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Durante la comida no me había importado que Nora y yo nos sintiéramos cómodos el uno con el otro. Ni que flirteáramos, o lo que quiera que estuviésemos haciendo. En realidad, ésa era la idea. Y ahora, de repente, las cosas se estaban poniendo demasiado fáciles.

¿Acaso sentía interés por mí? Por supuesto, no era yo quien le interesaba, sino Craig Reynolds, el agente de seguros.

Quizá fuese culpa del vino. O quizá fuese algo más, algo que yo no veía. Quizás estuviera tramando algo. Una cosa estaba clara: no era mi dinero lo que perseguía. Vender pólizas de seguro no suele considerarse como posible ocupación de un tío con pasta. Ni siquiera los mejores son rivales para los de la clase de Connor Brown, inversor de alto riesgo y genio de las finanzas. Además, Nora había visto dónde vivía Craig, ya sabía que el BMW y los trajes eran una fachada. Y sin embargo, a pesar de todo eso, dijo lo que dijo.

«Vayamos a algún sitio.»

Me quedé mirando la profundidad de sus ojos verdes en la esquina de aquel cruce del centro de Chappaqua. Las opciones eran múltiples.

– Sígueme -dije.

Regresamos a mi coche, que estaba aparcado a la salida del restaurante. Le abrí la puerta del copiloto.

– ¿Adónde me llevas? -preguntó.

– Ya lo verás.

Rodeé el vehículo y me puse detrás del volante. Nos abrochamos los cinturones y puse el motor en marcha, dándole un poco de gas mientras seguía aparcado. Luego, metí la primera.

70

Nora lo averiguó un par de kilómetros antes de llegar.

– Me llevas a casa, ¿verdad?

Me volví hacia ella con un suave gesto de asentimiento.

– Lo siento -dije.

– Ya somos dos. Pero tienes razón. Debe de haber sido el vino. Me siento avergonzada.

Mi tono, mis gestos… todo parecía indicar que había sido una decisión fácil, que nunca se me había pasado por la cabeza la idea de estar con ella. Ojalá hubiese sido así.

Nora era una mujer absolutamente preciosa que me había obsequiado con una asombrosa proposición. Tuve que echar mano de toda mi fuerza de voluntad para recordarme a mí mismo por qué estaba con ella.

Aun así, no se podía negar que había cierta química, una especie de conexión entre nosotros. Algo de lo que estaba seguro que no se podía fingir. «Y, aunque así fuese, ¿para qué molestarse en hacerlo?»

Recorrimos en silencio el último trecho hasta la «casa de Connor». La única vez que la miré, no pude evitar darme cuenta de que el vestido se le subía por las piernas. Sus muslos bronceados, esbeltos y firmes me recordaron la oportunidad que estaba dejando pasar.

Me metí por el camino de entrada hasta la extensión semicircular y al detenerme derrapé con la gravilla. Entonces ella arregló la situación por mí.

– Lo entiendo -dijo-. Seguramente no es lo mejor que podríamos haber hecho. No en estas circunstancias.

– Seguramente no.

– Gracias por la comida. Lo he pasado muy bien.

Se inclinó hacia mí y me besó con suavidad en la mejilla. Sentí cómo su cabello rozaba mí rostro. Pude oler su dulce perfume con un toque de cítrico.

– Te… mmm… -Me aclaré la garganta-. Te llamaré en cuanto nos ocupemos del papeleo del seguro, ¿de acuerdo?

– Claro, Craig. Has estado fantástico.

Nora salió del coche y caminó despacio hacia la escalera principal. ¿Y también fuera de mi vida? Esperé mientras sacaba del bolso las llaves de la casa. Aparté la mirada unos segundos para juguetear con los botones de la radio. Cuando volví a mirar, todavía intentaba abrir la puerta. Bajé la ventanilla.

– ¿Va todo bien?

Se volvió hacia mí, sacudiendo la cabeza y suspirando con impaciencia.

– La maldita llave se ha atascado. Me estoy poniendo nerviosa.

– Espera.

Salí del coche para echar un vistazo. En efecto, la mitad de la llave sobresalía de la cerradura. Sin embargo, no estaba encallada. En cuanto la cogí, el resto de la llave se deslizó suavemente hacia el interior del cilindro. Me volví y ahí estaba Nora, a escasos centímetros de mí.

