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– Además de mis tortillas.

– No soy un gran fan de las sardinas -dije-. Aparte de eso, tú misma.

Pidió un pequeño festín: distintas clases de quesos, pimientos asados, ensalada de pasta, aceitunas, embutidos y un poco de queso francés. Yo me ofrecí a pagar, pero ella me dijo que no quería ni oír hablar de ello y cogió su monedero.

La siguiente parada fue una tienda de vinos y licores.

– ¿Qué tal si hoy nos tomamos uno blanco? Personalmente, prefiero el Pinot Grigio -dijo.

Comprobó cuáles estaban más fríos y sacó una botella de Tieffenbrunner. Ya lo teníamos todo listo para nuestro picnic, lo que aún se hizo más evidente cuando Nora me mostró la manta que llevaba en el maletero, de cachemira y con el logotipo de Polo. La había metido ahí mientras yo estaba en la ducha.

Fuimos en coche hasta llegar cerca del lago Pocantico, donde encontramos un trozo de césped que nos ofrecía un poco de privacidad, por no hablar de las fantásticas vistas de la finca Rockefeller, con sus inestimables valles y colinas y qué se yo cuántas cosas más.

– ¿Qué, no es mejor esto que ir a trabajar? -dijo tras dejarse caer sobre la manta.

Pero yo estaba trabajando. Mientras hablábamos de la comida y el vino, intentaba, con toda la discreción de la que era capaz, averiguar algo sobre Nora que pudiera relacionarla con la muerte de Connor Brown… y con la transferencia de su dinero, el motivo por el que se llevaba a cabo la investigación.

Con el fin de evaluar hasta qué punto dominaba la informática, mencioné casualmente los cortafuegos que incluía un nuevo programa que utilizaba en la oficina. Cuando asintió, añadí:

– ¡Y pensar que hace sólo un año creía que los cortafuegos tenían que ver con los incendios!

– Igual que yo. Sé lo que es por un cliente, un experto en internet.

– Uno de esos millonarios informatizados, ¿eh? Dios, ¿qué hacen con todo ese dinero?

Nora hizo otra mueca graciosa.

– Por suerte para mí, redecoran sus casas. No te lo puedes ni imaginar.

– Seguro que no. Aunque sí me imagino los impuestos que deben de pagar esos tipos.

– Lo sé. Por supuesto, supongo que tendrán algún modo de minimizarlos -dijo.

– ¿Te refieres a evasión de capital, por ejemplo?

Me miró durante un instante.

– Sí, a eso me refiero.

Vi que entornaba ligeramente los ojos, con un asomo de duda que rayaba en la sospecha. Suficiente para hacerme dar marcha atrás. Así que, durante el resto de la tarde, me lo tomé con calma… como un tipo cualquiera que está disfrutando de un inesperado día de fiesta, junto a una hermosa mujer de la que nunca tiene bastante.

77

«Vete a casa, O’Hara. Huye, pedazo de idiota.»

Pero no lo hice.

Después del picnic, vimos una película en el cine de Pleasantville. También fue idea de Nora. En el Jacob Burns proyectaban La ventana indiscreta y me dijo que era una de sus favoritas.

– Me encanta Hitchcock. ¿Sabes por qué, Craig? Es divertido y además sabe captar la cara oscura de la vida. Es como ver dos buenas películas por el precio de una.

Cuando terminó la película, estábamos tan hartos de comer palomitas que decidimos saltarnos la cena que Nora había planeado en el cercano Iron Horse Grill. Así que ahí estaba, de pie frente a ella en el aparcamiento como si fuéramos dos adolescentes, sin saber cómo terminaría nuestra cita. Cosa que no le ocurría a Nora.

– Vamos a tu casa -dijo.

Me quedé mirándola, con los ojos clavados en su rostro. Ya había visto «mi casa», ya sabía que era una caja de zapatos. ¿Estaba jugando conmigo para ver cómo reaccionaba? ¿O realmente no le importaba cómo viviera yo?

– Mi casa, ¿eh?

– ¿Te parece bien?

– Claro -dije-. Pero tengo que advertirte que tal vez no sea como esperas.

– ¿Y eso qué significa? ¿Qué es lo que espero?

– Digamos que es muy distinto de lo que tú estás acostumbrada.

