– ¿Dónde?
– Lo tengo aquí. Lo he tenido todo el tiempo.
– Enséñamelo.
O’Hara le guió a lo largo del pasillo que llevaba al dormitorio. Se podía oír el tenue sonido del estéreo de algún vecino. Pensó en gritar pidiendo ayuda.
– Debajo de la cama -dijo-. Yo lo cogeré. Está dentro de mi petate.
– Tú quédate donde estás. Ya miro yo debajo de la cama.
El repartidor se agachó para echar un vistazo. En efecto, había un petate negro. Sonrió de oreja a oreja.
– No sabes lo que es, ¿verdad?
– ¿Qué te hace pensar eso?
– Porque de saberlo, no creo que durmieras encima.
– Entonces, supongo que debo alegrarme de devolvértelo.
– Así es. Ahora, sácalo de ahí. Con suavidad.
– ¿Qué papel tienes tú en todo esto? ¿Eres el vendedor? ¿O eres otro mensajero?
– Tú saca la bolsa. Pero ya que lo preguntas, soy un mensajero. Como mi amigo, el tipo al que disparaste en la estación Grand Central. Era como un hermano para mí.
El Turista se arrodilló y empezó a meterse despacio debajo de la cama.
– Mantén una mano encima de la cama -dijo el Chico de las Pizzas.
– Como tú digas.
Con la mano izquierda sobre las sábanas, la derecha desapareció en busca del petate.
Sintió unos golpecitos de pistola en el costado.
– ¿La tienes? -preguntó el repartidor-. No intentes joderme.
– Sí, la tengo. Tranquilízate un poco, ¿eh? Los dos somos profesionales, ¿verdad?
– Uno de nosotros lo parece.
De repente, O’Hara sacó el brazo y disparó dos veces. Las balas rasgaron el pecho del muchacho, que cayó al suelo, muerto. En realidad, la puerta del armario de doble espejo reflejaba dos tipos muertos, lo que resultaba doblemente escalofriante.
O’Hara lo registró en busca de alguna identificación. No le sorprendió no encontrar nada, ni siquiera una cartera.
Fue a la cocina e hizo la llamada telefónica de rigor. Ellos vendrían y se llevarían el cadáver, también limpiarían las manchas de sangre de la alfombra. Eran muy eficientes. Hasta ese momento, sólo podía hacer una cosa.
Abrió la caja y cogió un trozo de pizza de salchichas con cebolla. El primer mordisco siempre era el mejor. Y ahora, mientras masticaba su comida, se hizo las preguntas esenciales, las únicas que realmente tenían importancia: ¿quién había enviado al Chico de las Pizzas? ¿Quién sabía que se encontraba allí? ¿Quién le quería muerto? Y ¿cómo podría utilizar aquello en su beneficio más adelante? Ah, sí, y… ¿habría un más adelante?
63
– ¿En qué has estado metido, O’Hara?
– Un poco de esto y un poco de lo otro. Ya me conoces, suelo mantenerme ocupado. ¿Qué hay de nuestro pequeño experimento con el difunto Connor Brown?
– Nada, niente, rien -dijo Susan, decepcionada.
Después de esperar durante tres días en mi apartamento temporal, me llamó a última hora de la mañana. El informe de la segunda autopsia de Connor Brown acababa de aterrizar en su mesa. Susan me dijo que las pruebas más exhaustivas evidenciaban el mismo resultado: el tipo había muerto de un paro cardíaco. Ni rastro de juego sucio. Nada. Niente. Rien.
– ¿No hay absolutamente nada que la primera autopsia no mostrara? -pregunté.
– Sólo una úlcera bastante fea -dijo-. Por supuesto, no es ninguna sorpresa tratándose de un tipo que se dedica a las finanzas y que muere de un ataque al corazón a los cuarenta.
– No, supongo que no. ¿Eso es todo, no hay nada más?
– Oh, ¿quieres decir aparte de los rasguños que sufrió el cuerpo al caerse del ataúd?
– Mierda, el chico del laboratorio se ha ido de la lengua, ¿no es así?
– No, en realidad ha sido el policía, que tres días después continúa vomitando, gracias a ti.
Me descubrí sonriendo ante aquella conocida imagen, que aún conservaba en mi memoria.
– Era un trabajo sucio y alguien tenía que ayudar a hacerlo.