– Mi héroe -dijo, apretando su cuerpo contra el mío.

Sus piernas eran muy firmes. Sus pechos, muy suaves. Me rodeó con sus brazos y empezó a besar con cuidado mi labio inferior.

– Te he mentido. En realidad no creo que esto sea una mala idea.

Entonces, mis instintos se impusieron y mi fuerza de voluntad se derrumbó estrepitosamente.

Le devolví el beso a Nora.

71

Como un torbellino, ambos nos precipitamos en el interior del vestíbulo. De una patada, cerré la puerta detrás de nosotros. «¿Qué estás haciendo, O’Hara?»

Todavía estaba a tiempo de detenerme. Tenía la oportunidad de apartarme de ella. Todo lo que tenía que hacer era dejar de besar a Nora.

Pero no podía hacerlo. Era tan suave, y tan condenadamente agradable tenerla entre mis brazos… El aroma de su cuerpo y su cabello era delicioso. Sus ojos verdes eran asombrosos cuando se miraban tan de cerca.

Nora cogió mi mano y la guió por debajo de su vestido, hacia el interior de sus muslos bronceados. Su respiración se detuvo. Cuando toqué la tersa seda de sus bragas, me abrazó más fuerte y sus caderas empezaron a moverse al mismo ritmo que las mías. Se puso a gemir, y tenía que ser real, tenía que serlo. ¿Por qué fingir conmigo?

Me quedé sin chaqueta y sin camisa, y luego sin pantalones. Dejamos de besarnos durante un segundo, lo bastante largo para quitarle el vestido a Nora por la cabeza.

– Fóllame -dijo, casi sin aliento.

Tal cual. En sus labios resultaba sexy e irresistible.

Nora me tiró al suelo y se sentó a horcajadas sobre mí. Lanzó a un lado sus bragas, me cogió con su mano y me guió hacia su interior. Incluso en el ardor del momento, me vino a la cabeza una curiosa idea: «Estás jodido, O’Hara».

Me estaba mareando. Toda la habitación me daba vueltas. «¿La habitación?» Nos encontrábamos en el vestíbulo de Connor Brown, el hombre al que había estado prometida. El hombre al que tal vez había matado. Las cosas no podían ponerse más feas, pensé.

Recuerdo haber oído sonar un timbre, cerca de mis pies. Necesité unos segundos para comprender de qué se trataba. Mi móvil.

«Dios.» Sabía quién era. ¡Susan! Con una puntualidad increíble, llamaba para saber cómo había ido todo.

– Ni se te ocurra cogerlo -dijo Nora.

«No te preocupes, no pensaba hacerlo.»

El teléfono dejó de sonar mientras nosotros continuábamos sin perder el ritmo. Nuestra sincronización era impresionante. Su precioso cabello castaño barría mi rostro. Primero estaba encima y luego debajo, apoyándose en las manos y las rodillas; la delicada curva de su espalda mitigaba los profundos gemidos que pedían más, hasta que los ecos de nuestras voces inundaron el vestíbulo cuando alcanzamos el orgasmo.

Durante un par de minutos, si no fueron más, ambos nos quedamos mirando el techo, sin decir nada y recuperando el control de nuestra respiración.

Finalmente, parpadeé.

– ¿Así que la llave estaba atascada?

– Oye, eres tú quien ha caído en la trampa.

– Eso es cierto, ¿verdad? -dije.

Nos pusimos a reír cada vez más fuerte, como si fuese lo más gracioso que nos había ocurrido nunca a ninguno de los dos. Cuando se dejaba llevar, la risa de Nora era maravillosa. Daban ganas de reírse con ella.

– ¿Tienes hambre? -preguntó-. ¿Un bistec Kobe? Si quieres, hay uno. ¿O prefieres una tortilla?

– Y encima sabes cocinar.

– Lo tomaré como un sí. Si quieres, hay una ducha en el cuarto de invitados. Está subiendo la escalera, la primera a la derecha.

– Eso estaría muy bien.

Se giró sobre un costado y me besó.

– No tan bien como tú, Craig Reynolds.

72

Salí de la ducha y, con la mano, froté el espejo empañado hasta verme devolviéndome la mirada. Sacudí la cabeza. Volví a hacerlo una segunda vez.