Entonces, Nora me miró a los ojos.

– Craig, me gustas. Se trata de eso. De ti y de mí. ¿De acuerdo?

Asentí.

– De acuerdo.

– ¿Puedo confiar en ti? Me gustaría hacerlo.

– Sí, claro que puedes. Soy tu agente de seguros.

Dicho eso, nos fuimos a mi casa. Nora ni siquiera pestañeó al verla… por segunda vez. «Ashford Court Gardens, mi dulce hogar.» Cogidos de la mano, nos aventuramos dentro.

– Debo señalar que la doncella está en huelga -dije, sonriendo entre dientes-. Según dice, las condiciones de trabajo son insostenibles.

Nora miró a su alrededor, a mis nada pulcros dominios.

– Está bien -dijo-. Esto me dice que no estás viendo a otra persona. No me disgusta, en realidad.

Le ofrecí una cerveza y aceptó. Si se la servía en la cocina me aseguraba de poder bromear sobre la formica amarilla antes de que lo hiciera ella. Se dio la vuelta y dejó en el suelo el bolso de piel roja.

– En fin, ¿no vas a enseñármelo todo?

– Ya lo estás viendo-dije.

– Tendrás un dormitorio, ¿no?

Me había dicho a mí mismo que aquello tenía que terminar en aquel mismo momento y en aquel mismo lugar. Por supuesto, si lo hubiera dicho en serio, nunca habríamos llegado a mi cocina. Habría dicho algo a la salida del cine, habría simulado que prefería que las cosas «fueran un poco más despacio».

En lugar de eso, nos estábamos besando y dirigiéndonos a mi dormitorio. Estaba a punto de meterme con Nora entre las sábanas otra vez. Tal vez estuviera dando un nuevo significado al término «agente secreto».

Pero, en realidad, tenía pensado utilizar aquello en mi beneficio. Y me parecía que ya sabía por dónde empezar.

78

– ¿Cómo conseguiste husmear en su bolso sin que se diera cuenta? -preguntó Susan.

«Verás, jefa: después de que Nora y yo tuviéramos una sesión de sexo loco y salvaje en mi piso de soltero, esperé a que se quedara dormida. Entonces me deslicé hasta la cocina y rebusqué en su bolso.»

Pensándolo mejor…

– Tengo mis métodos -dije, simplemente-. ¿No es por eso por lo que me elegiste para el trabajo?

– Dejémoslo en que tienes una buena trayectoria, O’Hara. Y además, estabas disponible.

Al día siguiente me encontraba sentado ante el escritorio de mi oficina, hablando con Susan por teléfono sobre lo último que habíamos comentado: mi «cita para cenar» con Nora. La mayor preocupación de Susan era que yo pudiera mostrarme demasiado duro y espantase a Nora. Ja. Una vez hube asegurado a Susan que no era el caso, su atención se centró en lo que había encontrado en el bolso de Nora.

– ¿Cómo has dicho que se llamaba ese idiota? -preguntó Susan.

– Steven A. Keppler.

– ¿Y es un abogado financiero de Nueva York?

– Eso dice su tarjeta.

– ¿Cuándo podrás hablar con él?

– Ésa es la cuestión. He telefoneado y Keppler está de vacaciones hasta la semana que viene.

– Por supuesto, no creo que él sepa nada.

– O tal vez lo sepa todo. Soy un optimista, ¿recuerdas?

– Entonces apelará al secreto profesional, si realmente Nora es su clienta.

– Es lo más probable.

– ¿Qué harás entonces?

– Como ya te he dicho, tengo mis métodos.

– Lo sé, y eso es lo que temo -dijo-. Recuerda: debes tener cuidado con los abogados. Lo creas o no, algunos de ellos conocen bien las leyes.

– Lo que resulta curioso, ¿eh?

– ¿Me mantendrás informada? Mantenme informada.

– Siempre lo hago.

Después de colgar a Susan, empujé mi silla hacia atrás y respiré hondo. Me sentía inquieto y decaído. La pantalla de mi ordenador se encontraba en standby y con el tacón del zapato le di a la barra espaciadora del teclado. El monitor se encendió. Avancé con la silla y abrí el archivo que tenía sobre Nora. Me puse a buscar entre las fotografías que le había hecho al principio, tras el funeral de Connor.