– Alguien que no fueras tú, claro.
– Oye, el tipo no se reía de mis chistes.
– No digas nada más.
– En fin, supongo que es hora de llamar a Nora.
– Ya he pensado en ello -dijo-. Tal vez deberías entretenerla para ganar tiempo, no hablarle todavía del resultado de las pruebas, para ver si empieza a flaquear.
– Si se tratara de cualquier otra persona te diría que sí. Pero no en el caso de Nora. Sólo conseguiríamos que sospechara aún más. Me temo que se apartaría.
– ¿Estás seguro de eso?
– Tan seguro como puedo estarlo. Creo que si tenemos una oportunidad de engatusarla es haciéndole creer que todo va viento en popa.
– Es decir, ¿diciéndole que el dinero está en camino?
– Exacto. Dando por hecho que está a punto de recibir un millón novecientos mil dólares.
– Sí, eso me haría pensar que todo va viento en popa.
– Y a mí.
– Eso significa que tendrás que trabajar más deprisa -dijo Susan-. La excusa de que «el cheque ya está en camino» no te permitirá ganar mucho tiempo.
– Eso no será ningún problema. Craig Reynolds le ha demostrado tener muy buena voluntad. Con más motivo si la llamo para darle buenas noticias.
– Recuerda sólo otra cosa -dijo Susan.
Siempre hay «otra cosa» cuando uno habla con ella.
– ¿De qué se trata? ¿Cuál es la «otra cosa» de hoy?
– Mientras te ocupas de que Nora baje la guardia, asegúrate de no bajarla tú.
64
A la hora de comer, Susan fue a Angelo's, uno de los mejores y más antiguos restaurantes de Little Italy, no demasiado lejos de las oficinas del FBI. El doctor Donald Marcuse la esperaba en un discreto reservado del fondo.
– Susan, es todo un honor. ¡Imagínate, verte fuera de la oficina!
Susan se sorprendió a sí misma sonriendo. Donald Marcuse siempre sabía cómo tranquilizarla: mediante el sarcasmo. Era psiquiatra forense y trabajaba para su departamento, pero se habían estado viendo durante unos seis meses, tras el fracaso matrimonial de Susan.
– Por cierto, me encanta tu peinado -dijo él.
Últimamente llevaba melena corta y hacía poco que había empezado a retocarse su color castaño, cosa que sencillamente la martirizaba.
– Sólo para estar segura -dijo Susan-; no es que en realidad me importe una mierda, pero hoy en día ¿no se considera sexista un comentario como ése?
El doctor se encogió de hombros.
– He aquí mi teoría: si una mujer puede decirlo, entonces un hombre también puede. Pero no sé si esta teoría superaría un análisis riguroso.
– Seguramente no. Parece demasiado lógica.
Pidieron la comida y luego hablaron de los temas de actualidad y de lo mal que se vivía en Nueva York, hasta que Susan miró el reloj.
– Ya nos hemos divertido bastante, ¿no crees? -dijo Marcuse con una agradable sonrisa-. ¿Qué es lo que te preocupa?
Durante los minutos siguientes, Susan le contó al psiquiatra lo que sabía sobre Nora Sinclair. Le pidió que le aclarase tantos interrogantes como le fuese posible. Quería saber qué había convertido a Nora en una asesina, y qué clase de asesina era.
Como era habitual en ella, Susan tomó notas mientras Marcuse hablaba. De vuelta en la oficina, revisaría esas notas y tal vez las compartiría con O’Hara.
Según Marcuse, una «viuda negra» era una mujer que mataba sistemáticamente a esposos, amantes y, ocasionalmente, otros miembros de la familia. Una alternativa a la «viuda» era la mujer que mataba «con ánimo de lucro». Para esta clase de asesinas, todo se resumía a una mera cuestión de negocios. El motivo principal era obtener beneficios.
– Casi todas las asesinas en serie matan por las ganancias -dijo Marcuse, y sabía de lo que hablaba.
El doctor continuó charlando en un tono agradable y con naturalidad: seguramente, a Nora le habían inculcado la firme creencia de que no se debe confiar en los hombres. Era posible que alguien le hubiera hecho daño. Pero era aún más probable que un hombre, o varios, hubieran hecho daño a su madre cuando Nora era muy joven.