgado en el monte Rushmore.
Nora esperó pacientemente. Cuando por fin oyó su característico y delicado silbido nasal, se deslizó fuera de la cama y se dirigió al vestíbulo. Entró en la biblioteca y se sentó ante el ordenador.
Todo marchaba sobre ruedas. Nora entró con facilidad en su cuenta bancaria, se paseó por ella y vio lo que Jeffrey había ahorrado por si llegaban las vacas flacas: casi seis millones.
La hora de la verdad se aproximaba muy deprisa, sin duda mucho más que la llegada de ese fotógrafo del New York Magazine.
Pero cada cosa a su tiempo.
Quedaban algunos cabos por atar en Briarcliff Manor, y todos ellos guardaban relación con cierto agente de seguros y los resultados de unas pruebas. ¿Qué habría hecho el viejo Hitchcock en tal caso?
«Seguro que habría erizado el pelo de más de uno con la escena del cementerio», pensó Nora sin poder evitar esbozar una sonrisa.
61
El pobre Turista estaba inquieto, descontento y molesto. Había al menos cien lugares donde prefería estar, pero era aquí -en este hogar temporal lejos de su casa- donde tenía que quedarse.
Todavía no comprendía el asunto de las cuentas en paraísos fiscales. Era obvio que las personas que aparecían en el archivo evadían sus impuestos, ¿cierto? Pero ¿quiénes eran? ¿Cuál era el precio para formar parte de esa lista? ¿Y por qué el archivo había costado la vida de una persona?
Ya había leído el periódico y terminado una gruesa novela de Nelson DeMille sobre Vietnam. Ahora estaba sentado en el sofá, leyendo el último número de Sports Illustrated. En mitad de un artículo sobre las esperanzas de la temporada para los apagados colores de los Red Sox de Boston, el silencio de la noche se quebró en la sala de estar.
Había alguien tras la puerta.
En silencio, cogió la Beretta que tenía al lado y se levantó. Se dirigió a la ventana y apartó la persiana para ver la entrada principal. Fuera había un tipo con una caja plana y cuadrada en la mano. Detrás de él, en el camino de entrada, había un Toyota Camry con el motor en marcha. El Turista sonrió. La cena estaba servida.
Se guardó la pistola en la espalda, por debajo de la camisa, abrió la puerta y saludó a un repartidor de la pizzeria Pepes House. Ya había pedido media docena desde que estaba allí.
– ¿Salchichas con cebolla? -preguntó el muchacho.
Por su aspecto debía de ir al instituto, o tal vez fuera un poco mayor. Era difícil verlo bien bajo la visera de la gorra de béisbol de los Red Sox.
– Sí. ¿Cuánto es?
– Dieciséis con quince.
– Ya debería saberlo a estas alturas -murmuró el Turista para sí mismo. Buscó en el bolsillo de sus pantalones, pero su mano salió vacía-. Espera un segundo, voy a buscar mi cartera. -Estaba a punto de dar media vuelta cuando se dio cuenta de que el repartidor se estaba mojando a causa de la lluvia-. ¿Por qué no entras? -le propuso.
– Se lo agradezco mucho.
El chico entró mientras el Turista se dirigía a la cocina a buscar la cartera.
– Parece que el tiempo no va a cambiar -dijo por encima de su hombro.
– Sí. Lo que significa que tendremos más trabajo de lo normal.
– Apuesto a que sí. ¿Por qué salir a cenar en medio de la lluvia cuando puedes pedirle a alguien que te traiga la comida a casa, no?
El Turista volvió con un billete de veinte en la mano.
– Aquí tienes -dijo-. Quédate con el cambio.
El repartidor entregó la pizza y cogió el billete.
– Se lo agradezco mucho. -Metió la mano en su chubasquero y sonrió-. Pero aún no hemos terminado.
El Turista hizo un intento desesperado por llevarse una mano a la espalda, pero fue demasiado tarde y su movimiento, demasiado lento. Su pistola estaba a un segundo de distancia de la que le apuntaba al pecho.
– ¡No te muevas! -dijo el repartidor de pizzas. Luego rodeó al Turista y le quitó la Beretta que llevaba metida en los vaqueros-. Ahora pon ambas manos contra la pared.
– ¿Quién eres?
– Soy el que te hará desear haber pedido comida china, O’Hara.
62
John O’Hara, el Turista, se sentía increíblemente estúpido por haberse dejado engañar. No podía dar crédito al hecho de que ese crío, ese cachorrillo, ese mocoso, le hubiera engatusado.
– Muy bien, date la vuelta, despacio.
O’Hara se giró ciento ochenta grados. Muy despacio.
– Y ahora, ¿dónde está? -preguntó el tipo-. El maletín. ¿Qué hay dentro? ¿Qué has encontrado?
– No lo sé. De verdad, tío.
– Y una mierda, tío.
– Oye, te estoy diciendo la verdad. Me lo quité de encima en cuanto cayó en mis manos. En un aparcamiento de Nueva York.
El repartidor de pizzas presionó el cañón de su pistola contra la frente de O’Hara. Fuerte, para que doliera.
– Entonces, supongo que no nos queda nada de lo que hablar.
– Si me matas, estarás muerto en menos de veinticuatro horas. Tú. En persona. Así es como funciona.
– No lo creo -dijo el Chico de las Pizzas, y amartilló la pistola.
O’Hara intentó leer los ojos del muchacho. No le gustó lo que vio. Frialdad y autoconfianza. Puede que ese tipo trabajara para el vendedor del archivo. Quizá fuera el vendedor.
– De acuerdo, de acuerdo, espera. Sé dónde está.